Sexo en Madrid

Raquel todo aquello le hacía gracia. Incluso le daba cierto morbo. A esas alturas, después de haber practicado el amor libre, de haber pasado por un divorcio y tres parejas estables, lo de esperar a la noche de bodas para tener una relación sexual completa le parecía muy romántico. Se habían conocido en un concierto de Serrat, y una película de Woody Allen y un par de cenas después, cuando estaba claro que aquello iba a más, Jorge le dijo que sus relaciones se habían estropeado por ir demasiado deprisa. Que cuando se había enamorado, inmediatamente se había ido a vivir con la chica en cuestión y eso había roto la magia.

Con ella quería que fuera distinto. Raquel tenía que reconocer que también se había perdido lo de ser novios. En la teoría, la propuesta le parecía bonita.

La práctica era otra cosa, porque sus visiones del noviazgo ideal eran distintas. Raquel pensaba que aunque no vivieran juntos, obviamente, iban a acostarse. Pero Jorge parecía haberse tomado muy a pecho lo del noviazgo a la antigua usanza, así que le dijo que podían esperar a casarse para tener relaciones sexuales completas. Él no creía en el matrimonio, pero le parecía que era una forma de darle emoción a la relación. Raquel no acababa de estar de acuerdo, pero después de varias sesiones de sexo, en las que él demostró tener una habilidad fuera de lo común con la lengua y con los dedos, pensó que podía esperar. Nunca había disfrutado tanto, así que el coito no le parecía tan importante...

La boda fue de lo más romántica. En una ermita, con el Love de Lennon de marcha nupcial. Para la noche habían reservado una suite en un palacete rural. Raquel estaba nerviosa como una novia; Jorge casi histérico, más que como un novio, como el padre de una novia. Empezaron a besarse, a acariciarse, pero Raquel dio un paso más y le quitó los calzoncillos. Miró, dio un salto y se tapó la boca para no soltar un grito. Aquello era descomunal. Jorge se ocultó el pene con las manos y le dijo: «Lo entiendo, perdóname, pero es que no sabía cómo explicártelo, tengo un problema muy grave». Raquel estaba indignada. Se sentía traicionada. Sí, aquello era un problema... Los que decían que el tamaño no importa, no conocían a Jorge. ¿Era mentira tanto romanticismo? ¿Cómo había sido capaz de engañarla? Cuando lo miró, vio que se le saltaban las lágrimas y se dio cuenta de que estaba exagerando. A su edad sabía que uno no siempre puede ni debe ser sincero. Así que reflexionó. Jorge le había demostrado que no necesitaba usar su pene para darle placer. Se acercó, lo abrazó y le besó en la boca y en las manos.

silviagrijalba@mixmail.com

© Mundinteractivos, S.A.