BULEVAR

Por fin. ¡Eureka! Eso exclamó Arquímedes mientras se daba un baño, al descubrir el principio de la hidrostática. O sea: «Todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje hacia arriba igual al peso del volumen de fluido desalojado». El cuerpo, la inmigración; el fluido, Cataluña. Mezclada hoy, mestiza mañana.

A mediados del siglo XIX (o sea: 19) -lean a Anna Cabré, catedrática de la misma universidad que yo pero de una materia más científica que el periodismo- Cataluña se estaba quedando demográficamente seca. Morían muchos niños. Los catalanes sensatos procuraban tener menos hijos. Vinieron gentes de otras zonas de España, más pobres e ignorantes. Como los pobres (o los muy ricos, no es el caso aquí) tenían muchos hijos y algunos lograban sobrevivir, el país mantuvo la tasa de reposición, incluso incrementó el censo de catalanes. Cabré lo ha dicho un centón de veces: sin la inmigración, Cataluña tendría ahora tres millones de habitantes.Sin los murcianos que vinieron (los catalanes de soca-rel llamaban despectivamente murcianos a todos los inmigrantes del resto de España) esta región no sería un trozo rico de Europa con siete millones de habitantes, sino un territorio pobre más o menos como Albania, que con una extensión algo menor tiene tres y medio.

Pero algunos catalanes de siempre, curas, burguesitos rurales, tenderos, menestrales, farmacéuticos, estaban enfermos de nacionalitis.Soñaban con una Cataluña catalanista: Catalunya. Joan-Lluís Marfany (La cultura del catalanisme, 1995) señala 1886 como primera fecha crucial del desatino: se fundan el Centre Escolar Catalanista y meses después la Lliga de Catalunya. Para constatar que la Catalunya catalanista era una sandez basta el método comparativo simple: piensen en España española, Francia francesa, Andalucía andaluza, Bretaña bretona... Pero encima era un sueño imposible.Lo he mostrado en el párrafo anterior con la ayuda de Cabré y se vio más claro aún a comienzos del siglo 20 y en los años 60 y 70 del mismo. Hoy el apellido catalán más frecuente es García (ya en 1607 el tortosino Francesc Vicent Garcia era rector de Vallfogona de Riucorb: El rector de Vallfogona quan és sol / caga i pixa i fa el que vol) y los diez apellidos siguientes acaban todos en -ez. Como en el resto de España más o menos.

Somos siete millones. Los nuevos catalanes que nos han hecho saltar de seis a siete vienen mayormente de la América hispanohablante.De ahí vendrá, por lógica idiomática, el millón que según los economistas aún nos falta para funcionar bien. Hoy se dispone a ser presidente de Cataluña José (no Josep) Montilla, que dijo hace dos meses en su Andalucía natal: «Soy un catalán de Iznájar y no deseo para Cataluña nada que no quiera para esta tierra».

El sueño ha terminado. Bienvenidos al mundo de los budas. Es decir, de los que han despertado. Por fin.

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