VICIOS DE LA CORTE

Los socialistas acusan a Gallardón, alcalde perpetuo de la ciudad, de que su política de motosierra -con la tala de 40.000 árboles- y su ensoñación del Manzanares navegable están acabando con los pájaros, que no sólo visitan al psiquiatra, como en la canción de Sabina, sino que mueren volando. En Madrid se enfrentan dos caníbales de la política; del lado donde caiga el voto, caerá el poder. «Sebastián le va a dar un susto a Gallardón», dicen las gentes del candidato. «Y Alberto no puede huir del cara a cara propuesto; sería su tumba, después de los traspiés de Rajoy y Lula por rehuir los debates».

Sebastián, sin corbata, salió de la ciudadela económica para darse a conocer. «Soy Miguel Sebastián, más conocido como Miguel, y voy a ser el próximo alcalde de Madrid». Así habló en el Instituto Tierno Galván, el nombre de aquella «víbora con cataratas» que tomaba café con leche y migas, que aconsejaba a los de la Movida que se englobaran, y que fue enterrado en una carroza de los Cárpatos tirada por seis caballos. Sebastián castigó a Gallardón con el endeudamiento y los impuestos; dijo que la deuda de Madrid aumenta 60 euros por segundo. No dijo nada del cambio climático, ni de la corrupción del hormigón;, no dijo nada de los pájaros.

Siguen las obras que inició en el siglo XVIII Carlos III, cuando los cerdos sueltos por las calles hocicaban las basuras del agua va; entonces había pájaros, que avisaban de la aurora a los madrileños que se cocían en las botillerías.

¿Qué fue de los pequeños y pintados pajarillos que Cervantes veía de niño en Alcalá, con su harpadas lenguas, es decir, con punta como la lengua del ruiseñor? Ya no está ni siquiera claro que cuando muramos, seguirán los pájaros cantando. Ni tampoco es posible la Oda al ruiseñor de Keats: «Tú no has nacido para la muerte. La voz que oigo esta noche fugaz es la que oyeron en los días antiguos el labriego y el rey».

¿Dónde se han escondido los gavilanes, los búhos, las cornejas del Arcipreste? Los nuevos ricos de ladrillo matan cada fin de semana cientos de miles de perdices, de alas secas y vuelo de 100 caballos; dejan en el cielo un temblor, pero las reproducen en las fincas estos acumuladores, que un día el futuro tendrá que desamortizar.

Los reyes de España en El Pardo, indicaban con el halcón en la mano dónde estaban los confines del mundo; ahora se conforman con matar pollos pintados de perdices. También estos nuevos escopeteros exterminan codornices, flores de pluma, según Neruda. Las radiaciones de los microondas y de las antenas de los móviles están matando a los pájaros. La extinción llega antes de lo previsto.

Los últimos serán los pingüinos, de smoking en el sudario del hiel. En Madrid ya mueren las ranas ibéricas y los papamoscas, los mirlos, los carpinteros y las águilas, espadas del Guadarrama, que volaban a 200 kilómetros velocidad de crucero.

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