Mañana, día 24, se presenta en el Salón del Libro de Barcelona el último ensayo de Luis Arias Argüelles-Meres, «Ortega y Asturias». Nuestra tierra no sólo fue el principal vivero del orteguismo, como lo prueba el hecho de que una gran parte de los más ilustres discípulos del filósofo son asturianos, sino que además es determinante en la vida y obra del pensador más influyente que ha tenido España. Lo que Ortega escribió sobre Asturias sigue siendo referencia obligada. La obra lleva prólogo del catedrático de Filosofía y presidente del Consejo de las Comunidades Asturianas, Manuel Fernández de la Cera. Este artículo es un resumen del contenido del libro hecho por su propio autor y de todos los personajes asturianos de Ortega.

Asturias fue uno de los principales viveros del orteguismo. Cierto es que las trayectorias de los orteguianos de nuestra tierra estuvieron marcadas por los sobresaltos de los acontecimientos de su tiempo, sobresaltos nada deseables. Pero, con todo, ¿cómo es posible que algo así, algo tan trascendental, se soslaye aquí, de puertas adentro? La respuesta a ello, me temo, es la peor que cabe concebir: por ignorancia. (...) Acaso por eso las letras que siguen tengan un innegable componente inevitable de desquite. ¿Por qué no?

El encuentro entre Ortega y Jovellanos.

Al aristocratismo intelectual de Ortega le repelía en grado sumo que las clases dirigentes de la España del XVIII se hicieran tan plebeyas e incurriesen en tamaña ordinariez, tan alejada, digámoslo al orteguiano modo, de lo que entonces era la altura de los tiempos en Europa. Ortega ve a Jovellanos contagiado de esa plebeyez, no en su espíritu, ni tampoco en sus ideas, pero sí en su modo de expresarse: «Jovellanos, que detesta los toros, habla como un revistero taurino».

Historia de una ausencia: Clarín y Ortega.

En «La deshumanización del arte», hay una alusión al Clarín de los «Paliques» que arremetía contra dramaturgos mediocres: «Como Clarín decía de unos torpes dramaturgos, fuera mejor que dedicasen su esfuerzo a otras faenas: por ejemplo, a fundar una familia. ¿Que la tienen? Pues que funden otra».

Es decir, para Ortega sólo es destacable el Clarín más combativo como crítico literario; no percibe la importancia de Alas como un intelectual con una curiosidad sin límites cuyos afanes iban mucho más allá de fustigar a literatos sin importancia. Pero en el capítulo de la muy raquítica presencia de Clarín en la obra de Ortega, acaso lo más clamoroso de todo sea que el filósofo no se ocupa de la gran novela clariniana. Así, su primer libro, «Meditaciones del Quijote», no incluye en la nómina que establece dentro de los grandes cultivadores del género novela del XIX a ningún español, ni a Clarín, ni a Galdós:

«No pocas de las satisfacciones que halla en su lectura el lector contemporáneo proceden de lo que hay en el Quijote común con un género de obras literarias, predilecto de nuestro tiempo. Al resbalar la mirada por las viejas páginas, encuentra un tono de modernidad que aproxima certeramente el libro venerable a nuestros corazones: lo sentimos, de nuestra más profunda sensibilidad, por lo menos tan cerca como a Balzac, Dickens, Flaubert, Dostoievski, labradores de la novela contemporánea».

Una pincelada:

Ortega y Melquíades Álvarez.

Si la República fue para Melquíades Álvarez la hija de la que se desentendió antes que llegara a nacer, la relación que tuvo Ortega con el nuevo Estado no fue menos dramática. El tribuno fue el padre que no reconoció a su hija. (...) Padre de la República, asesinado no sólo en el sentido freudiano. Escultor de la obra que estaba a punto de concluirse que se ve despojado de su criatura artística y alejado y enmudecido con respecto a aquel acabado que el artista soñaba, si no perfecto, sí al menos suyo.

Éstas fueron las vidas paralelas de ambos personajes con respecto a su relación con la República. Freudiana la que sostuvo Melquíades. De artista encadenado la que mantuvo el segundo. Más allá del drama. En el hondón mismo de la tragedia.

Ortega y Pérez de Ayala: los designios de una generación.

Ortega, al leer la novela de Ayala «A.M.D.G.», vivió un fuerte estremecimiento: «Al leer el libro de Ayala, esa niñez perdida ha venido correteando hasta mí con peligrosa celeridad, y ahora ya no sé distinguir entre lo que las páginas de esta novela dicen y lo que me recuerdan. Sólo hallo una divergencia: Ayala envuelve las escenas de su muchachez en un paisaje del Norte, que conviene muy bien a su melancolía».

(...) Si «La educación sentimental» flaubertiana pasa por París, Bertuco puede ser el Frederic de formación intelectual de una España que, en lo literario, brilló a no menor altura que las mejores literaturas de la época. Asturias no puede olvidar que nuestro artista adolescente hizo su autorretrato literario en Gijón, autorretrato que conmovió a quien en el transcurso de poco tiempo se convertiría en la autoridad intelectual más importante de la España de su tiempo.

Reproduzco a continuación un fragmento de «Troteras y danzaderas», que es acaso el mejor retrato literario que se ha hecho de Ortega. Tengamos en cuenta que la presente novela se publica en 1913, es decir, todavía un año antes de que Ortega se dé de alta en la vida pública, según la atinada expresión de Marías:

«Antón Tejero era un joven profesor de filosofía con ciertas irradiaciones de carácter político y había arrastrado a la zaga de su persona y doctrina incipiente mesnada de ardorosos secuaces. Aunque sus obras completas filosóficas no pasaban todavía de un breve zurrón de simientes de ideas habíale bastado tan flojo bagaje para granjearse la admiración de muchos, la envidia de no pocos y el respeto de todos, sentimiento este último de mejor ley y más difícil de inspirar que la admiración. Filósofo al fin, en ocasiones era demasiadamente inclinado a las frases genéricas y deliciosamente vanas. (....) De talentos literarios nada comunes, propendía a formular sus pensamientos en términos donosos, paradójicos y epigramáticos, por lo cual se le acusaba en ocasiones del defecto de oscuridad. (....) La admirable pureza intelectual de Tejero trasparecía en sus ojos, de asombrosa doncellez y pureza, sobre los cuales las imágenes de la realidad resbalaban sin herirlos. Contrastaba con la doncellez de los ojos una calvicie prematura. La forma y el tamaño del cráneo, entre teutónicos y socráticos; la armazón del cuerpo, chata y ancha; los pies, sin ser grandes, producían una ilusión de aplomo mecánico, de tal suerte que la figura parecía descansar sobre gruesa peana. Trataba a todo el mundo con magistral benevolencia, y la risa con que a menudo irrigaba sus frases era cordial y traslúcida».

Me he preguntado en multitud de ocasiones por qué la mayoría de los biógrafos de Ortega apenas han reparado en este retrato ayalino, que debería figurar en muchos libros al lado de los datos biográficos. El mejor retrato literario de Ortega lo hizo Ramón Pérez de Ayala en esta novela de clave.

Ortega y Fernando Vela: el hallazgo de un periodista.

El propio Vela dejó escrito que la trayectoria de su vida estaba entre la muerte de Clarín y la de Ortega. Ortega lo nombró primero corresponsal de la revista «España». Más adelante fue corresponsal de «El Sol» en Asturias. En 1920 se trasladó a Madrid como profesor de la Escuela de Aduanas. Y participa de forma activa en el diario «El Sol». Acude a la tertulia de Ortega de la Granja del Henar. Y en 1923 sería una de las piezas clave de la Revista de Occidente.

(...) Vela hizo de la vida y de la obra de Ortega el mejor titular periodístico posible, cuando dijo que, más que un hombre, fue un acontecimiento:

«Era el filósofo más leído y escuchado por un público internacional y, desde luego, el de mayor influjo sobre los españoles contemporáneos, hasta tal punto que puede decirse que ha sido en España más que un hombre, un acontecimiento».

Valentín Andrés Álvarez: de los cuentos a las cuentas.

Sánchez Hormigo, en la tesis doctoral que escribió sobre el polígrafo de Grado, define a nuestro hombre como «un economista orteguiano». Y es que, habiendo asimilado con toda claridad la explicación que Ortega establecía acerca de la estructura de la vida humana, don Valentín aplica la concepción orteguiana del mundo y de la vida a todas sus actividades, incluida la economía. También tenemos que destacar que no sólo fue un discípulo de Ortega en el aula universitaria, sino que además acudía a la tertulia del filósofo. A este respecto, declaró lo siguiente en una entrevista que le hizo Evaristo Arce:

«Puede decirse de Ortega que si se hubiese recogido lo que se habló en su tertulia, se triplicarían sus «Obras Completas» con ideas no menos interesantes que las recogidas en ellas».

Puede que don Valentín «siempre estaba dejando de ser algo», pero, como decía Momsen en la «Historia de Roma», y que tanto le gustaba citar a Ortega, se trataba de un proceso de «incorporaciones», también en el caso de nuestro polígrafo. Entre estas «incorporaciones» acaso se pueda barruntar que el magisterio de Ortega hizo de motor.

José Gaos: la filosofía trasterrada.

Acerca de su orteguismo, Gaos no pudo ser más explícito: «Es probable que todos ustedes sepan que soy reconocido, y siempre me he reconocido yo mismo, por discípulo de Ortega y Gasset. Hasta me he tenido y no sólo íntimamente, sino más o menos públicamente, por su discípulo más fiel y predilecto».

Cabe preguntarse ahora, en España y en Asturias, acerca de las causas que nos llevan al actual estado de cosas. Es decir, que tres décadas después de la muerte del dictador, sin ningún problema de censuras políticas, Gaos siga siendo hoy tan desconocido en nuestro país como en los años del exilio.

(...) En plena guerra, José Gaos es nombrado rector de la Universidad de Madrid. Como representante del Estado republicano viaja a París a la Exposición universal, pero su maestro Ortega se niega a recibirlo, por mantener la equidistancia entre las dos Españas que entonces se batían en los campos de batalla. Este hecho, que pudo ser y seguramente fue muy determinante en su vida, no varió en modo alguno la orientación filosófica de José Gaos.

Con Gaos, una parte importante del orteguismo tuvo que abandonar nuestras fronteras. El hecho es que de aquel naufragio cultural ni Asturias ni España han rescatado su obra, lo que es intelectual y académicamente, incomprensible. Y hasta imperdonable.

Don Pedro Caravia: cuando el orteguismo es un arte.

Compartía al cien por cien lo que había escrito Ortega acerca de la obligación del hombre de inventarse a sí mismo: «Se olvida demasiado que el hombre es imposible sin imaginación, sin la capacidad de inventarse una figura de vida, de "idear" el personaje que va a ser. El hombre es novelista de sí mismo, original o plagiario».

Aquello que había dejado escrito Ortega en su primer libro que, dado un cuadro, un paisaje, se trataba de llevarlo «a la plenitud de su significado», lo pone en práctica don Pedro Caravia en sus escritos, que son textos concebidos para la docencia. Al final de todo pudiera suceder que, aunque tengamos sus textos, hayamos perdido algo irrecuperable. Un estilo de docencia que ya no está al uso. Un maestro de la forma y del contenido. Un profesor socrático e institucionista, cuya alma anida en estos textos que, con muy buen criterio, editó en su día la Caja de Ahorros de Asturias.

El viaje a Asturias.

Asturias frente a Castilla. Los valles frente a la Meseta. La niebla y la lluvia frente a la luminosidad castellana. Los estrechos valles, frente a la abismal amplitud de horizontes de la Meseta. El asturiano frente al castellano. Las aldeas asturianas, en su mayor parte, se agarran a las faldas de las montañas, como los niños a las sayas de las abuelas. En ellas se asientan y parecen sentirse amparadas:

«Aquí, allá, caseríos con los muros color sangre de toro y la galería pintada de añil; al lado, el hórreo, menudo templo, tosco, arcaico, de una religión muy vieja, donde lo fuera todo el Dios que asegura las cosechas».

Templo que rinde culto al dios de las cosechas. Valles contemplados desde la altura del puerto de Pajares. Valles contemplados por una de las miradas de mayor sagacidad y perspicacia de la historia contemporánea. Cada valle, un universo en miniatura de ese todo al que llamamos Asturias. Valles que se multiplican. Al fondo, chirrían las ruedas de los llamados «carros del país», cuyo encanto y tosquedad no son menores a los de los hórreos. (...) Tras el paisaje, se espera el paisanaje, ausente en estas deliciosas pinceladas orteguianas. Y acude a la cita:

«Esta capacidad que la tierra asturiana posee de mantener al hombre en la campiña ha influido hondamente en el alma del pueblo que la habita. El florecimiento económico va erigiendo urbes deliciosas sobre todo el haz del Principado: hay en él ciudades viejas y próceres -como Oviedo y Gijón- que prolongan una brillante tradición de cultura refinada. Y, sin embargo, yo encuentro, más o menos oculto, en todos los asturianos, un fondo rural que perdura. Bajo los modales de la ciudad continúan latiendo corazones labriegos».

Al final del ensayo, Ortega, en una nota a pie de página, recomienda la lectura de un conocido cuento de Clarín, «Boroña». Aquí entroncamos con uno de los enunciados precedentes, el que dedicamos a la escasa, casi nula, presencia de Clarín en Ortega.

Ahora que esta tierra tanto se ha acostumbrado a los museos, yo me atrevería a recomendar a quien procediese que en más de uno enmarcase las palabras de Ortega sobre Asturias.

El libro de Gregorio Morán.

Ya en el prólogo de su libro «El maestro en el erial», Morán nos informa de un dato terrible y decepcionante: Ortega, que nunca recuperó su cátedra en la Universidad madrileña, cobró sus haberes como titular de la misma «desde el 13 de febrero de 1941». A partir de esta averiguación, escalofriante, a decir verdad, Morán acerca al lector todo cuanto sabe y se le ocurre a la figura de Ortega. De hecho, no se trata de un estudio filosófico acerca del Meditador del Escorial, sino más bien de lo que fue su trayectoria como personaje público.

Cuesta poco imaginar lo que se vivió en el Ateneo madrileño cuando Ortega pronunció su primera conferencia tras el regreso a España. Dice Morán: «Ningún acto cultural en aquellos años poco vistosos provocó tanta expectación y, al tiempo, tampoco acto alguno como el puntual estallido del relámpago pasó a la historia de manera tan contundente como todo lo contrario de lo que Ortega pretendía».

(...) Por mucho que no compartimos algunas de sus descalificaciones hacia determinados escritos de Ortega, por mucho que encontremos digresiones filosóficas y de historia literaria carentes de interés, conviene no olvidar que el autor profesa, a pesar de todo, una admiración declarada hacia el autor de «La rebelión de las masas». «Y es cruel decirlo; su talla intelectual no ha sido superada».

El libro nos acerca aún más a parte de la sordidez de un Régimen que, ante la muerte anunciada de Ortega, conminó a la prensa en los siguientes términos:

«Ante la posible contingencia del fallecimiento de don José Ortega y Gasset, este diario dará la noticia con una titulación máxima de dos columnas y la inclusión, si se quiere, de un solo artículo encomiástico, sin olvidar en él los errores políticos y religiosos del mismo, y, en cualquier caso, se eliminará siempre la denominación de "maestro"».