El verdadero efecto Montilla tendrá lugar a partir de ahora, no durante la campaña electoral como se presumía y como, finalmente, no se dio, para descrédito de tantas teorías sobre abstencionistas con uno u otro apellido. ¿En qué consiste el real efecto Montilla? En el intento, explícitamente anunciado en el discurso de investidura del nuevo president, de atravesar la presente legislatura dentro de la coraza gris de la eficacia. Es evidente que querer que las cosas de la Administración funcionen es un propósito excelente que todos los ciudadanos celebramos y, además, es condición necesaria para desarrollar una gobernación seria. Pero no es material suficiente para dirigir la política de una comunidad autónoma que no nació precisamente en 1978, porque es la expresión de un hecho nacional que no se inventaron Jordi Pujol ni Pasqual Maragall.

Convertir en bandera de su mandato algo que es la primera obligación de cualquier gobierno hace de Montilla un simple tecnócrata. El que vende la mera gestión como ideología tiene este nombre, aquí y en Nueva Zelanda. El nuevo president solemnizó el pasado jueves en el Parlament una obviedad que podríamos resumir con un refrán muy nuestro: "Tranquil · litat i bons aliments". No hay nada más. Ante este panorama, debemos hacernos dos preguntas: ¿es la tecnocracia lo que le conviene a un país falto de impulso, fuerza y prestigio institucionales? ¿Soportará la presidencia de la Generalitat un liderazgo de perfil bajo que, en lugar de dar cuerpo a un poder de segunda, lo disminuya?

El efecto Montilla nos lleva al proyecto Montilla: se nos proponen cuatro años de anar fent,evitando afrontar los retos de calado para no generar discrepancias entre los socios del tripartito y alejar el desgaste. Será como una gran hibernación, los tres ositos a esperar que vuelva la primavera en el 2010. Todo ello recubierto con una voluntad tan ingenua como improbable de llevar a cabo: renunciar al pulso tradicional con el Gobierno central con el fin de conseguir más poder y más recursos. ¿Cómo se desplegará, entonces, el nuevo Estatut? Sería igual que hacer la tortilla sin romper los huevos. Cada vez que se quiera concretar lo que establece el Estatut, la orden suprema de Montilla será evitar el choque con Madrid. El resultado es fácil de prever: todo quedará parado y perderemos muchas oportunidades.

Para conjurar el Dragon Khan, Montilla nos ofrece un Govern-balneario sin ilusión. Aunque citó a sus antecesores en el cargo, no ha entendido bien lo mejor de su legado. Pujol, que fue un estadista y no un gestor, adivinó que un país - sea comunidad autónoma o Estado soberano- necesita ambición para funcionar bien.