Ahora que ya se van serenando los ánimos de políticos y ciudadanos, y va quedando atrás la contienda electoral, es tiempo de entrar en temas de fondo, puestos sobre la mesa por quienes se aprestan a gobernar. Uno de ellos es el que Carod-Rovira denomina principio según el cual cohesión social quiere también decir cohesión nacional. Se trata, evidentemente, no de un principio filosófico sino político. Sometámoslo, pues, a breve examen.

Es lógico que los tres partidos coaligados para gobernar traten de que la sociedad catalana adquiera un mayor grado de cohesión, cada vez más difícil por su variada composición demográfica, por su complejidad étnica, cultural, lingüística y religiosa. Me imagino qué entenderá por cohesión social el nuevo Gobierno, pero espero una descripción precisa a corto plazo. En mi opinión, una sociedad cohesionada es aquella en la que la totalidad de los ciudadanos que la forman se sienten iguales en sus derechos y en sus deberes, aquella en que nadie queda marginado por razón de raza, procedencia, religión o condición social. Definida la cohesión, creo que en Catalunya estamos aún lejos de alcanzar la propuesta y deseable meta de la cohesión social.

Se trata de una cohesión absolutamente necesaria, y a ella hay que dedicar todos los esfuerzos y, más todavía, abundantes recursos. Una cohesión, por otro lado, que, de gobernar, Convergència i Unió también hubiera procurado, por pura lógica política y por convicción ética. Conviene decir, de paso, que el de la cohesión social no es un asunto específicamente nuestro. Todos los países de la Europa comunitaria están hoy emplazados a actuar con inteligencia y corazón para integrar a importantes sectores de la población que no han encontrado todavía su acomodo en el país que han elegido para vivir. Ahora se habla de cohesión social.

En tiempos no lejanos se hablaba de integración de los recién llegados a nuestro país. Era un objetivo en el que, durante el franquismo, trabajaron fuerzas sociales y políticas, codo a codo con sectores progresistas de la Iglesia, en un clima adverso y con escasos medios pedagógicos - el catalán estaba proscrito en la escuela- y con un sistema informativo y de comunicación que marginaba el mundo identitario catalán. A pesar de carencias y de obstáculos, se consiguieron - pienso- considerables resultados.

Mi impresión es que, con las medidas adecuadas, es posible alcanzar un grado suficiente de cohesión social porque la sociedad catalana no es - no ha sido nunca- racista ni mayoritariamente clasista. Más bien se ha mostrado acogedora, comprensiva y favorable a la permeabilidad entre los diversos estratos sociales. Ahora bien, creo también que la cohesión social no avanzará si no se trabaja a fondo en la integración de los sectores a quienes resulta más arduo tomar conciencia de lo específico de este país. Me refiero a que la lengua catalana y los demás componentes de la identidad cultural han de ir penetrando en todos los rincones de nuestra sociedad.

El principio enunciado por el líder republicano afirma que la cohesión social lleva aparejada la cohesión nacional. A mi entender, este enunciado me parece enormemente optimista, porque puede uno sentirse socialmente encajado en esta sociedad y no tener ningún tipo de vibración nacional catalana. Hay que percatarse de que, para la mayoría de los inmigrantes que hoy viven en Catalunya, la reivindicación nacional catalana queda sepultada por la implantación apabullante de la nacionalidad española, que tiene, lógicamente, todo el apoyo del Estado. A los inmigrantes, lo que les resulta más comprensible y más necesario es la condición de españoles. La condición de catalanes, hoy por hoy, no es sustantiva, no es sustancial.

En consecuencia, es ingente la tarea que a este país se le presenta si quiere consolidar su identidad nacional. Para ello se precisa la dedicación de los políticos y se reclama la participación de los ciudadanos. No basta con colocar en el Estatut la afirmación de que Catalunya es una nación. En este país, la identidad nacional hay que ganársela todos los días, como el pan, como el amor, como la felicidad, como la supervivencia.

JOSEP MARIA PUIGJANER, escritor y periodista.