La Coctelera

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20 Noviembre 2006

Memoria de la extrema derecha, de Tom Burns en La Vanguardia

Tal día como hoy hace treinta años se escuchó un eslogan muy propio de esa extrema derecha de la que tanto hablan el Gobierno y sus aliados.

Varios miles de manifestantes, en general, muy mayores o muy jóvenes, gritaban en Madrid a pleno pulmón, “Juan Carlos, Sofía, el pueblo no se fía.” Era el primer aniversario de la muerte de Franco y, dos días antes, las Cortes de Franco habían aprobado el proyecto de Ley para la Reforma Política, ley que, siete meses después, el 15 de junio de 1977, encuadró las primeras elecciones democráticas en más de cuarenta años y la apertura de un periodo constituyente que a todos los efectos borró el franquismo del mapa político.

Estando a las puertas de un congreso, organizado por el Ministerio de Cultura, sobre la II República y la Guerra Civil, que centrará mucho interés mediático, puede que el pacífico cambio político del postfranquismo merezca también un rescate memorístico.

Lo primero que se ha de constatar es que el eslogan que se escuchó en esa inicial manifestación 20-N fue tan pintoresco como falaz. El pueblo se fiaba plenamente del proceso que impulsaba la Corona. En el referéndum para aprobar la Ley para la Reforma Política, celebrado el 15 de diciembre de 1976, los partidos de izquierda, ilegalizados, pero muy visibles, tampoco se fiaban: pidieron la abstención y se estrellaron porque votó el 77 por ciento del electorado y votó a favor el 94 por ciento. Votaron hasta el Rey y la Reina, que lo harían por primera y última vez, y a nadie le sorprendió que se acercasen a las urnas.

Régimen franquista

Lo segundo es que el proyecto de ley fue obra de lo más granado de la clase política del franquismo. Fue redactado por el propio presidente de las Cortes Torcuato Fernández-Miranda, un prócer del Régimen, fue presentado a la Cámara por Adolfo Suárez, cuya biografía política, hasta ser sorpresivamente nombrado presidente del Gobierno por el Rey en el verano de 1976, había transcurrido en el cuartel general del Movimiento, llegando a ser ministro secretario general del mismo, fue defendida ante las Cortes, con notable convicción y eficacia, por Fernando Suárez, un recto hombre del Régimen que fue ministro de Trabajo en el último Gobierno de Franco, y fue abrumadoramente aprobada por los procuradores franquistas.

Éstos no opusieron resistencia alguna al profundo cambio, desde la legalidad y bajo la Corona que había instaurado Franco, que el proyecto de ley proponía a las reglas del juego político. En vísperas del primer aniversario de la muerte de Franco, Diario 16, el ya desaparecido periódico que entonces acababa de salir a los quioscos, tituló a lo grande en su portada: “Adiós, dictadura, adiós.” ¿Dónde están los que vociferaban en aquel primer 20-N? La mayoría ha pasado a otra, y espero que mejor, vida y los que entonces eran jovenzuelos serán, me figuro, honrados padres de familia que pagan sus impuestos y, vaya usted a saber, incluso votan al PSOE porque les cae bien eso de la “paz”.

Alianza Nacional

La extrema derecha, agrupada en la Alianza Nacional 18 de Julio, obtuvo menos de 80.000 votos en las elecciones generales de 1977 que la Ley de Reforma Política había hecho posible y en las elecciones dos años más tarde, presentándose como Unión Nacional bajo la batuta del notario Blas Piñar, obtuvo casi 380.000 votos, el dos y poco por ciento del electorado, porcentaje similar al que votó en contra de la Reforma Política en el Referéndum de diciembre 1976. La última “aparición” de la extrema derecha fue el 23-F de 1981.

¿Ha reaparecido la extrema derecha en estos últimos meses? La pegunta ofende. La excepción española en el marco político europeo es, por un lado, que existe un movimiento político con claros tintes totalitarios que no renuncia a la violencia y, por otro, que no existe en España un partido xenófobo, es decir, no existe lo que Europa entiende como un partido de extrema derecha. En su afán por descalificar a la oposición, recurso que es una muestra segura de la ausencia de políticas propias, los voceros del partido del Gobierno levantan el fantasma de una extrema derecha que lucha por hacerse con el poder en el Partido Popular y no dudan en meter a Esperanza Aguirre en el paquete de conspiradores.

Esto es algo sorprendente siendo Madrid la comunidad autónoma que, de largo, más inmigrantes acoge e integra. Pero poco importa. Para los socialistas, toda oposición desde la filas liberal-conservadoras, oposición dialécticamente dura, como debe ser, que cuestiona su competencia para dirigir la cosa pública, es signo inequívoco de extremismo derechista.

La descalificación denota un estado de inseguridad ante el devenir de un proyecto propio y, además, es el torpe pavoneo de una superioridad que no resiste cualquier análisis riguroso. La izquierda tiene una idea patrimonialista de la democracia pero la Transición, un proceso de reforma, que no ruptura, consensuado y generoso, poblado de pactos y transacciones, fue, mal que le pese, obra de los franquistas. Rescatar esta particular memoria histórica, sabiendo que se seguirán diciendo tonterías sobre la extrema derecha, me parece harto difícil. Pero vale la pena, tal día como hoy, intentarlo.

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