CONVULSIÓN EN ORIENTE MEDIO Multitudinario entierro en Líbano
Amin Gemayel lloraba y desfallecía delante de nosotros. Decenas de miles de cristianos y musulmanes rompieron a aplaudir ante el escenario improvisado. Gemayel - un hombre algo petimetre y con poco carisma cuando era presidente de Líbano- alzó su mano derecha y de pronto se convirtió en un símbolo de nobleza, aun balanceándose sobre sus pies y con el brazo izquierdo sostenido por la figura alta y mucho más joven de Saad Hariri.
Sólo dos días antes, el hijo ministro de Gemayel, Pierre, había muerto asesinado a tiros en Beirut; su cuerpo seguía en la catedral de San Jorge, a pocos metros de donde nos encontrábamos. Sin embargo, nada favoreció más a Gemayel que su valentía de ayer al dirigirse a la ingente multitud de libaneses que tenía delante y decirles que sí, que habría una segunda revolución en el país y que sólo terminaría cuando hubieran derrocado al presidente prosirio.
El caballero San Jorge dio nombre a la gran basílica italiana - sí, dicen que mató al dragón en Beirut-, pero la valentía de Amin Gemayel fue uno de los pocos momentos de humanidad en ese día resplandecientemente soleado y políticamente nublado, inquietante; pues, es triste decirlo, los dragones que se mueven por los oscuros bajos fondos de la política libanesa siguen muy vivos. Uno de ellos, Samir Geagea, el viejo líder de milicias adusto y criminal - pasó 14 años en una cárcel subterránea por hacer estallar una iglesia-, habló de los enemigos de Líbano, internacionales y nacionales, con unas palabras que no auguraban nada bueno. "Querían una confrontación; así sea", gritó.
El terrible dolor del cuerpo político libanés resultó más que evidente en las figuras de siluetas que se recortaban contra la luz del atardecer junto a la vitrina blindada desde la que hablaba Gemayel. El propio Gemayel había perdido a su hijo y, en 1982, a su hermano, el presidente electo Bashir, cuya hija muriera de muy pequeña a causa de una bomba durante la guerra civil. También estaban Maruan Hamadi, que casi perdió la vida en una explosión de coche bomba en octubre del 2004, y Saad Hariri, el asesinato de cuyo padre, Rafic - en una explosión de coche bomba aún mayor, el año pasado en Beirut-, desencadenó la primera revolución que llevó la democracia a Líbano y condujo a la retirada de las tropas sirias.
También estaba Ualid Jumblat, el elocuente y nihilista líder druso cuyo padre, Kemal, fuera asesinado por hombres armados en marzo de 1977. Y Nayla Moauad, viuda del presidente Rene, que fue volatilizado por una bomba en noviembre de 1989. Todos ellos se subieron juntos al pequeño y triste podio, con el cuerpo quebrado de Pierre en la basílica que quedaba a sus espaldas y el cadáver carbonizado de Rafic en la tumba cubierta de flores que tenían al lado.
El funeral de ayer, no obstante, contó con algunos atributos de los juegos romanos, en parte, sospecho, porque la informalidad del islam, con el paso de los años, ha traspasado a la iglesia cristiana maronita. Antiguos enemigos políticos se abrazaban unos a otros junto a sacerdotes y sudorosos policías paramilitares mientras la enorme muchedumbre aplaudía y rugía con aprobación a los señores Jumblat y Hariri, y especialmente al doctor
Geagea, pero abucheaba con desdén a Ali Hasan Jalil, del partido chií Amal, y a un siniestro ex miliciano cristiano que una vez lanzara a sus también cristianos prisioneros de la guerra civil al Mediterráneo con las piernas metidas en cemento. En aquel momento, por supuesto, estaban vivos.
Como todo lo libanés - por transformar la cita de Evelyn Waugh-, los faustos del día fueron muy impresionantes, pero duraron demasiado. Tuvimos que escuchar música eclesiástica, campanas de iglesia, cánticos islámicos, la música de Majida el Rumi (la nueva Fairuz) y a la pequeña banda de las Fuerzas de Seguridad Interna, que luchaba por defender el himno nacional de Líbano contra el estruendo de los helicópteros del ejército. Hubo bosques de banderas, más libanesas que de las milicias, felizmente; y miles y miles de soldados libaneses, reservistas, gendarmes, policías antidisturbios, matones del ministerio del interior, policías de tráfico y hombres de las fuerzas de seguridad internacionales.
Huelga decir que todos ellos estaban allí para proteger las vidas de esa especie tan en peligro de extinción, los políticos libaneses supervivientes, de - según supuso la mayoría de asistentes- los asesinos de Damasco. De hecho, cuando los cadáveres de Gemayel y su guardaespaldas, Samir Chartuni, salieron de la catedral para ser enterrados, otro centenar de hombres de seguridad bien armados se apostaron alrededor de los ataúdes. No pude evitar pensar que ojalá hubieran sido igual de entusiastas en la protección de los ocupantes de los féretros cuando estaban vivos que ahora que los pobres hombres habían muerto.
May Shidiac, periodista cristiana muy crítica con la hegemonía siria en Líbano y que perdió una pierna y un brazo en un atentado perpetrado contra su propio coche el año pasado, ofreció con valentía una sonrisa de rubia ganadora de los premios de la academia. Ver a los grandes y los buenos entrar en la basílica fue un poco como contemplar a las estrellas. El canoso Dory Chamun, cuyo hermano Dany, líder de milicia, fue asesinado en 1990, junto a su esposa, Ingrid, y dos de sus hijos, Tariq y Julian. Butros Harb y Nasib Lahud (sin relación alguna con el odiado presidente), y también Charles Rizk, todos ellos deseosos - a saber por qué- de convertirse en presidentes de Líbano cuando Emile Lahud termine su mandato en el palacio de Baabda o la ira de la muchedumbre lo eche a patadas.
"A Baabda, a Baabda", gritaban. A menudo se amenaza con marchar sobre Baabda, y el primero en hacerlo es el doctor Geagea - sólo cursó dos años de estudios de Medicina, así que a lo mejor no será el primero de la lista para quien necesiten atención médica-, que no parece asociarlo con la marcha sobre Roma. Sin embargo, es Lahud a quien se considera ahora el gobernante anticonstitucional de Líbano. Había pancartas exigiendo su dimisión - una exigencia que Hariri y Jumblat han recrudecido desde el asesinato de Gemayel- y un elocuente cartel dirigido incluso al presidente mismo: "¡Oh, César de Baabda - proclamaba-, largo de aquí!" No tanto césar, diría yo, como miembro del séquito de Damasco.
Las denuncias de Geagea resultaron espeluznantes. "No aceptaremos que este gobierno sea substituido por un gobierno de asesinos y criminales", gritó. Y, puesto que es Sayed Hasan Nasrala, de la organización radical islámica chií Hizbulah, quien acusaba al gabinete de Siniora de ser el gobierno del "embajador de Estados Unidos" - y puesto que son los ministros chiíes quienes se han retirado de ese mismo gabinete-, podría llegarse a la conclusión, ¿verdad?, de que los "asesinos y criminales" del doctor Geagea eran chiíes.
De hecho, volviendo a sus sangrientos pecados de los tiempos de guerra, la mayoría de los cuales fueron objeto de amnistía, reflexionemos sobre por qué los muchachos de Geagea hicieron volar por los aires a los feligreses de la iglesia de Nuestra Señora de la Liberación en 1994; el tribunal dijo que Geagea quería convencer a los cristianos de que el crimen lo había cometido Hizbulah. Es curioso cómo estas cosas vuelven a nosotros. Por extraño que parezca, el asesinato esta semana de Pierre Gemayel ha tenido exactamente el mismo efecto en los cristianos que en los musulmanes suníes: ha convencido a muchos de ellos de que el crimen lo ha perpetrado Hizbulah en nombre de Siria. Una idea angustiante.

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