La alta abstención registrada en las elecciones al Parlament ha vuelto a suscitar las consabidas disquisiciones sobre la irrealidad de la política catalana. Simplificando, aunque me temo que no mucho, el argumento, estos análisis vienen a decir que la política catalana, al pivotar sobre cuestiones simbólicas e identitarias, se aleja de los problemas reales de la gente hasta el punto de que excluye a la población, sobre todo del área metropolitana, que no se siente implicada en la nation-building.

Son, por lo general, artículos donde la perspectiva histórica está ausente (se obvia que Catalunya ha tenido unos índices de inmigración comparables e incluso superiores a países como Argentina o Estados Unidos), donde la perspectiva de clase social es inexistente (no se establece ninguna relación entre abstención y situación socioeconómica), pero sobre todo se trata de análisis que se emiten a partir del prejuicio ideológico antes que del escrutinio de la realidad. Veamos.

Que la abstención es un hecho estructural en Catalunya no ofrece ninguna duda. Bastan sólo estos datos: en las elecciones del 2004, en un clima de intensa polarización y movilización, en Catalunya votó el 77% del censo (cuatro puntos menos que en Madrid). Fue la participación más alta en unos comicios en los últimos 25 años. En las generales del 2000, que dieron la mayoría absoluta a Aznar, sólo votó el 64% de los catalanes (ocho puntos menos que en Madrid). En las autonómicas del 2003, cuando estaba en juego el cambio de mayoría en el Parlament, votó el 63%, y en las municipales del 2003, votó sólo el 61%.

En un artículo publicado en estas mismas páginas tras el referéndum del Estatut, el profesor de la UPF Francesc Pallarès recordaba que, "en los países democráticos, la participación en las elecciones generales es mayor que en las locales, regionales, europeas", puesto que "un sector de los electores, normalmente con escaso interés por la política, otorga sólo importancia suficiente a las decisiones a nivel general del Estado". Por ello, advertía Pallarès, la abstención diferencial que se produce en Catalunya no puede considerarse "una especificidad catalana que mostraría debilidades de integración política en sectores de nuestra sociedad con raíces culturales no autóctonas debido a los planteamientos catalanistas de los partidos y/ o de las instituciones", sino que se trata de un fenómeno "general de todas las zonas metropolitanas industriales a nivel comparado". Además, la abstención en las elecciones autonómicas catalanas "se basa tanto en ciudadanos de raíz autóctona como no autóctona, en proporciones bastante parecidas (pero no iguales) a la composición del censo electoral", por lo que la desmovilización del voto en sectores procedentes de la inmigración es "una característica claramente secundaria" (La Vanguardia,26/ VI/ 2006).

Y, sin embargo, seguimos leyendo análisis que se basan en la abstención de más del 40% del electorado, olvidando la evidencia de que prácticamente uno de cada cuatro catalanes no va nunca a votar, y suponiendo que es sólo el electorado de raíz no autóctona el que se abstiene en las autonómicas: o al menos es lo que parece querer, en un sublime intento de hacer cuadrar su realidad, Josep Ramoneda (El País,7/ XI/ 2006), cuando sostiene que el 43% de la abstención responde nada menos que al 40% largo de la población que se siente tan catalán como español.

La integración del proletariado metropolitano catalán en el cuerpo de la nación cultural y política catalana es uno de los grandes temas que debe afrontar este país. Como ocurre también, salvando todas las distancias, que son muchísimas, en Francia o en Gran Bretaña. Pero esta tarea no puede afrontarse de forma rigurosa si, llevados por nuestros prejuicios, nos dedicamos a atribuir los comportamientos electorales a la supuesta adscripción identitaria de los individuos. Porque la realidad es siempre mucho más compleja.

J. M. MUÑOZ, director de ´L´Avenç´