Reconozco mi ternura por el personaje. Será porque la crueldad mediática a la que está sometida me la dibuja vulnerable en su soledad, quizá tierna. ¿Quién soportaría esa vida al microscopio, ese corral de jueces implacables que diseccionan sus emociones como si fueran vísceras? No sé cuántas culpas acumula en su culpa de mujer pública, con altanero porte y vida horizontal agitada. Pero antes de la culpa existió la condena, porque la industria televisiva del mundo rosa no vive de inocentes, sino de culpables.

Viéndola perseguida al minuto, interpretada en sus palabras y en sus silencios, convertida en una masa informe de ambiciones y vanidades, despojada de su humanidad, Isabel Pantoja ya no es una mujer, sino un producto. Y con el producto comercializan sin piedad los mercaderes del famoseo, ávidos del negocio millonario que representa.

¿Es lícito? Que es legal lo sé, amparado el negocio en una ley española que la única intimidad que protege es la de los cazadores de vidas. Pero creo que es profundamente sucia esa impunidad con la que un ejército de programas, con sus lacayos mayores, hacen su agosto persiguiendo y triturando hasta el delirio a un ser humano. Caza mayor en prime time televisivo.

Ya sé. Hablar de Isabel Pantoja es hablar de Marbella, de amantes corruptos, concejales mafiosos y una bacanal de ladrillo que usó la democracia como si fuera papel higiénico. Luis García Berlanga haría una gran película. Pero ese escándalo mayúsculo no se nutre de las Pantojas, sino del fracaso rotundo de la democracia ante el poder inmobiliario.

El monstruo de la piedra se ha alimentado de jueces, políticos, periodistas y empresarios corruptos, que han actuado con impunidad. Sin embargo, el planeta rosa ha focalizado la anécdota Pantoja como si fuera categoría, y ahora espera, ávida, que pise cárcel para poder despellejarla. Cuanto más torturado está el producto, más se valora en el mercado. La operación Malaya es un espectáculo de la corrupción. Pero la operación televisiva de la operación Malaya, no es menos corrupta: es la corrupción del sentido moral de la intimidad.