Leo en The Wall Street Journal un suplemento especial sobre las 50 mujeres que observar en el 2006. La lista es formidable. Están desde Melinda Gates hasta las máximas ejecutivas de la Bolsa de Londres, de Banesto, Pepsico, Xerox, Unilever, General Electric, Western Union y Dupont. Y así hasta medio centenar de grandes empresas globales.
Es cierto que los más altos cargos en manos de mujeres en las compañías multinacionales no alcanzan ni al 20 por ciento. Pero su presencia ya no es sólo testimonial, una anomalía dentro de un universo de mando casi exclusivamente masculino, una excepción que confirma la regla.
Lo que es normal en la vida ordinaria va convirtiéndose en normal en la gestión de las empresas, de las instituciones, de la política y de los medios de comunicación. Me podrán decir que la normalidad no se alcanzará hasta que se equiparen los sueldos y las oportunidades. Es cierto.
Pero hay un cambio de fondo que se está produciendo en las sociedades modernas y democráticas. No estamos en tiempos de Golda Meir, Margaret Thatcher, Indira Gandhi, que tenían que demostrar más dureza y energía que los hombres para ganarse la aceptación y el respeto. Hemos entrado en la era de Ségolène Royal, Hillary Clinton, Angela Merkel, Nancy Pelosi, muchas mujeres escandinavas de las que no recuerdo el nombre, que han ocupado o pueden ocupar los más altos puestos de las instituciones nacionales e internacionales porque están preparadas.
El feminismo combativo que se abrió paso con el movimiento de las sufragistas puesto en marcha por Emmeline Pankhurst en Inglaterra, hace casi cien años, para obtener el voto de las mujeres ha dado paso a la feminidad positiva que observa el mundo con ojos de mujer, suavemente, con inteligencia y con mirada compasiva. No es que sean mejores. Son distintas y ello es extraordinario.
Pienso que llegará un día, no lejano, en el que los sexos no serán decisivos y las mujeres se ganarán la confianza de la sociedad por su competencia, por su credibilidad, por su liderazgo y, sobre todo, por su realismo tranquilo.
No es razonable que la equiparación de sexos en la universidad, en las artes, en la cultura, en tantos ámbitos de la sociedad, no se traduzca en un papel equiparable al de los hombres al frente de las instituciones. No se trata de abrir una guerra de sexos, sino de la calidad humana, intelectual y profesional que es accesible por igual a los hombres y a las mujeres.

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