Un seguro contra el proteccionismo, de Pascal Lamy en El Periódico
NEGOCIACIONES EN LA ORGANIZACIÓN MUNDIAL DEL COMERCIO
Las negociaciones de la Ronda de Doha para el desarrollo están estancadas desde el mes de julio. Ha llegado el momento de darles un renovado impulso para evitar que fracasen. Los políticos, los directivos empresariales y los miembros de la sociedad civil son conscientes de los costes económicos y políticos de ese fracaso. Un fracaso que nos abocaría al proteccionismo.
Los líderes de 21 países de la cuenca del Pacífico, reunidos estos últimos días en Vietnam en el seno del APEC, el foro de Cooperación Eco- nómica Asia-Pacífico, también lo han visto así y han hecho un claro llamamiento para la reanudación de las negociaciones sin más retrasos. Por mi parte, he pedido a los negociadores de los 149 países miembros de la OMC, en Ginebra, que empiecen los trabajos preparatorios con vistas a esta reanudación. Doha no puede fracasar.
El naufragio de la Ronda de Doha supondría efectivamente una alegría para quienes promueven el proteccionismo, contra el que la OMC ofrece la mayor póliza de seguros colectiva. Basta recordar la ley que en 1930 llevó a EEUU a cuadruplicar sus aranceles. Muchos gobiernos europeos adoptaron medidas de represalia frente a las exportaciones estadounidenses. Los resultados fueron devastadores: el desempleo creció en el país del 9% que había en 1930 al 25% de 1933. Las exportaciones registraron una caída del 60% y las importaciones se redujeron en dos tercios. El impacto se dejó sentir en una gran depresión en todo el mundo. El uso agresivo de sanciones dio lugar al nacionalismo económico, uno de los factores que condujeron a la segunda guerra mundial.
Ahora está en juego el fortalecimiento del sistema comercial mundial no discriminatorio que surgió con la experiencia de aquel desastre, es decir, un sistema que garantizó, y aún garantiza, que el comercio se rija por el imperio de la ley y no por la ley de la selva.
El problema actual en estas negociaciones es la agricultura, que supone menos del 8% del comercio mundial y menos del 5% del empleo en los países industrializados, pero que mantiene bloqueadas las negociaciones sobre los servicios, los productos industriales y la mejora de las normas comerciales. Es cierto que toda reforma de la agricultura resulta políticamente difícil, pero lo que ahora se pide a los gobiernos es pequeño comparado con los beneficios que podemos perder si no damos este paso. Se trata de reducir unos pocos miles de millones de dó- lares en las subvenciones agrícolas que distorsionan el comercio, y una reducción de apenas unos puntos más en los aranceles medios aplicados en los países ricos y los grandes países en desarrollo emergentes.
LOS GOBIERNOS han acordado ya poner fin a las subvenciones a la exportación que tanto daño han hecho a los agricultores de África, Asia y América Latina. También reducir los aranceles de los productos agropecuarios e industriales mediante fórmulas ambiciosas, con lo que disminuirán los obstáculos al comercio. En relación con los servicios, las mayores economías del mundo han acordado suprimir restricciones existentes y crear nuevas oportunidades comerciales para los proveedores extranjeros en muchos sectores, como las telecomunicaciones, los envíos postales urgentes, la banca, los seguros y los servicios de informática.
Por primera vez tenemos a nuestro alcance un acuerdo para reducir las subvenciones a la pesca, que tanto han contribuido a esquilmar los mares. De cerrarse, además, favoreceríamos una mayor coherencia entre las políticas comerciales y las medioambientales, mal coordinadas en el pasado. Se establecerían nuevas normas para agilizar los procedimientos aduaneros, acelerar los trámites y frenar la corrupción.
Con la suspensión temporal de las negociaciones comerciales multilaterales, muchos gobiernos se han lanzado a negociar acuerdos bilaterales o regionales. Estos acuerdos pueden complementar un sistema multilateral sólido, pero nunca podrán sustituirlo. Los acuerdos bilaterales tienen mucho menos que ofrecer que un pacto de alcance mundial. En ellos no se abordan cuestiones de sistema, como las subvenciones a la agricultura y la pesca, o los procedimientos antidumpin o de facilitación del comercio. Además, crean una infinidad de normas y procedimientos diferentes que incrementan los costes administrativos para los empresarios.
El conjunto de normas de la OMC tiene más de 10 años. Algunas han dejado de ser pertinentes y deberían ser sustituidas, y las hay que siguen siendo claramente injustas, sobre todo para los países en desarrollo. Estos países, que necesitan mayor acceso a los mercados para sus exportaciones, corren el riesgo de desestabilizarse si el sistema no logra proporcionárselo.
NOS QUEDAN pocos meses para salvar las negociaciones. La responsabilidad de actuar con flexibilidad y buscar el compromiso recae sobre todos, en especial sobre los actores más importantes: EEUU, Europa, India, China, Brasil o Japón. Es poco el tiempo que queda y mucho lo que está en juego.
Somos como un grupo de maratonianos fatigados que han recorrido 41 kilómetros y les queda el último. Ese kilómetro es el más duro, pero después de recorrer 41, ¿por qué abandonar la carrera? Si no actuamos ahora, lamentaremos haber perdido esta oportunidad.
Pascal Lamy. Director general de la OMC.
