Me lo decía ayer un buen amigo, liberalote él de los buenos, de los de siempre: “El ejercicio de convertir a nuestra Margarita Pérez, presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, en una Margaret Thatcher, está resultando cada día más difícil”. En efecto, ella aporta voluntad y buenas maneras, pone pose, adapta el gesto, incluso se ha dotado de una buena colección de retratos de cuerpo entero al lado de la vieja dama de hierro, pero no hay manera. A la hora de la verdad, cuando alguien le roza de verdad la napia, a nuestra dama de seda le sale un cierto ramalazo de señora-bien-de-toda-la-vida-que-no-está-para-bromas, capaz de dejar al personal patidifuso.
Lo acaba de probar en carne propia Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid y aspirante a repetir cargo, con permiso de Miguel Sebastián, ese serio aspirante al cetro municipal capitalino a quien en la torre negra de Azca llaman con sorna Miguel Sevahostiar. Resulta que la periodista Virginia Drake acaba de publicar una biografía (“bastante autorizada”, en expresión del gran Federico Jiménez Losantos, quien, sin pretenderlo, parodió ayer de esta guisa a aquella atribulada madre que contaba por el barrio la desgracia de su “niña”, que se había quedado “bastante embarazada” por bañarse en la piscina pública) de la regidora madrileña: Esperanza Aguirre. La presidenta.
Y en la biografía muy autorizada de Aguirre, nuestra Margarita/Margaret, más Agustina de Aragón que Teresa de Ávila, reparte estopa para dar y tomar y, qué casualidad, parece que en todas las esquinas del libro donde dan está Gallardón para recibir... Lo curioso del caso es que la señora presidenta de la Comunidad de Madrid, con problemas para llegar a fin de mes como cualquier ama de casa de Carabanchel Bajo, se había fabricado una cierta imagen de Magdalena sempiternamente afligida por las pullas, jugarretas y zancadillas de todo orden y condición que el señor alcalde, en su inveterada deriva progre, se había acostumbrado a poner en el camino de la dama hacia el parnaso político nacional. Pues de lo dicho, nada. Don Alberto se acaba de enterar de lo que vale un peine.
Lo cual que no es serio, señora presidenta. O vamos de sufridora o de estricta gobernanta. Como en el famoso chiste de los vascos que salen al monte, o estamos a Rolex o a setas. No vale que usted se pase media vida quejándose de lo malo, lo perverso que es Ruiz Gallardón y de repente, cuando apenas queda medio año para unas elecciones municipales y autonómicas en las que el Partido Popular se juega mucho, particularmente en Madrid, digo más, cuando usted se había prometido en famoso desayuno ante Mariano Rajoy a comportarse cual modosa y ejemplar novicia en su inveterada disputa con el alcalde, vaya usted y nos salga por este registro, haciendo añicos ese tan trabajado cliché suyo de ejemplar sufridora. Eso no se hace. A Rolex o a setas. “¡Una pena lo de Esperanza, con lo bien que iba!”, decía ayer mi amigo liberal.
Porque a un servidor no le escandaliza el ruido. A un servidor le gusta que los políticos se zurren, discrepen, confronten sus actos e ideas, si es que las tienen. Quiero decir: lo que verdaderamente me escandaliza en la feble democracia española es el consenso, la paz de los cementerios, la obediencia sumisa de tanto carguillo y carguete, tanto diputado y diputadete como debe el puesto al jefe y que, fiel al espíritu de yunta, está dispuesto a tirarse por el Puente de Segovia si lo pide el jefe. Lo normal en una democracia es discrepar, disentir, y hacerlo también dentro del mismo partido, naturalmente que sí, que de eso supo mucho Margaret Thatcher en su tiempo, y no digamos ya lo que ahora sabe del tema Tony Blair.
Pero en la democracia española eso no se lleva. Aquí se tira de acuerdo. La mediocridad es proclive a los consensos del miedo, la falta de autonomía, la ausencia de libertad. De modo que me parece bien que Esperancita le dé en el cogote a Albertito, que en un rasgo de humor ha dicho que no piensa leer el libro de marras hasta el 28 de mayo, es decir, hasta después de las municipales del cuarto domingo de mayo de 2007, que ya decía mi abuela, “hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo”, pero, eso sí, luego que no venga doña Esperanza a quejarse de lo rematadamente malo que es don Alberto. Lo dicho, va a resultar muy difícil convertir a nuestra Margarita Pérez en Margaret Thatcher.

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