Además de sus disputas conyugales con Ruiz Gallardón –lo de esta pareja sólo puede ser amor-, Esperanza Aguirre ha reconocido en su biografía autorizada que su sueldo de 8.400 euros mensuales no le alcanza para llegar a fin de mes y que se gasta un pico en calefacción porque su vivienda tiene los techos muy altos, un defecto muy común de los palacetes, hechos de espaldas al pueblo con un objetivo antiecológico: que las lámparas de araña no despeinen a los invitados.

La revelación de Aguirre ha escandalizado al gentío, que ha echado cuentas y ha concluido que si tenemos a la presidenta a pensión completa, le pagamos la gasolina, el chófer, el coche oficial, el secretario y hasta le sufragamos las campañas de propaganda en la televisión pública, sus estrecheces económicas sólo pueden obedecer a una mala administración o a lo caros que le salen los bolsos y sus conjuntos de inspiración oriental.

De paso, nos hemos enterado que su opositor en Madrid, Rafael Simancas, cobra más que ella, unos 10.000 euros del ala, porque como es de origen alemán y tan trabajador el hombre se lleva un piquito de diputado autonómico, otro de portavoz de su grupo, un poquito más como senador, y una última pizca de presidente de comisión en esa misma cámara. En definitiva, que perder la presidencia por la traición de Tamayo y Sáez le ha salido hasta rentable.

Con todos estos datos, quizás sea bueno recuperar la vieja polémica de si nuestros políticos están bien o mal pagados, que es una cantinela que se repite periódicamente, sobre todo cuando los diputados tratan de subirse el sueldo a escondidas y el plan se fastidia porque alguno de ellos se va de la lengua. Empecemos diciendo que un diputado de Soria, pongamos por caso, cobra 2.918,64 euros al mes y recibe otros 1.702 euros para que pague su alojamiento en Madrid tres días a la semana. Los transportes le salen gratis y si usa su coche, el Congreso le abona 0,25 euros por kilómetro. La Cámara le pone portátil y móvil, para que su señoría esté comunicado. Si el diputado por Soria es portavoz de su grupo, recibe un complemento de otros 1.8475 euros y gastos de representación de hasta 982 euros mensuales. Y si además es presidente del Congreso, el complemento es de 3.365 euros, se le reconocen gastos de libre disposición de 2.996 euros además de hasta 3.654 euros en gastos de representación.

Es posible que todo esto no sea mucho, y de hecho se cuenta la anécdota de una alta ejecutiva llamada por Zapatero a ser ministra que al enterarse de que cobraría la quinta parte de lo que se levantaba en su empresa le dio las gracias al presidente y volvió a todo correr a sus balances. Pero uno empieza a estar harto de que siempre que el asunto se suscita se planteen sesudos cuadros para demostrar que los políticos españoles son de los peor pagados de Europa, sin que a nadie se le ocurra hacer otro estudio similar que compare los sueldos de los administrativos, los chapistas, las cajeras/os del Carrefour o los conductores de autobús. Puestos a converger, ¿por qué no empezar primero con los empleados de la limpieza o los de telemarketing?

Sin duda, la vocación de servicio público de nuestros representantes suple cualquier carencia, porque raro es el caso de alguien que llegue a la política y la abandone por indigencia. Es más, ejemplos tan recientes como el de Miguel Sebastián, “un profesional independiente” reconvertido a la defensa del bien común –el entrecomillado es suyo- y que ha debido estar perdiendo dinero a espuertas como secretario de Estado, ha decidido hacerse concejal para servir más y mejor a la ciudadanía. Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

El último tópico relacionado con los emolumentos de nuestra clase política sostiene que sus salarios tienen que ser altos, porque ello evitará que puedan ser tentados por mafiosos diversos y caigan en el pozo negro de la corrupción. Siguiendo este razonamiento, la culpa de que los ex alcaldes socialistas de Ciempozuelos sean unos golfos y se hayan llevado una mordida de unos cuantos millones de euros es nuestra, porque les hemos tenido a sueldo base y sin pagarles las horas extras. Nos está bien empleado.

Lo dramático es la ingratitud. Mientras unos se sacrifican por los demás aun a costa de perjudicar económicamente a sus familias, el conjunto opina en las encuestas que los políticos son un gran problema para el país. Y hay algo más terrible todavía: estamos a fin de mes y Esperanza que no llega. ¿Tendrá alguna vecina a la que recurrir esta pobre mujer para apañar el cocido?

escudier@elconfidencial.com