En estos días, Oriente Medio está a la expectativa, con esperanza, aunque no sin escepticismo. El cambio de guardia en el Congreso de EE. UU., la inminente publicación del informe Baker--Hamilton, podrían significar un cambio de dirección en la política norteamericana en la región. La nueva iniciativa española, de ser adoptada por la UE, podría propulsar una mayor implicación europea en la región (fue rechazada de plano por Israel y recibida con recelo en Washington). "Oriente Medio, acosado por los conflictos y la sospecha durante décadas, está al borde de la euforia. Se vislumbra una oportunidad sin precedentes para avanzar decididamente hacia la paz en esta región". Esto escribe, en julio de 1999, el ex secretario de Estado de EE. UU.
Henry Kissinger. Desde entonces, Oriente Medio ha estado al borde de la euforia reiteradamente. Pero la ventana de oportunidad, abierta laboriosamente una y otra vez, es cerrada estrepitosamente, también una y otra vez.
Yel año que se acerca a su fin podríamos decir, a la manera del bromista, que ha sido peor que el anterior aunque probablemente mejor que el próximo.
El panorama no puede ser más desconsolador. Los escollos en el camino hacia la estabilidad y las relaciones pacíficas en Oriente Medio parecen insuperables: no cede la insurgencia iraquí, alimentada desde el exterior por el terrorismo islámico de la escuela de Bin Laden; el conflicto palestino-israelí no tiene visos de solución en un futuro previsible, por el contrario, amenaza complicarse aún más ante las irreductibles posiciones de los extremistas fundamentalistas y una confusa agenda política en Israel; en Líbano, la organización fundamentalista Hizbulah, con la ayuda de sus patrones en Teherán y Damasco, se apresta a un golpe de Estado; Siria, cada vez más aislada, continúa brindando refugio a los grupos palestinos más radicales, enemigos de la paz con Israel, mientras amenaza con recuperar la meseta del Golán, usando los métodos de Hizbulah o incluso con una guerra abierta. Irán prosigue imparable su carrera nuclear. Uno de los más firmes candidatos a reemplazar a su líder espiritual, el gran ayatolá Ali Jamenei, es el ultraconservador ayatolá Mohamed Taghi Mesbah-Yazdi, que se opone al diálogo con Occidente y apoyó el uso de bombas suicidas contra Israel.
Las ambiciones nucleares de Irán podrían crear una reacción en cadena, con países como Egipto, Arabia Saudí y Turquía, en la búsqueda de armas nucleares para mantener el equilibrio del terror.El terrorismo de raíces fundamentalistas seguirá siendo uno de los graves problemas de Oriente Medio: la religión está implicada profundamente en la política y en la cultura de los pueblos de la región y es componente vital del espacio mediterráneo, en el que el terrorismo motivado por quienes instrumentalizan la religión se ha convertido en protagonista singular cada vez más amenazador.
La comunidad internacional es incapaz de desactivar la escalada de violencia en Oriente Medio. Cuando hablamos de comunidad internacional hablamos, por supuesto, del cuarteto integrado por EE. UU., UE, ONU y Rusia. El cuarteto representó una promesa de nuevo enfoque de mediación. Pero, cuando hablamos del cuarteto, debemos, sobre todo, referirnos a EE. UU., cuyo protagonismo en los últimos años brilló generalmente por su ausencia o por una presencia conflictiva.
Las diferencias entre los aliados transatlánticos y el desmarque de Rusia de la política del cuarteto en nada contribuyeron a facilitarle un rol constructivo. Además, Washington no ha concedido hasta ahora un papel relevante a la UE. Pero también la única superpotencia parece haber reconocido la limitación de la fuerza, como se lo recuerda a diario la guerra inacabable en Iraq. Aharon D. Miller, que fue asesor de seis secretarios de Estado norteamericanos, exige "decisión y firmeza", recordando que los tres norteamericanos que hicieron la mayor contribución al proceso de paz palestino-israelí - Henry Kissinger, Jimmy Carter y James Baker- combinaron firmeza y empatía con un agudo sentido de cuándo interceder.
James Baker, el propulsor de la conferencia de Madrid de 1991, reaparece en la escena encabezando, con el demócrata Lee Hamilton, el grupo de estudio que está a punto de concluir, a solicitud del presidente George W. Bush, un plan para formular una nueva política norteamericana en Iraq y, por extensión, en toda la región. Si el presidente acepta sus conclusiones, EE. UU. podría comenzar a operar en Oriente Medio basándose en supuestos diferentes. Los expertos prevén, sobre todo como consecuencia de los resultados electorales, un cambio de política, aunque no sería inmediato. El hecho mismo de la creación del grupo de estudio es el primer reconocimiento por parte de la Administración de sus errores.
Ante la complejidad de la situación es imposible aventurar una predicción sobre el futuro de Oriente Medio, una región que es la mejor prueba de la vigencia de la afirmación del estadista británico Benjamin Disraeli de que lo que anticipamos rara vez ocurre y que aquello que menos esperamos es lo que generalmente sucede. La mayor dificultad reside en las percepciones mutuas y las diferentes perspectivas políticas y culturales de las partes. Como en otras oportunidades, me siento tentado nuevamente de citar a ese extraordinario estadista que fue Abba Eban, para quien en Oriente Medio se actúa razonablemente sólo después de agotado el repertorio de errores. Oriente Medio espera, esta vez, con incertidumbre pero con esperanza.

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