El historiador inglés resume y responde las '40 preguntas fundamentales sobre la Guerra Civil'

El británico Stanley Payne es uno de los pocos historiadores que va a hacer doblete en los antagónicos congresos sobre la Guerra Civil que se celebran esta semana y la próxima. Este veterano estudioso de la Segunda República y la Guerra Civil, autor no alineado al que Ricardo de la Cierva califica como el mejor de los extranjeros que se han ocupado del tema, acaba de añadir un nuevo título a su vasto currículum: 40 preguntas fundamentales sobre la Guerra Civil (La Esfera de los Libros).

Lo peculiar del nuevo volumen es su enfoque. Se trata, según el autor, de presentar la Guerra Civil de un modo distinto, más original, sin agarrarse a una narración cronológica. Payne, esta vez, opta por analizar, uno a uno, los grandes problemas que siguen suscitando debate. «Así, hay menos datos y más hondura analítica, y es más fácil para el lector ir directamente al asunto que le interese», explica el autor.

En su encuentro con la prensa, el historiador hace gala de una enorme paciencia para hablar de esas cuestiones debatidas hasta la saciedad, de lo que pudo haber sido y no fue, y de la actualidad, sea la de su país o la del nuestro. Franco, por ejemplo, le parece una personalidad compleja. «Algunas de sus facetas son obvias, y otras son misteriosas. Sólo el acceso a sus papeles personales podría aclararnos su personalidad».

El debatido modo en que condujo la guerra el general rebelde también le resulta complejo. «Franco era lento en todo, y carente de imaginación, aunque sí era práctico y sensato. Si al principio de la guerra no va directo a Madrid es porque la situación es delicada en varios lugares y tiene que prescindir de parte de sus tropas, por lo que no está seguro de que pueda ganar la capital con facilidad. Tampoco en el 38 se dirigió a Cataluña y prefirió ir contra Valencia, que militar y geográficamente presentaba mayor dificultad. Parece ser que Hitler le aconsejó no ir contra Cataluña y que una Cataluña roja podía ser más útil de cara a la actitud no intervencionista de Francia».

Avance lento

Pero ¿alargó la contienda a propósito, con el doble objetivo de aplastar toda resistencia y consolidar su poder personal? «Él dijo que era mejor avanzar lentamente para asegurar el dominio completo de los territorios ocupados. Y se daba cuenta de que la guerra le servía para consolidar su poder. Ése fue un factor entre otros. Con una victoria rápida habría sido distinto. Los otros generales le habrían agradecido los servicios y le habrían mandado a casa».

A la hora de analizar los factores desencadenantes de la guerra, Payne pone el acento en la violencia y los errores y sectarismo del Gobierno republicano. Cuando se le insta a que valore la parte de culpa de los militares sublevados, explica que «el golpe era deseado por un sector de los socialistas, que contaban con aplastarlo y hacerse con el poder; incluso Casares Quiroga deseaba un golpe débil, fácilmente reprimible. Parece que, al final, Indalecio Prieto cambió de opinión y pensó que sería mejor empezar ya la lucha».

«Es cierto que el golpe estaba planeado desde antes, pero el asesinato de Calvo Sotelo hizo que contara con más apoyo y que fuera más duro desde el comienzo. El Ejército del 36 no era el de la dictadura de Primo de Rivera, que fue blanda, ni el del 32, que apenas apoyó el levantamiento de Sanjurjo. Cambió por el ambiente de violencia y prerrevolucionario de la primavera del 36. Así que, cuando empiezan a actuar, piensan que tienen que hacerlo con el máximo rigor, y de ahí la violencia con que arrancó. El ejemplo más claro es Queipo de Llano, un general republicano que se opuso a la Sanjurjada y en el 36 fue el más cruel de los generales».

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