Ahora más que nunca una mujer tiene la posibilidad de presidir la República Francesa. La victoria de Ségolàne Royal, joven pero con experiencia, entre los socialistas franceses le abre la puerta para participar con bastantes posibilidades de éxito en las elecciones del año próximo para sustituir a Jacques Chirac. Aunque no consiga su objetivo porque el propio Chirac o Nicolás Sarkozy, que parecen los candidatos lógicos de la derecha, obtengan más votos en los comicios del año que viene, al menos habrá logrado el objetivo de que una mujer pueda aspirar a ese cargo, pero sobre todo porque lo ha conseguido en contra de la opinión de los barones de su partido, por cierto dividido en varias tendencias poco conciliables.

Los méritos de Royal están en hablar un idioma diferente al que emplean los políticos clásicos, en acercarse al centro sin titubeos, alejándose de las radicalidades a las que son tan adictos los socialistas franceses cuando gobiernan y en haber conquistado el espacio femenino. Por muy estirada que sea -según dice la prensa francesa-, esta exministra, casada con el secretario general de los socialistas, François Hollande, cae simpática y ha calado ya fuera de su país. Llega en un buen momento cuando también en Alemania una mujer, Angela Merkel, preside el gran gobierno de coalición sin grandes apuros y desde luego con menos problemas y conflictos que su antecesor.

Es lógico que después del extraordinario avance de la mujer en el mundo del trabajo en estos años vaya copando, por fin, principales puestos de relieve tanto en el ámbito empresarial como político. Hasta ahora han sido excepciones las que han alcanzado magistraturas importantes como el caso llamativo en su día de Margaret Thatcher, aquella primera ministra ultra liberal que puso al hilo hasta a los indomables mineros británicos. Pero va siendo hora de que se convierta en un hecho cotidiano como en la vida misma. Sobre todo en los países occidentales que ha sido en los que se ha mejorado algo, no lo suficiente, en la igualdad de sexos. Países que son ejemplo permanente para el tercer mundo en el que la dominación de las mujeres es insoportable a la vista de cualquiera con un mínimo de sensibilidad.

NO SE si la alianza de las civilizaciones que patrocina José Luis Rodríguez Zapatero servirá de algo, pero uno de los apartados más importantes de cualquier debate con otras culturas está en el trato que reciben en los países en vías de desarrollo las mujeres. Y en especial a las que profesan las creencias más extremas entre los islamistas. El burka, por ejemplo, es una agresión en toda regla a la dignidad humana y todo cuanto se logre en esa dirección será un alivio para ellas y para nosotros. Una ministra holandesa ha prohibido, por razones de seguridad, la utilización de esa prenda ignominiosa y ha hecho muy bien. No hay ninguna razón para que en los países occidentales tengamos que respetar ese tipo de creencias. En absoluto. Por muy abiertos y tolerantes que seamos no se puede aceptar una discriminación de esas características que obliga a quienes lo llevan, no solo a aparecer así en público sino también a verse obligadas a matrimonios de conveniencia o una obediencia sin titubeos a los hombres de su familia.

De qué vale entonces el esfuerzo de los europeos en incorporar a las mujeres, a veces con cuota obligatoria como ocurre en el PSOE, a las actividades políticas? Para qué todas esas medidas de igualdad entre sexos si los emigrantes con creencias diferentes no las cumplen? A qué vienen esos revuelos en Francia cada vez que las autoridades prohíben el uso del velo en las escuelas? Si algo se ha conquistado en las sociedades occidentales es que sus gobiernos sean laicos en mayor o menor grado, aunque respetuosos con la fe de los ciudadanos. Pero no pueden mirar hacia otro lado cuando hay quien se aprovecha de nuestro sistema de libertades para imponer sus criterios religiosos. Y parece obvio que muchas de las prédicas de algunas corrientes islámicas chocan violentamente con esos principios. En las sociedades democráticas occidentales las reglas están claras para todos. Bastante conflicto hay ya con la violencia de género y con la discriminación de las mujeres en muchos trabajos como para ser complacientes con quienes abusan de su dominio por criterios sociales o religiosos.

EN ESE SENTIDO la tarea de las mujeres que ocupen responsabilidades políticas en el futuro será doble. Han de prestar mucha atención a esas lamentables y peligrosas formas de trato del mal llamado sexo débil. En el caso de Ségol¨ne Royal parece que está de acuerdo con la política de integración de los inmigrantes que defiende el Partido Socialista francés. Ella que ha nacido en Senegal conoce bien las diferencias culturales entre nuestras sociedades y las del mal llamado tercer mundo. Y sabe algo de los abusos que los europeos han cometido en la colonización de territorios africanos, americanos y asiáticos, parte de los cuales han generado la animadversión de muchas de esas culturas.

Pero, al margen de las tensiones entre culturas y de los errores del pasado de los países occidentales, lo cierto es que tienen el deber moral de impulsar políticas de igualdad lejos de su territorio, ahondar de verdad y no de boquilla en el fin de la pobreza, que es caldo de cultivo para la dominación sexual y presionar a quienes defienden esclavitudes del pasado. Y el lado femenino de los gobiernos democráticos tiene mucho que decir en ese sentido.

Mario Bango. Periodista.