La roja dualidad, de Juan Neira en El Comercio
El PCA y el PCE están en guerra fratricida. Aunque ambos son 'pc', no resultan compatibles. Los comunistas asturianos no aceptan las medidas disciplinarias impuestas por los comunistas del Estado español (me imagino que se encontrarán más cómodos con esa denominación que llamándoles españoles, a secas). Del choque entre ambas organizaciones puede que se derive una escisión (otra más del comunismo), de forma que el comunismo asturiano de Noemí Martín, Jesús Iglesias, Montes Estrada y Javier García Valledor quedará desvinculado del comunismo estatal de Paco Frutos. ¿Qué importancia tendrá esta escisión en la práctica?
El PCA y el PCE tienen una característica común: hace veintitrés años que no concurren a elecciones. Tras el varapalo de los comicios generales de 1982 (cuatro diputados en toda España) y el mal resultado de las municipales de 1983, decidieron evitar el veredicto del pueblo. Ambos conservan la identidad de partido político, pero llevan ya dos décadas, desde la creación de IU, convertidos en un simple 'lobby' dentro de la coalición. Un 'lobby' muy rentable porque para ser candidato a diputado o concejal tener carné del PC otorga puntos. Basta repasar la lista de los grupos parlamentarios y municipales para comprobarlo. Para el elector lo único que existe, desde una perspectiva política, es IU, así que las disputas entre los grupos comunistas no superan el nivel de la retórica.
A Gaspar Llamazares, como antes a Julio Anguita, le faltó el valor y el coraje de disolver las organizaciones comunistas y trasvasar militantes y activos a IU. Por miedo a disputas ideológicas que les hicieran tambalearse en el poder, Anguita y Llamazares prefirieron mantener el misterio de la roja dualidad, PC e IU: dos grupos políticos con las mismas sedes, los mismos dirigentes y una sola candidatura electoral. Puede que el encontronazo entre Frutos y los comunistas asturianos sirva para que en esta región se acabe con la dualidad, e IU sea el único grupo a la izquierda del PSOE. Reivindicar la utilidad de un partido político, como el PC, que sólo tiene como objetivo mantener las supuestas señas de identidad revolucionaria, como el apoyo a Fidel Castro, resulta algo tan absurdo como trasnochado.
