BULEVAR
De un tiempo a esta parte suena mucho el monema identidad. Es palabra de moda. Al parecer todo dios tiene su propia identidad, que supuestamente es lo que perdura cuando te quedas en pelotas.Claro que si uno fundamenta la identidad en las pertenencias materiales, cuando te embargan el coche, la cuenta bancaria y la casa, tu identidad queda menoscabada; si la basas en tus relaciones familiares, la identidad cambia cuando rompes con tu mujer, y si la identidad es el cuerpo, ¿qué será de ella si te cortan un brazo o pierdes el ojo de vidrio?
Si a alguien le sucediera la totalidad de estas desgracias dejaría de ser rico, casado y físicamente completo, para convertirse en pobre, soltero (o separado), manco y tuerto. Eso sí, el DNI y el NIF no se modifican. Para el Estado sigues con la misma identidad.
Seamos serios: la identidad en (sentido estricto) no existe.Un objeto o un fenómeno jamás es idéntico a sí mismo fuera de la abstracción matemática. Toda aparente identidad es transitoria, de modo que Parménides se equivocó y Heráclito tenía razón pero en parte, sólo en parte: postuló que nadie se baña dos veces en el mismo río. Claro, el río cambia continuamente, pero habría que agregar que nadie se baña siquiera una vez en el mismo río: todos cambiamos todo el tiempo, incluso mientras nos bañamos.
No hay identidad, apenas hay características (cambiantes) que nos diferencian a los unos de los otros, pero no es lo mismo.
La identidad es una entelequia, al igual que las leyendas de hadas, duendes y castillos embrujados. Salvo que estas quimeras son menos peligrosas. Hoy día poca gente se agarra a tortas o va a la guerra por defender a las hadas y los duendes, pero no faltan los que se manifiestan dispuestos a dar la vida (o peor aún: la de los otros), en defensa de esa identidad que no tienen y que ven representada en un trozo de tela de algodón o cualquier otro chisme, porque llega un punto en que la identidad necesita basarse en el grupo o la nación -otra entelequia-.
Como derivativo de identidad aparece el neologismo -semánticamente hortera- identitario. Así, ahora se habla de «valores identitarios», «proclamas identitarias», y no sería de extrañar que pronto se mencionen formas identitarias de respirar, comer o vaciar los intestinos.
¡Paparruchas!, conceptos falsos que se adhieren a los automatismos pensantes como un chicle a la suela del zapato. Comidas de coco que se incorporan al sistema de creencias sin la menor revisión intelectual, ya que si todos cambiamos todo el tiempo nadie nunca es sino que todos vamos siendo, y que viva el gerundio. En ese aspecto, Sartre no se equivocó: «El hombre sólo es cuando deja de vivir.»
Así pues, ¿hay algún momento en el que un ser humano llega a ser? Claro, el de la muerte, cuando nada nuevo puede incorporarse al ser. Es el momento en el que los vivos miran tu cadáver y, moviendo tristemente la cabeza, acaban por fijar tu identidad: «No somos nada», dicen Y te definen.
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario