DEL TÍTULO de esta reflexión podemos obviar, o trocar, la segunda parte. Es decir, resultaría factible escribir sobre el hundimiento de los valores, espíritu, humanismo, saber, enseñanza, sabiduría... pero no es posible prescindir de hundimiento . Se nos ha hundido, efectivamente, la educación. Nos va a costar mucho reflotarla. Lo fácil, en este trance, sería señalar que todos tenemos la culpa. Yo, no. Ni usted, creo. La culpa la tienen los políticos que cambian las leyes orgánicas educativas como si fuesen cromos. Y no pasa nada. La culpa la tiene la cultura del ocio. La culpa es de los que creen en el dinero como único Dios. De los menestrales del corazón televisionado, de sus adláteres y acólitos. La culpa es de las operaciones triunfo y del facilito camino a la gloria. El más bobo, si carece de escrúpulos, puede llegar a la cima de la pirámide. El sabio, sin embargo, tendrá que pelear para poseer un lugar donde escuchar o ser escuchado.

Se nos ha hundido la educación, maldita sea. Hundido porque ya a nadie le importa, o apenas. Si ustedes repasan la encuesta que ayer ofrecía La Voz, verán que la educación y la cultura no figuran entre las preocupaciones prioritarias de los gallegos. Preocupan el paro y la pasta, fundamentalmente. Nadie ha reflexionado sobre la relación paro-pasta-cultura, por desgracia. Si alguien lo hiciese, intentaría cambiar las cosas. Convertir la cultura en riqueza. Significar la educación como motor real de este país. Creo que hasta ahora no se ha intentado tal gracia. Porque la cultura y la educación carecen de prestigio, como los intelectuales o las gentes que aún creen en la excelencia y utilidad del conocimiento. Se nos ha hundido la educación porque a los profesores ya nadie los quiere, ni los respeta. La sociedad les tuerce la cara. Y yo, lo juro, conozco pocos profesionales más abnegados que los hombres y mujeres de la enseñanza. Los que se llevan colgados sus problemas a casa, los que se sienten indefensos ante este presente caduco (y violento, también). Por lo tanto, es preciso el intento arriesgado de poner la educación en el lugar que le corresponde. Los que gobiernan ahora tienen esa responsabilidad: más perentoria, en mi opinión, que otros asuntos que señalan como prioritarios. Confío en la actual Administración educativa. Y de ellos espero un futuro luminoso. Espero: que las bibliotecas se abran de par en par, que legislen en contra de la televisión narcotizante y humillante, que eleven la autoestima del profesorado, que el saber posea función social y prestigio, que la facilidad no se confunda con la felicidad, que los bobos sean señalados como bobos y no como paradigmas, que se lean los clásicos y no las historietas divertidas (tan juveniles...) que se leen en los institutos. Espero eso. Y más. Porque el hundimiento de la educación significa, simplemente, el hundimiento del ser humano.