Tengo para mí que, aun no siendo un remedo de Bonny & Clyde, no pueden vivir la una sin el otro. Esperanza y Alberto, Alberto y Esperanza, son ya un clásico de los duets, como Pimpinela... Podríamos hacer un tema de éxito para Eurovisión en vista del poco aprecio que se nos tiene por Europa, a lo mejor en lugar de tanto OT y ketchups varios, una historia de amor y odio, de venganzas y reconciliaciones, de quítate-tu-para-que-me-ponga-yo resultaría ser un temazo que ablande hasta las petrificadas agallas del Risto Mejode o Mejide, o como quiera que se llame. Yo comprendo que a Rajoy se le tiene que venir el alma a los pies cada vez que uno de los dos, o ambos a la vez, desenfunda y dispara como si de Billy el Niño o Uma Thurman en Kill Bill se tratara. Pero la última, la del libro-biografia autorizada de Aguirre con proyección de futuro y remedo de bola de cristal, ha sido de las que colman el vaso de la paciencia de todos, y hacen sonar las alarmas incluso entre los fieles a la presidenta. Y no sólo porque le diga unas cuantas lindezas al alcalde, sino porque se le ha visto en demasía el plumero sucesorio. Eso sí, hay que reconocerle a la doña que tiene un par, porque eso de poner al regidor municipal a caer de un burro y, encima, invitarle a que presente el libro... es de nota, de matrícula cum laude.

Esperanza parece que a veces sea tierna como una flor y candorosa como un infante, pero en el fondo esconde una raza política de las que ya no quedan. Es mujer de corto, de bregarse en la arena, del cuerpo a cuerpo. Es una pena que equivoque al enemigo, porque si tanto esfuerzo apadrinado desde las ondas por tumbar a Gallardón lo empleara en hacerle la vida imposible al inefable Rodríguez, muchos ciudadanos se lo agradeceríamos sobremanera. Pero es que esta vez se le ha ido la mano, probablemente mal aconsejada por los enemigos mediáticos del munícipe que han convertido a don Alberto en el objeto de todas sus iras y rencores, no sé si porque el Alcalde escucha la SER por la mañana o si porque, eso es verdad, igual se coge del brazo de Pilar Bardem mientras ésta asesta cuchilladas de odio sobre las espaldas de sus votantes, que le hace una pedorreta al cardenal Rouco y luego va a misa el domingo y, encima, comulga sin haber cumplido con la obligada confesión una vez al año, en peligro de muerte y por Pascua de Resurrección. Y digo que se le ha ido la mano, no porque se haya excedido respecto a Gallardón, que seguro que, en su modesto entender, hasta se ha quedado corta, sino porque en esta ocasión parece que la cosa ha tenido un efecto bumerang.

De algún modo o manera, hasta hace bien poco a doña Esperanza lo de propinarle, perdónenme la expresión, unas cuantas hostias verbales a don Alberto le salía gratis, vamos que, incluso, la convertían en una especie de heroína de un sector de la militancia y los votantes de su partido, ese sector que no le perdona al Alcalde sus gestos hacia el imperio de Polancone y hacia la izquierda radical y totalitaria, y que, sin embargo, le votaban porque, claro, ¿a quién si no? Incluso entre los mandamases del PP el asunto se veía ya como algo inevitable y que, en el fondo, no dejaba de tener cierto punto de mórbida ironía. Pero no así esta vez. A cinco meses de las elecciones municipales y autonómicas, y cuando las encuestas dicen que, por primera vez en la legislatura, el PP está en condiciones de volver a ganar las elecciones, estas estocadas no han hundido en la cerviz de Gallardón, sino directamente en la de Rajoy, a quien la cosa le ha sentado a cuerno quemado. Vamos, que en este sentido, doña Esperanza ha perdido cierta virginidad, y eso puede ser peligroso porque, a partir de ahora, deberá andarse con cuidado si no quiere que ahondar en la herida le acabe pasando factura a ella.

Mientras don Alberto era para la derecha el enfant terrible, el díscolo, el verso suelto, el desleal, a Aguirre hasta la encumbraba lo de marcar la diferencia. Pero de un tiempo a esta parte, Gallardón, que siempre se ha caracterizado por manejar fatal los tiempos y ser como un libro abierto en lo que a sus ambiciones se refiere, aparece, sin embargo, como uno de los puntales de Rajoy –que se cuide el político gallego de puntales que pueden romperse en cualquier momento-, y da la sensación de que han cambiado las tornas y que, con estas cosas de la refriega, la que ahora parece ser un espíritu independiente es ella. Por eso lo del libro no le beneficia en absoluto, a pesar de que haya unos cuantos descerebrados que le aplaudan el ánimo y que, evidentemente, no se han enterado de qué va esta fiesta y de que lo que nos estamos jugando no es la Alcaldía de Madrid, sino el futuro de España y de nuestra convivencia en libertad. Y, quizás, haría bien doña Esperanza en no dejarse lisonjar tanto los oídos por quienes buscan más sus intereses personales que los de la presidenta y la han convertido en ariete de sus ambiciones.

Pero lo mismo cabe decirle a don Alberto, crecido por la polémica y aplaudido por las huestes del Imperio PRISOE. Debería dedicar más tiempo a pensar en Miguel Qué que a preocuparse de las baladronadas de la presidenta regional, no sea que de tanto distraer la atención le acabe alguien robando la cartera y, de paso, el bolso a doña Esperanza, y se vean ambos desnudos al amanecer y los encuentre así la luna a la orilla del Manzanares. Con todo, es comprensible que el regidor municipal no quiera acudir el martes a presentar un libro en el que se le dedican toda clase de improperios... Ya saben, además de puta... Pero, establecido el marco en el que ambos van a escenificar sus desaveniencias en público, es decir, besitos los justos, basta ya de hacer el cínico porque todo el mundo sabe que las públicas sonrisas esconden cuchillos carniceros, y dedíquense ambos a trabajar y a procurar ganar las elecciones, que es lo que les deben a sus electores, y manden al cuerno ambiciones personales, afanes sucesorios, y otras gaitas que poco tienen que ver con la necesaria cohesión que, a fecha de tal y tal, necesita su partido para poder ganar las elecciones generales. No sea, además, que mientras ellos pelean en el barro, venga otro más limpito y recién duchado y se quede con el premio, si es que hay.

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