LOS PLACERES Y LOS DIAS

Ségolène Royal parece la favorita a la Presidencia de la República Francesa, según nos informa una inteligente columnista española. Para situar históricamente y popularmente a Ségolène Royal la columnista habla de Fran-çoise Hardy, aquella cantante de los 60 que todavía mantiene su línea callejera, andariega y elegante por París. Asimismo, la columnista nos remite a un dato emocional: el tiempo en que las progres francesas, y alguna alemana o española, quemaban sus sostenes públicamente.

Era una forma de protestar contra el erotismo barato y la viandante de tacón, porque esos tacones tenían que hacer temblar algo que sostenían, y lo que sostenían era el sujetador. De entonces acá las mujeres y no sólo las progres, han conseguido muchas reivindicaciones y no consta que por eso su calidad de sexo y su vida más libre, libre como los tranvías y las bicicletas de la ciudad, haya mejorado. Esto es una buena lección contra las revoluciones de fuego, ropa interior y gritos en la calle. Cuando el pueblo clama por algo no lo va a conseguir quemando el símbolo de lo que necesita. Si necesitamos patatas habrá que quemar patatas y no amapolas ni sostenes metafóricos, aparte de que no hay nada tan metafórico como el sostén cuando se usa. El gobernante suele ser poco imaginativo y no entiende ese trueque del fuego entre patatas, sujetadores y amapolas. Cuenta más la imaginación burocrática de Ségolène Royal que la imaginación poética de Baudelaire.

Porque la Revolución Francesa no es una cosa que ocurrió una vez sino que ocurre cada cierto tiempo, cuando De Gaulle quema sus calzoncillos napoleónicos, cuando los estudiantes queman a Sartre vivo y los periodistas triunfan por un día con su nueva revista Charlie Hebdo. Y la Revolución va a triunfar ahora sin que nadie queme nada, que Francia está por encima de sus propias revoluciones.

Una vez más debemos aprender de aquel país y mayormente de sus mujeres, que llegan a quemarse no ya los sostenes sino hasta las bragas cuando se trata de iluminar en la noche de los tiempos el busto de una mujer, Ségolène Royal. Nuestras milicianas quemaron o ardieron las vírgenes aldeanas, cuando la movida franquista, que era todo lo contrario de una revolución por mucho que añore aquello el señor Zapatero.

Los españoles llevamos varias revoluciones de retraso de acuerdo con la Historia de Europa. Uno diría que, en el tema de las algaradas hembra, nos hemos quedado en la Sección Femenina. Es el inconveniente, ya digo, de funcionar mediante símbolos. El símbolo de la española ha sido Isabel II, pero, mientras Carmencita Franco baila el tango en un cabaré de Barcelona, las intelectuales parisinas bailan sobre el cadáver hindú de Mitterrand. Lo más avanzado que hemos hecho esta temporada es dar algunos Ministerios menores a mujeres hacendosas, que quizá podrían llevar igual el Ministerio sin salir de la cocina. La citada Carmencita ha debutado como estrella en la tele, pero tiene detrás un productor gordo y joven que no se sabe si quiere empezar con las canciones o terminar con el teatro dramático de la Gran Vía, que ahora son los últimos días de Pompeya en iniciativa de Ruiz-Gallardón.

© Mundinteractivos, S.A.