DECADENCIAS

Estoy perfectamente de acuerdo contigo. Que lo conociera una mañana del temprano verano de 1973 en el hotel El Minzah de Tánger, bebiendo vino blanco (o era vermú, acaso) y fumando cigarrillos mentolados, que charláramos un rato, en francés -lo hablaba con notable acento americano- y que yo me percatara enseguida de que sus nervios, su cordialidad y su extraña inseguridad eran su sello genuino... Nada de eso -que ocurrió por intermedio de un amigo, Emilio, que lo conocía desde 1949- da pie a que yo llame a Tennessee Williams «mi amigo».

Pero ocurre que acaso los escritores sean amigos de los lectores -sin que se precise el encuentro físico, que en casos excepcionales se desea, a qué no decirlo- porque nos hablan de nuestra vida y de nuestro mundo (del más íntimo) con una cercanía y una hondura que nunca habíamos escuchado o conocido. Y yo, desde que al principio leí y luego vi obras de teatro y adaptaciones cinematográficas -con celebérrimos actores- de las grandes obras de Tennessee, siempre me susurré: «A mí también me ocurre esto». Yo también zozobro, y aún me hundo a ratos. Yo tampoco creo estar hecho para esta vida tan dura, donde sólo ganan los arribistas y los estómagos salvajes. Yo también sueño que hay otra cosa y que la belleza consuela y limpia, aunque no siempre suceda...

Un tranvía llamado deseo, Dulce pájaro de juventud, De repente, el último verano... Magníficos dramas, retratos de tantas biografías, también de la mía. Igual que La primavera romana de la señora Stone, la novela corta que Tennessee publicó en 1950 y que acaba de reeditar Bruguera en nueva traducción, porque la antigua (de los finales 50) había tenido que pasar censura. La novela está muy bien escrita y es soberbia en su construcción y en ese lirismo desesperado que gustaba al autor sureño. La señora Stone es una rica y solitaria ex dama del teatro, que, en la primavera romana de una Italia de posguerra, se siente a la deriva, entre condesas proxenetas y refinados y guapos gigolos -como Paolo- para, al final, en la decadencia que busca nueva vida y salvarse, amar, resistir y evitar la caducidad, la melancolía y el tiempo, echar las llaves de su palazzo a un chico desconocido que no ha dejado de mirarla desde «los pies del obelisco egipcio». Como ya había dicho Blanche Dubois: «Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos».

¿Que Tennessee ponía mujeres donde debió ponerse a sí mismo? Probablemente, pero no obsta. Sabemos por Gore Vidal, por Truman Capote y, al final, por él mismo que fue un hombre promiscuo y a menudo desesperado -incluso cuando tuvo como novio a Frank Merlo- y que a esa persecución de la nocturna felicidad cotidiana le decía «la quête lyrique» (la búsqueda lírica, con connotación de caballería medieval incluida).

La deriva de Tennessee (y la de miss Stone) no es otra que la de todos los desesperados que habitamos este mundo que no nos gusta, este mundo mal hecho, lleno de alimañas feroces, las únicas que sobreviven. Pero la belleza aquieta la deriva...

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