LAS ESTRATEGIAS POLÍTICAS

Aires de empate con el PP, cuando la ´sangría´ del Estatut parecía superada

La sensación que se viene palpando en Madrid desde hace semanas quedó ayer certificada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS): el PSOE ha vuelto a perder fuelle electoral y se halla al borde del empate técnico con el Partido Popular. Se trata del mayor bache desde el inicio de la legislatura, si tomamos como referencia los barómetros electorales del CIS, que ya detectaron serias tendencias depresivas en el electorado socialista durante el muy agitado debate del nuevo Estatut de Catalunya.

Hace un año, algunos creyeron - o quisieron creer- que España estaba en un tris de desaparecer de la faz de la tierra. Doce meses después, las trompetas del Apocalipsis siguen sonando, pero algo atemperadas por el final feliz del Estatuto de Andalucía y sin que Pasqual Maragall y sus azarosos juegos malabares puedan ser señalados como únicos y exclusivos culpables del desbarajuste hispánico. Diversos son esta vez los factores acumulados, aunque las vicisitudes políticas de Catalunya siguen incidiendo en el cuadro clínico del socialismo español.

El panorama económico es bueno. Idílico desde un punto de vista estadístico: disparo alcista de la bolsa, crecimiento sostenido del PIB por encima del 3%, tasa de desempleo inferior a Francia y Alemania, y disminución de la inflación. Algunos primeros ministros europeos serían capaces de encargar más de un trabajo sucio a sus servicios secretos con tal de poder desayunar datos tan golosos. Y, sin embargo, el PSOE baja. España va bien, pero el Gobierno tiene dificultades para mantener la iniciativa en una legislatura que sigue en alta mar y con muchas escotillas abiertas.

El cambio de marchas de la Moncloa parece bloqueado y todas las miradas convergen esta vez en el País Vasco. La frase lapidaria con la que José Luis Rodríguez Zapatero puso en marcha el denominado proceso de paz - "será largo, duro y difícil"- se está demostrando cierta: va a ser muy largo; está siendo más duro y complicado de lo que algunos optimistas preveían, y las dificultades puede que aún sean mayores, de manera que en Madrid vuelve a hablarse del riesgo de atentados.

El PSOE era consciente de ello, pero creía contar con una póliza de Catalana de Seguros.El grupo dirigente socialista y, de una manera muy especial, los ministros más implicados en la cuestión vasca creían que de las elecciones catalanas podía surgir una entente de muy largo recorrido entre el socialismo español y CiU: el certificado de una "mayoría natural" que abocaba al PP al enrocamiento y a una mayor radicalización: a la "derecha extrema", vocablo que el presidente del Gobierno comenzó a poner en circulación el pasado mes de septiembre.

La autonomía del PSC y el férreo carácter de José Montilla han truncado estas expectativas, como es bien sabido. En propiedad, el barómetro del CIS no refleja todavía el impacto de la reeditada alianza tripartita en Catalunya, puesto que el sondeo se realizó entre los días 18 y 25 de octubre. Eran días de campaña electoral en los que millones de hogares españoles cenaban todas las noches con unos resúmenes televisados que tenían por común denominador el presentar Catalunya como un laberinto político inextricable. Un laberinto con subtítulos.

Un laberinto en el que Zapatero no manda. Ésta es, seguramente, la conclusión final de un amplio sector de la opinión pública, toda vez que el PSOE nunca ocultó sus ansias de pacto con CiU, en aras de una mayor estabilidad parlamentaria, pero con la ambición, sobre todo, de reforzar el flanco centrista del Gobierno. Con CiU perdida, por el momento, en la galaxia de Andrómeda - a la espera de acontecimientos, Convergència no está en la nave del Gobierno, pero tampoco parece que le vaya a poner la proa en los próximos meses-, algunas voces relevantes del PSOE comienzan a plantear la necesidad de seducir a los electores moderados del PP con políticas de acento más centrista.

Así lo defendió Carlos Solchaga en la última reunión del comité federal del PSOE, el pasado sábado. Era la primera vez en muchos meses que el ex ministro de Economía tomaba la palabra en el sanedrín socialista. Solchaga, hombre de carácter fuerte, no representa a ninguna corriente organizada, pero es conocida su amistad con Felipe González, que hace unas semanas dijo querer reservarse su opinión sobre la reedición del pacto PSC-ERC. Fuentes socialistas indicaban ayer que Solchaga expresó, más que nada, una inquietud. La inquietud de la vieja guardia.La inquietud de los socialistas que ya conocen cuán amargo es el sabor de la derrota.