Nadie se escapa de este ojo que todo lo ve. Millones de cámaras distribuidas por todo el mundo controlan cada movimiento que hacemos. Su presencia permite, incluso, asistir desde casa a un concierto a miles de kilómetros.
No importa que usted no tenga telegenia. Olvídese de quedar bien en cámara porque, tanto si le gusta como si no, tenga por seguro que le están grabando. La sociedad contemporánea atraviesa por el momento de mayor vigilancia de la historia y una persona puede ser grabada hasta 300 veces al día, sin darse cuenta.
A finales de octubre, un recuento del número de cámaras de vigilancia instaladas en Reino Unido reveló que los británicos son la sociedad más vigilada del mundo. Existen 4,2 millones de aparatos que monitorizan sus vidas –uno por cada 14 habitantes– y el 20% de las grabaciones del planeta tiene lugar en los dominios de la Reina Isabel II. Una periodista londinense hizo la prueba un día cualquiera. Durante una sesión de compras de una hora, Anna Dowdeswell advirtió que, al menos, unas 81 cámaras habían registrado todos sus movimientos. Ni siquiera pudo comer tranquila en una hamburguesería: hasta en Burger King registraron cada mordisco que le daba a su almuerzo.
La policía alega que estos aparatos no tienen precio a la hora de resolver crímenes, pero muchos londinenses empiezan a plantearse hasta qué punto vulneran sus libertades constitucionales. Es cierto que han sido de mucha utilidad en ocasiones determinadas. Estos aparatos permitieron conocer el desasosiego de Priklopil –el secuestrador de la niña austríaca Natascha Kampush– al realizar su última llamada antes de suicidarse. También los andares decididos del asesino de la periodista rusa Anna Politkóvskaya. Pero el problema comienza cuando no hay una legislación específica que los regule.
En principio, nadie controla su instalación. En España, por ejemplo, no se necesitan permisos, aunque las empresas de seguridad están obligadas a informar al Cuerpo Nacional de Policía de todas las instalaciones que realizaron durante el año. Además, la ley que regula el sector es la misma que ampara a la seguridad privada, en la que existen muchísimas lagunas legales. Ni siquiera la Declaración de los Derechos Humanos regula con precisión la videovigilancia, por lo que cualquiera puede instalar una cámara en el portal e inmiscuirse en la imagen pública de los transeúntes.
Sólo en España se estima que existe una cámara de vigilancia por cada 35 habitantes. El 90% de los establecimientos públicos hace uso de este sistema. Bibliotecas, cajeros automáticos, aparcamientos, tiendas de ropa y colegios... Las posibilidades son infinitas, aunque en la mayoría de los casos ni se dará cuenta porque están ocultas. Incluso los bares, ya que un 60% graba a sus clientes. La mayoría se instala para evitar robos de los empleados, por lo que suelen enfocar sólo a las cajas registradoras. Por suerte para algunos, el 80% de las grabaciones no llega a visualizarse, pero la videovigilancia está en pleno auge y aumenta su presencia en nuestras vidas.
Sólo este año, París ha invertido 14 millones de euros en instalar una red que integra cámaras de vigilancia, Internet, vídeo y voz. Esta red contará con 6.000 cámaras, 40.000 líneas telefónicas y 1.500 redes locales, en 500 estaciones de metro, tren y autobús. El sonido parece ser el siguiente paso natural y el Chicago Tribune ya advirtió a los ciudadanos de la existencia de cámaras con detectores de sonido que alertan en caso de que se dispare un arma. Sin embargo, este dispositivo también registra las conversaciones y, de seguir así, vivir en la sociedad occidental supondrá someterse a una vigilancia de 24 horas. Esto hace pensar que quizá Orwell tenía razón y estemos a punto de sufrir un Gran Hermano permanente.
El Gran Hermano de Internet
La presencia de cámaras de vigilancia y de cámaras web también ha dejado un buen sabor de boca a los que buscan experiencias a golpe de ‘clic’. Esto se logra a través de Internet con dominios como ‘www.earthcam.com’ o ‘www.camvista.com’, webs que albergan links a millones de cámaras distribuidas por todo el mundo. Por ejemplo, si alguien quiere comprobar qué tiempo hace en Madrid, sólo tiene que buscar una de estas cámaras web y verlo con sus propios ojos.
Esta realidad inmediata ha provocado las situaciones más pintorescas. En la playa neozelandesa de Mount Maunganui las nudistas se quejaron al gobierno local del potente ‘zoom’ de la cámara instalada en la arena, tras sufrir el acoso de los internautas. La marmota de Punxsutawney, ese extraño animal que habita en Pennsylvania, protagonista de la película Atrapado en el tiempo, también tiene su propia cámara y cualquiera puede verla mientras hiberna.
Los conciertos callejeros tampoco escapan del ojo de los cibernautas. Cuando Mariah Carey decidió hacer una presentación pública de su último disco, The emancipation of Mimi en pleno Times Square neoyorkino, hubo fans españoles que lo siguieron a través de estas páginas web y de las cámaras. Esta claro que la sociedad vigilada lo puede todo. Incluso poner una cámara web en tu casa para que todos vean cómo haces café.

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