Un barco en medio de la bahía, de Javier Morán en La Nueva España
Un silencio sepulcral rodea al juez del «caso Carnero y Morala». Nada se sabe del escrito que el Ayuntamiento remitió hace unas semanas al Juzgado implorando al magistrado que anulase la comparecencia de un funcionario municipal que el pasado mes de enero se había presentado en sede judicial y había reclamado daños.
A partir de ese escrito, el asunto había entrado en fase rocambolesca, pues, según la municipalidad, todo había sido causado por un error de dicho funcionario notificador. Es decir, el Ayuntamiento no reclamaba los daños de esa caja de control de una cámara de tráfico destruida durante las movilizaciones de Naval Gijón acaecidas en marzo de 2005.
Lo rocambolesco del caso consiste en que la comparecencia del funcionario notificador -la que ahora se considera un error- no fue el único acto del Ayuntamiento en este caso, ya que al día siguiente de la movilización un policía municipal comparece en la Comisaria del Cuerpo Nacional de Policía para entregar un informe de daños.
Además de ello, en el legajo del proceso judicial abundan las referencias de las Consistoriales, caso del sello del Ayuntamiento que adorna la factura por los daños en la citada cámara de control.
Supuesta toda esta pirueta, da la impresión de que el juez fijará la vista oral del juicio y será entonces cuando el funcionario notificador -testigo de la acusación- dará explicaciones.
Pero dejemos estos misterios municipales y pasemos al arte, al séptimo, pues el director Fernando León de Aranoa y el guionista Ignacio del Moral han sido los últimos adheridos a la causa de Morala y Carnero. De Aranoa dirigió en 2002 la película «Los lunes al sol», inspirada en buena parte por los avatares del astillero Nagisa y cuyas escenas iniciales consistían en imágenes de las movilizaciones gijonesas.
En su escrito de apoyo a Morala y a Carnero, De Aranoa y Del Moral dejan caer una frase significativa: «Pretendíamos mostrar en la película su integridad y coherencia, su sólido compromiso con el trabajo entendido como un bien común». Ahí es nada. Que a estas alturas del siglo alguien se acuerde de la expresión «bien común» en referencia al derecho al trabajo es algo que nos impresiona.
No existe una postura unánime en Gijón sobre Carnero, Morala y los lustros de movilizaciones navales, pero sí se capta una mayoría de opiniones ciudadanas que reconocen cómo todas esas luchas supusieron que el astillero aguantase abierto más allá de lo esperado en los años noventa del pasado siglo. No hay en Carnero ni en Morala intereses espurios. No pertenecen a un sindicato de los grandes, tan institucionales y burocratizados que asustan. La Corriente Sindical de Izquierda (CSI), el suyo, también asustó con varios errores, pero en el terreno del astillero Nagisa el balance ha resultado más fiable que cuestionable.
Pese a todo lo dicho, y pese al aliento enviado por De Aranoa y Del Moral, la cuestión es ver cómo se resuelve ahora el lío judicial. Curiosamente, en «Los lunes al sol», su protagonista -Santa, al que daba cuerpo el actor Javier Bardem- era procesado por desperfectos en bienes públicos: una farola. La película era amarga y pesimista. Otro personaje se suicidaba tras años de desempleo, y la secuencia final resultaba desoladora: Santa y otros dos parados del naval permanecen a la deriva, en un pequeño barco, en medio de una ría.
La historia de la construcción naval de cierta ciudad norteña acaba mal en esta ficción cinematográfica, aclamada por la crítica y reconocida por el público. En Gijón, no todo está perdido y hay responsables de ello.
