NO NOS GUSTA QUE NOS MIREN LOS DESCONOCIDOS. PORQUE SABEMOS LO QUE ESO SIGNIFICA. NOSOTROS TAMBIÉN LO HACEMOS: BUSCAMOS IDENTIFICARNOS, SACIAR UNA CURIOSIDAD. Y NO NOS GUSTA SER OBJETOS DE NADIE
Estábamos a punto de follar. Éramos tres, estábamos en una casa ajena. Salí de la habitación a por condones. Alguien tenía que tener alguno por allí. Un chico, no recuerdo su nombre, apareció con unos cuantos. A cambio, quería que lo dejáramos mirar. A él y a sus amigos que asomaban tras la puerta. No sé lo que ocurrió.Sólo recuerdo que empezamos a hablar y acabamos pegándonos. Sobre un mueble encontré una vieja herramienta de hierro y madera que enarbolé a modo de amenaza. Era una manera de ofrecer una tregua mientras nos acorralaban. Se acercaron. Tiré un gran espejo-colgador para mantener la distancia por unos momentos. El ruido rompió el encantamiento. Nos entró miedo a todos. Allí acabó todo. Nos fuimos.
No me interesan los misterios de la adrenalina. Luego me sentía como un cowboy bajando las ramblas con las piernas muy arqueadas.Tenía el ojo morado y algunos cortes en las manos. Pero no es eso. Lo que me interesa es que unos querían mirar y otros se lo prohibieron, nosotros. La mayoría de las veces me he encontrado en el otro lado. Queriendo mirar sin poder. Nos ocurre cada día en la calle mirando a desconocidos que hacen cosas que nos intrigan, que leen libros que deseamos reconocer, que tienen espaldas que nos parecen irresistibles. Y nos escurrimos para poder echar esa mirada que es como un latigazo en la grupa de la yegua. Y ésta se escurre como el preso ante la picana.
No resistimos que nadie nos mire. Un desconocido no. Nos aterroriza ser convertidos en objetos. Somos sujetos. Si alguien nos mira tiene que ser para conseguir algo de nosotros. Porque eres el camarero al que pedir la consumición, la azafata a la que pedir la almohada o el cajero al que pedir el recibo. Pero ser mirados por placer, por curiosidad, sin mediar en esa mirada el anuncio de una interacción futura, sin que esa mirada surja de una necesidad, entonces no.
Lo que no soportamos es ser mirados como obra de arte. Por el mero disfrute. Como si fuéramos niños tímidos que se esconden tras las piernas maternas cuando aparece un extraño interesándose por nosotros. Como si fuéramos incapaces de aceptar que nuestra vida, nuestro culo, nuestra manera de atarnos los zapatos, interesa a un desconocido. Si quieren mirar, que paguen. Y pagamos. Y así nace toda la industria del arte. Los actores, artistas y escritores imitan nuestro comportamiento y se dejan mirar, y cobran. Porque los actores, artistas y escritores son el camarero, la azafata y el cajero de la mirada. Si necesitas beber vas a un bar, si necesitas mirar te metes en el cine.
Y necesitas mirar. Porque tu ojo es como tu sexo pero más arriba.Eso lo decía Freud con otras palabras. Miras y te identificas.Seguro que tuviste algún subidón paseando por el bosque al mirar al horizonte y sentir que formabas parte de todo aquello. A eso se le llama identificación. Nos identificamos con los bosques y también nos identificamos con los desconocidos con los que nos cruzamos por la calle. Lo necesitamos. Es como una necesidad de comunión universal. Lo que ocurre es que los desconocidos nos parten la cara si los miramos con detenimiento. Los desconocidos no quieren sentirse una obra de arte. Los desconocidos no quieren que los miremos mientras hacen el amor. Entonces enciendes el ordenador y te cuelgas de alguna página web en la que salen muchos culos. Por unos momentos tu ojo y tu sexo son una misma cosa.Y te identificas con el que folla o con el que es follado. Y entonces entiendes que el arte es un sustituto de la realidad pero de pago, y te corres.
© Mundinteractivos, S.A.

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