Socialización de la diversión y el ocio, descanso del burgués y de la burguesa. Reuniones, por plantas, de los iguales, o de los muy «parecidos»; las de los «aparecidos» son otra cosa; y para el descanso eterno, los cementerios. Explosiones gijonesas de vida y muerte.
Nuestros muy activos ayuntamientos, bien pronto, 1848, quisieron dotar a la villa de lugares de cultura y ocio, para ello nada mejor que levantar un teatro.
«Por la penuria de sus fondos», el Ayuntamiento no puede acometer el proyecto en solitario, por lo que el inteligente alcalde don Francisco Javier Camuño -al que siguieron en sus empeños Máximo Toral, Andrés Capua y Antolín Esperon- lanzó una confiada llamada al naciente capital local y, pronto, los pudientes que ya vimos levantar a pulso la fábrica de vidrios y concurrir con sus «talegos» a formar el capital del ferrocarril de Langreo, los Canga Argüelles, Cifuentes, Ezcurdia, Zulaibar, Domínguez Gil, el propio Máximo Toral, y el que también sería alcalde don Eustoquio García Blanco, y otros muchos ciudadanos, se apresuran a dotar al proyecto teatral de capital suficiente, suscribiendo para ello acciones de 2.000 reales. Cinco años después del esfuerzo, se inauguraba el teatro Jovellanos, donde hoy la biblioteca pública, demostrando al mundo entero, y en particular a la capital de la provincia, que Gijón, pueblo «culto y civilizado», se disponía, con su teatro, a resaltar su posición y a «competir» con la misma capital. En 1853, la compañía de Francisco Lumbreras inauguraba «el pequeño Real», capaz para 750 personas. La araña, «el arañón», que pendía del techo de la sala, fue la admiración de toda una generación. Luego vinieron El Molinón, la Piedrona, la Iglesiona, la Escalerona, el Cuartón..., pruebas patentes del poderío y vanagloria universal de nuestra villa, donde g. a D. sean dadas, nunca se clavó una sola cruz de Calatrava.
Veinte años más tarde, un Ayuntamiento republicano, también para el descanso, la diversión y el ocio del vecindario, cedió gustoso los ocho días de bueyes pedidos a la salida de la villa, en «La Florida», camino de Somió..., «y lo que sea necesario para el desarrollo del sitio de recreo», que pretendía construirse en tan «lejanas» afueras. Llegaron casi a 500.000 los pies ocupados, y sobre ellos crecieron en poco más de un año Los Campos Elíseos, que, al gusto de la moda Europea, habían «soñado» don Florencio Valdés, Antonino Rodríguez San Pedro y Ángel Rendueles Llanos, y edificado, ¡con un presupuesto de quinientas mil pesetas de entonces!, el notable maestro de obras don Torcuato Hevia, esposo de la devota doña Gila, que cuenta, desde la ejemplar transición, entre sus descendientes, con duques. En las guerras locales, frente al Jovellanos, «muselista» durante el «septenario» en que la Corporación profesó este credo portuario, el teatro Circo Obdulia, como se bautizaron Los Campos, capaz de acomodar tres mil personas, fue «apagadorista», siendo inaugurado en 1877 su escenario «teatral» por el eminente don Rafael Calvo. Para enterrar la muerte, a la ambición y al odio, la Corporación adquirió, que la «Visitación», al pie de S. Pedro, a consecuencia de repetidas epidemias estaba llena, en el mismo 1873, y a buen precio, terrenos en el Sucu de Ceares al conde de Revillagigedo y al señor Cienfuegos Jovellanos, donde, desde que se enterrara la infeliz María García, en enero de 1876, desde entonces, «El Ceares de María», descansan, sin distinción de bandos ni sexos, muselistas y apagadoristas... y tantos otros.
El gijonés propietario, comerciante, almacenista de coloniales o titular de taller artesano; el opulento naviero, como el pequeño industrial y el ocioso «americano», antes de contar con estos adelantos «teatrales», no tuvieron más diversiones en la villa que las del paseo, o la conversación en húmeda trastienda; y como alternativa, el sacro recreo de la iglesia, con el grag grag de los pedales del órgano parroquial, siempre desajustados por la humedad. Funciones en el convento y la colegiata; panegíricos en la parroquial, en la voz del admirado presbítero local Agapito Villaverde, que «despierta» con su encanto, sobre todo en las funciones vespertinas, las devociones más dormidas...
No fueron distracción menor, ni actividad social desdeñable, las de la asistencia a entierros y funerales. Algunos llegaron a grados de vistosa suntuosidad y asistencia multitudinaria, inimaginables hoy. La ceremonia de funerales, durante varios días, y entierro (una sola vez) estuvo reservada al vecindario «de cuenta», al humilde obrero no se le ceremoniaba en absoluto, se le enterraba llanamente; y cuando tocaba despedir a «personalidades irrepetibles», la concurrencia era la del pueblo entero, «sin distinción de clases», todos correctamente trajeados para la ocasión. Limpios los artesanos, y de negro o frac, bien «enlazados» los burgueses, no como ahora ocurre, que vemos en estos trances, «notabilidades» políticas, empresariales, notariales y registrables, «notablemente» descorbatadas y hasta, un punto, «desaliñadas»... Fueron de resaltar, entre muchos, los entierros de don Tomás Zarracina, multitudinario y solemne; de don Eladio Carreño, multitudinario y chusco, y el de la ilustre doña Rosario de Acuña, severo e impresionante, a hombros de obreros el cadáver, bajo la lluvia, del Cervigón a Ceares... Sobre tanto hueso, Feliciano Rodríguez, «primera funeraria gijonesa, desde 1874», labró saneada fortuna.
Antes de que la enterraran, la burguesía gijonesa quiso contar con el «avance» de un centro propio donde conversar, jugar y, en las fiestas de la «temporada», danzar. De ahí surgió, en el muy temprano 1842, siendo alcalde de la villa don Casimiro Domínguez Gil, el Casino de Gijón; con mucho el primer Casino de las Asturias (cuarenta años tardó «la gesta...» del de Oviedo). El viejo Casino, casi un siglo de vida, ubicado durante decenios en el piso primero (cuarto principal) del gran edificio que, sobre el muelle de Oriente, Jardines de la Reina, ocupara el hotel Iberia, Mallet, luego Saboya... Allí, «lujosa» biblioteca con las mejores obras de nuestros novelistas, casi «intonsas», junto a «producciones» científicas que, respetuosamente, nadie osa tocar, y crecido número de revistas y periódicos nacionales y extranjeros que muy pocos «ojean»; allí, extenso y elegante salón de billares, a la inglesa, siempre concurrido; allí, los dos salones de tertulias, «Congreso y Senado», por la edad de sus «habituales»; allí, el muy amplio y solicitado local dedicado a «lavabo», tan utilizado, particularmente durante los grandes bailes que en el magnífico salón se ofrecían en agosto a los «forasteros», como necesario el resto del año, para «alivio» durante las largas tertulias...
Fueron famosos en todo el Norte los bailes del Casino, alguna vez hubo que ampliar el gran salón de baile, cornucopias, frescos en los techos, alumbrado espléndido y flores por doquier, con el añadido del «Senado»... En uno de ellos, verano de 1875, se enamoró el docto don Félix Pío Aramburu Zuloaga -todavía en la primera juventud, pero ya devoto- de una «adorable joven de pelo rubio y los ojos azules». El enamorado poeta penalista, que como tantos ovetenses vino a enamorarse a Gijón, describe así el sueño y el salón de sus amores:
«En espléndida estancia fastuosa, agitábase inquieta multitud, y entre tanta mujer joven y hermosa, una vi nada más, y ésa eres tú».
A sus conciertos no faltó ni el violín del famoso Crickboom, ni el violonchelo del gran Casals, ni el piano del inmortal Granados; allí, en el excelente piano de cola, alemán, que años antes había «inaugurado», en inolvidable concierto, el maestro Eulogio Llaneza, el niño Facundo de la Viña y Manteola, hijo del antiguo capitán y periodista que también fuera dueño del hotel Comercio, lució, para envidia de tantas madres, su infantil, y ya prodigioso, talento musical, que en Madrid cultivaba el maestro Zabalza.
Cuando la guerra de los dos puertos, el Casino fue «apagadorista», y su presidencia, honor muy ambicionado, la ocuparon los más destacados «barones» de la villa. Don Eduardo Martínez Marina lució, como el Sumo Pontífice, la de Roma, la triple corona gijonesa, Alcaldía, presidencia de la JOP y del Casino, cuando corría 1895.
En la misma calle Corrida, en el número 4, sobre el famoso establecimiento Al Buen Gusto, camisería de Manuel Valdés Sánchez, comerciante y concejal, se estableció, muchos años después, La Peña, que, durante el tiempo de las guerras portuarias, cambió su nombre por el combativo de Casino Muselista, presidiéndolo don Wenceslao Alvargonzález, que había sido comandante de Marina. En 1891 se trasladó al paseo de Begoña, donde abrió amplio pabellón, en el principal del n.º 17, que iluminó con raudales de luz «muselista», de la recién fundada Sociedad Electricista. Luz y Compañía que tanto disgusto habría de dar a sus socios dos años después..., cuando toda la Corporación muselista, presidida por don Faustino Alvargonzález, fue «arrojada» del Consistorio por decisión del gobernador civil, tras expediente en el que quedaron reflejados los excesos de los alcaldes muselistas, don Antonino y don Faustino..., de los que ya se hablará.

un trbajo de la escuela de matamatica