JOSÉ Montilla será investido mañana presidente de la Generalitat. Ocupará el puesto 128. º en una lista que se remonta al siglo XIV, en pleno ocaso de la Edad Media frente al pujante Renacimiento. Somos incapaces de bautizar a este siglo XXI, porque la criatura aún no ha cumplido siete añitos, pero en Catalunya son legión los abanderados del progreso. Bonito nombre para esta centuria: Progreso. De hecho, el nuevo Govern ha sido registrado como Entesa Nacional pel Progrés, porque nadie quería que heredara el apellido de su difunto hermano mayor, Tripartito. El sustantivo Entesa nos representa a un acuerdo que se supone armónico. Nacional es la inevitable invocación a una realidad abstracta, pese a que los gobiernos deberían pertenecer al mundo de las realidades concretas. Y por último, tenemos el concepto mágico: Progrés. Nohay ser despreciable, sinvergüenza astuto o supersticioso abyecto que sea capaz de oponerse a la religión del hombre moderno. Sin embargo, el apodo progresista suele lucirse con ánimo excluyente. El fuego sagrado del progreso ha iluminado a no pocos revolucionarios, burgueses o no, y bajo su magia mesiánica también se han cometido tropelías. Entre otras cosas, porque algunos de sus discípulos entienden el desarrollo como un motor arrollador. Por eso, los cañones del progreso son armados con munición semántica de grueso calibre. Y quienes ejercen el derecho a discrepar son tratados como toscos retrógrados alcanforados.