LOS DÍAS VENCIDOS
Política Michelin
En tiempos de niebla necesitamos brújulas, no jueces. Un guía nos aconseja. Un juez lo que hace es ponernos su elección personal sobre la mesa y si no nos gusta, a la calle. A medida que la vida se nos acelera y que los argumentos se nos nublan, la figura de los seleccionadores deja de ser consultiva para ser ejecutora. Ellos, generalmente gente anónima y autoinvestida del poder de marcar el canon, son los que determinan la excelencia y la expulsión. Recientemente hemos visto cómo la guía Michelin, una guía plutocrática y de criterios más que volubles, ha decidido girar su mirada hacia Catalunya y Euskadi. Eso es bueno para los que reciben la magnanimidad de las estrellas gastronómicas. Pero no es saludable para un mundo que no tiene poder democrático sobre los diseñadores del bien y del mal. Lo grave de la guía Michelin no es su opacidad: es sobre todo su arbitrariedad. Cuando a un restaurante le premian con una estrella está perdido, porque a partir de aquel momento está en manos de una secta que, de la misma manera que la concede, la retira.
Lo mismo pasa en el mundo de la política, ese ámbito que cada vez resulta más incomprensible para los ciudadanos y al que, en consecuencia, los ciudadanos castigan con exponenciales abstenciones. O sea: que uno de los paradigmas de la cultura del esfuerzo y del progreso, ese que recuerda que el trabajo bien hecho siempre es premiado con el reconocimiento, de pronto ha caído en des- uso. Del mismo modo que los misteriosos jueces de la guía Michelin mantienen su poder canónico por el temor de los chefs a ser introducidos en la nevera, también las cúpulas de los partidos políticos negocian primando antes su propio culo que la cabeza de los ausentes. ¿Qué son más importantes: los clientes que mantienen durante años el éxito de un restaurante o el papanatismo de unos gastrónomos enmascarados que hace unos años se relamían con la crema de leche y hoy se dejarían matar por un chorrito de aceite de oliva? ¿Qué es mejor para el buen gobierno: el aprecio del trabajo bien hecho o la sumisión silenciosa ante los administradores de sí mismos?
Diccionario suave
Palabras que vienen de otros mundos y que acostumbran a escucharse en tertulias y entrevistas. Las suele decir gente normal, personas pacíficas que cuando cuentan sus problemas a terceros lo suelen hacer con tanta tenacidad como calma. Palabras: "luchar", "el reto", "la ofensiva", "el combate". A primera vista, parece que se esté hablando de una confrontación armada, pero no es así. Las más de las veces se trata de conflictos de sectores antagónicos que se dirigen a administraciones locales para que den las razones a unos o a otros. Un ejemplo: la lucha de los surferos de la Barceloneta es comparable a la otra lucha de los bañistas por el mantenimiento de las playas. El reto de la sociedad tal vez sea rebajar las palabras a su sentido auténtico. Una lucha no es una reivindicación, de la misma manera que un policía no es un fascista. Si empezamos a llenar nuestra vida de retos y de combates, corremos el riesgo de ir de derrota en derrota.
Agravio
Llama un amigo del que hace tiempo que no sabía nada. Hablamos y dice que me perdona. Fina crueldad la de dejarme solo con una ofensa inconcreta. Era un amigo y hoy es un espejo oscuro.

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