En el día de ayer, de Joan Barril en El Periódico
LOS DÍAS VENCIDOS
En el día de ayer
Ayer fue 20-N y ya nadie se acuerda de aquella agonía del dictador, de las colas en la plaza de Oriente, de las lágrimas de Arias Navarro. Aunque queramos apropiarnos del tiempo, lo cierto es que los cumpleaños casi no nos pertenecen. Se trata simplemente del día en el que la Tierra se encontraba en el mismo punto del universo respecto al Sol. O sea: que las sombras eran igualmente alargadas, que las bufandas empezaban a hacernos compañía y que los violines del otoño herían nuestro corazón con monótona languidez. O sea: que tal día como ayer murió Franco y la vida empezó a ser en color. Y, sin embargo, de aquella muerte ya pocos se acuerdan. Una cosa es la memoria histórica, que honra a los que murieron en el silencio culpable de los vencedores, y otra es la memoria histérica, esa que nos obliga a recordar fechas de la providencia como si nada dependiera de nosotros. No quiero recordar cuándo murió Franco. Me basta con que muriera. Y me sentiría más tranquilo si supiera que nadie le reivindica ni intenta glorificarle.
Ayer fue 20 de noviembre y me dijeron los maestros que era el Día Universal de la Infancia. Ayer fue 20 de noviembre y un presidente del Gobierno se paseaba por Barcelona para, entre otras cosas, pedir disculpas por el desastre de Renfe. Ayer fue 20 de noviembre y en el Palau de Congressos un partido nacionalista gritaba "Visca Catalunya!". Y ayer, 20 de noviembre, un presidente del Parlament que aspira al diálogo y que sueña con la independencia proponía a un socialista nacido en Córdoba y crecido en Cornellà para que fuera el presidente de la Generalitat. Con todo lo que pasó ayer, ¿qué sentido tiene recordar la fecha de la muerte de Franco? Prefiero formar parte del espíritu que impregna ese Día de la Infancia. Niños que han de saber de dónde vienen sus abuelos, pero que no han de olvidar que su misión en la vida no es otra que la de no caer de nuevo en el pozo negro y heroico de la muerte.
Definitivamente, las fechas históricas solo emocionan a aquellos que no se atreven con el futuro.
La leche de Cary Grant
Ya nadie se molesta en buscar las dichosas armas de destrucción masiva que, según la leyenda americana, se encontraban bajo todas las casas de Irak. Ahora los iraquís invierten su tiempo en enterrar a los demasiados muertos que cada día tiñen de sangre sus calles. Sin la industria de la muerte, regresemos, pues, a la artesanía. Alexander Litvinenko debió de relamerse con un sabroso sushi y está entre la vida y la muerte. De nuevo el envenenamiento, ese asesinato más propio de novelas góticas, de manos débiles, de gente confiada. Hitchcock nos mostró en Sospecha que un refulgente vaso de leche en manos de Cary Grant podía llevar a una mujer a la muerte. Litvinenko debió de perderse aquella película. También Yuschenko, el presidente ucraniano. Y Arafat, cuando subió a los cielos desde la Mukata para acabar sus días en un hospital militar de París. Vuelve el envenenamiento como arma de Estado camuflada de gastronomía. Solo Sócrates aceptó el veneno que el Estado le ofreció.
Proximidad
El gobernante pasa cerca. Tras él, el aroma del poder prestado. Cuando da la mano, arrastra a quien la recibe. Cuando pierde pie, alguien recuerda que el presidente solo es un hombre.
