El PSOE ha acogido con regocijo la candidatura de Ségolène Royal a la presidencia de la República francesa. No es para menos. Hay motivos para ello. Aunque la compañera sentimental del primer secretario de los socialistas franceses, François Hollande, es una recién llegada a la escena política, no es menos cierto que representa un soplo de aire fresco que le viene muy bien al Partido Socialista francés. Un hipotético triunfo de Strauss-Khan o de Fabius hubiera representado la vuelta al pasado. El regreso a la ominosa segunda vuelta de las últimas presidenciales, cuando el candidato elegido por la mayoría para enfrentarse a Chirac no fue otro que el representante de la peor Europa posible, Jean-Marie Le Pen.
El Partido Popular, por su parte, no ha dicho esta boca es mía. Pero debería aprender la lección. Espectáculos como el de ver a José María Aznar -por aquellas fechas todavía en ejercicio- ungiendo con su dedo divino la ascensión al reino de los cielos de un beatífico Mariano Rajoy, dice más bien poco de la calidad del sistema democrático.
También debería aprender el PSOE, que ha arrojado a las tinieblas el proceso de primarias para la designación de sus candidatos. Y lo que es peor, sin haber tenido el coraje y la valentía política de renunciar públicamente a ese sistema. Ha optado por hacerlo a la chita callando, con una política de hechos consumados, pero sin modificar sus Estatutos federales. Es más que evidente que desde la dirección del PSOE no se ha estimulado el debate para la elección, por ejemplo, del candidato a la alcaldía de Madrid. A lo mejor porque se trata de un cargo mucho más importante que el de presidente de la República francesa, digo yo, y por eso el presidente del Gobierno ha decidido reservarse tamaña designación.
Más allá de la figura de la candidata socialista al Elíseo, o de la imposición de Sebastián como aspirante a la alcaldía de Madrid, lo que es verdaderamente relevante para el análisis es la existencia de un casta política que se sitúa al margen de los ciudadanos. Convencida de que por el simple hecho de que cada cuatro años se celebren elecciones municipales, autonómicas o generales, los deberes están cumplidos. Nada más lejos de la realidad.
Los partidos políticos, como todo el mundo sabe, son esenciales en su sistema democrático. Tan esenciales, que si ninguna fuerza política inspirada por ciudadanos libres se presentara a unos comicios, no se podría hablar con propiedad de democracia. No hay democracia sin partidos. La política exige, por lo tanto, instrumentos adecuados -los partidos- capaces de articular las demandas sociales de carácter general. No los intereses específicos de determinados individuos o colectivos que sólo actúan en beneficio propio. De ahí que sea crucial la existencia de reglas democráticas en el funcionamientos interno de los partidos políticos.
Esta máxima, que tiene mucho que ver con lo que Max Weber denominaba "ética de la convicción", es la que oculta en España un sistema de partidos que desprecia la democracia interna. Y no vale acudir al manido argumento de que los Congresos de los partidos son la máxima expresión democrática de una formación. Es evidente que el sistema de elección de los compromisarios fracasa cuando el 70 u 80% de los delegados detentan un cargo público, lo que significa que su capacidad de distanciarse del jefe político es irrelevante en la mayoría de los casos.
Ojo. El problema no es que se trate de políticos profesionales, insistiendo en la definición weberiana -que llegó a hablar de ‘prebendados’ o de funcionarios a sueldo-, sino que el problema radica en que no han pasado por el veredicto de las urnas. A no ser que se considere democrático el actual sistema de listas cerradas en el que los votantes no conocen al 90% de los candidatos.
Ahora que se habla tanto de corrupción municipal, alguien debería cambiar las cosas para evitar que otro tipo de corrupción -la de las listas cerradas- continúe campando por sus respetos como si fueran compatibles con la democracia. Las listas cerradas sólo tendrían un pase si los partidos políticos fuesen realmente democráticos. Y parece evidente que por ahí no van los tiros.

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