UNA magistrada de Barcelona ha abierto diligencias contra los padres de un niño de cuatro años, acusados de atentar contra dos profesoras y una conserje del centro donde estaba escolarizado su hijo. No paramos de padecer sobresaltos con las profanaciones a que son sometidos los templos educativos. Progenitores con pautas culturales primitivas e hijos con formación simiesca demuestran con cierta frecuencia que una parte de la humanidad continúa siendo una coral de primates bravucones. Pero sería un error creer que nuestros jóvenes pertenecen a una cofradía satánica de pigmeos que se ensaña con sus profesores. De entrada, una familia desguazada por la ignorancia y otras penalidades siempre entregará al sistema escolar a un niño que hará dudar a cualquier pedagogo sobre la teoría evolutiva de Darwin. Dentro de la subespecie paternal existe una variante ilustrada que aparca a sus descendientes en una guardería a la que exigen resultados de máster. Y también nos encontramos con padres y alumnos responsables, sin traumas detectables ni por un terapeuta perturbado. Son la mayoría. Gente normal. Como los profesores. Aunque entre éstos también exista una minoría de insatisfechos que ha llegado al magisterio no como opción vocacional, sino alimenticia. La misma que empuja a algunos a un tercio de la Legión, una oficina de caja de ahorros, un diario o a creer que la mejor manera de doblegar los espíritus y conducir un rebaño es recurrir a los atributos del caballo de Espartero.
« Periodismo 'Open Source', de Javier Castañeda en Los Blogs de La Vanguardia | Inicio | El presidente que no quería ser político, de Oriol Ponsatí-Murlà en La Vangurdia »

Escribe un comentario