Es como jugar a la pelota con una porcelana de la dinastía Ming. Como si Zapatero y Rajoy se estuvieran lanzando el valioso jarrón a riesgo de que se estampe contra el suelo. Rajoy cree que el Gobierno intenta ponerle al Poder Judicial la camiseta del PSOE en sus planes sobre ETA. Y Zapatero le replica que eso le cuadra al PP si se trata del sumario judicial sobre el 11-M.

La porcelana es la independencia de los jueces. Ya sale bastante mal parada en el ránking de las instituciones, donde comparte con la clase política un castigo similar en la valoración de los ciudadanos. Si encima los dos primeros espadas de la política nacional echan leña al fuego, vamos de mal en peor.

Ese amargo sabor de boca nos dejó ayer tarde el barato y desapacible duelo verbal entre el presidente y el jefe de filas del principal grupo de la oposición, el titular del poder y el aspirante, a propósito de las supuestas presiones del Gobierno a los jueces.

Mariano Rajoy formuló tan grave acusación en el templo de la democracia. Sostiene que Zapatero quiere forzar la complicidad de los jueces para acabar con ETA a su manera. Es decir, mirando hacia otro lado a la hora de aplicar las leyes.

La acusación es injusta y Rajoy lo sabe. Además, arbitraria e irresponsable. Tendría que estar muy bien armado de pruebas para acusar a un presidente democrático de burlarse de la ley e incitar a los jueces a dejar de lado el principio de legalidad. Y no es el caso. No se puede deducir la intención de presionar a los jueces por un ‘canutazo’ de pasillos en el que Zapatero cometió el desliz de relacionar una sentencia judicial con el ritmo del llamado ‘proceso de paz’ -mal llamado, pero ese es otro asunto- y porque un dirigente socialista vasco se refiriese a la acomodación ambiental de las sentencias.

Aun en el caso de que Zapatero abrigase realmente la desordenada intención de presionar a los jueces, la confianza de Rajoy en la independencia de los magistrados debería ser lo bastante sólida como para tener por inútiles las supuestas presiones de Zapatero. Y si son inútiles, como es seguro que las considera Rajoy, el jefe de la oposición no debería dedicar ni un sólo minuto a ponernos en guardia sobre los riesgos que corre la independencia judicial con Zapatero al frente de un Gobierno.

Ayer, en la sesión de control, el presidente del Gobierno se limitó a negar la mayor y a reafirmar su respeto al trabajo de los jueces. A Mariano Rajoy le reprochó su adición al tremendismo y éste, después de haber tomado el rábano por las hojas, enunció las generales de la ley: "En una democracia la ley no es ningún obstáculo para la paz". Amén ¿Quién se lo discute, más allá de las insidias, las soflamas y los juicios de intención?