NUESTRA política nacional empieza a mostrar un déficit claro de estadistas. Basta con escuchar las voces que más se hacen oír para darse cuenta de la situación. Los Gobiernos de Aragón y Castilla-La Mancha han advertido al Ejecutivo central de que defenderán con uñas y dientes sus propuestas de reforma estatutaria, que incorporan nuevas competencias sobre la gestión de los ríos Ebro y Tajo, haciendo inviables los trasvases de agua a las comunidades de Murcia y Valencia. Los nuevos Estatutos catalán y andaluz se autoasignan un porcentaje de la inversión anual del Estado en infraestructuras, antes y por encima de lo que el propio Congreso de los Diputados pueda decidir. Algo que, según el vicepresidente Solbes, no se podrá admitir en la reforma estatutaria de ninguna otra comunidad. ¿Cómo se puede explicar semejante desigualdad de trato? ¿Cómo se la van a explicar los dirigentes autonómicos a los propios conciudadanos a los que gobiernan? Véase el caso gallego, sin ir más lejos.

Los ejemplos que se podrían poner son ya demasiados y en general muy poco edificantes. Le estamos dando vueltas a la tortilla sin saber muy bien a cuenta de qué o con qué fin. Cada ocurrencia aislada descoyunta más el conjunto y provoca nuevas ocurrencias que desencajan el marco común. Por pedir, cada uno podría pedir la luna, pero antes de concedérsela habría que asegurarse de que hay luna para todos y en las proporciones adecuadas. Y quien debe garantizarlo es el Estado, es decir, eso que algunos demonizan irresponsablemente. Porque, si no se hace de este modo, entraremos en el puerto de arrebatacapas, donde ya se sabe lo que pasa, bajo la ley del más fuerte.

Según la Real Academia Española, estadista es la «persona versada en los negocios concernientes a la dirección de los Estados, o instruida en materias de política». Pues bien, ante las situaciones referidas, se echa en falta la voz de esas personas dedicadas, por encima de otros intereses, a los negocios generales del Estado. Su ausencia podría convertir a España en un bebedero de patos en el que bebería más quien más pudiese... ¿chantajear? Éste sería el mal camino. Por ello hacen falta estadistas.