Nadie lo pone en duda. La competencia es el mejor estímulo para la mejora de las empresas; el resorte fundamental de nuestro sistema económico. Buen ejemplo fue la aparición de Ifema en la escena ferial de nuestro país, con su consiguiente contribución a la dinamización del sector.
Un viejo decreto de 1943 establecía en las normas para la celebración de ferias en España que sólo un grupo de ciudades, entre las que no se encontraba Madrid, podían albergar tales manifestaciones. Por ello, Madrid hubo de esperar hasta que el nuevo ordenamiento jurídico derivado de la incipiente democracia permitiera el nacimiento de Ifema, si bien formalmente no fue derogado en su totalidad el citado decreto hasta el año 1994. En 1980 nacía una institución que vino a ocupar en su desarrollo inicial el Palacio de Exposiciones que la Cámara de Comercio e Industria de Madrid tenía en el paseo de la Castellana, y las edificaciones cedidas por el Ayuntamiento situadas en la Casa de Campo. Estas infraestructuras quedaron, para la sorpresa de muchos y casi desde comienzos, pequeñas, dando lugar a la creación del nuevo recinto de Feria de Madrid, inaugurado en 1991, lo que significó el verdadero salto competitivo de esta institución.
En aquella primera etapa de competencia fue acuñado el término de guerra ferial, especialmente aplicado a la pugna entre las ciudades de Madrid, Barcelona y Valencia, así como, en algunos casos, Bilbao y Zaragoza, las cuatro que en definitiva gozaron hasta 1980 del citado monopolio. No fue fácil para nuestros colegas, ni tampoco para muchos dirigentes políticos, entender que el escenario había cambiado, que las reglas de juego no eran otras que las de la libre competencia.
Las peticiones para que se impulsara una regulación de la actividad ferial por parte de las Administraciones Públicas se sucedieron, afortunadamente y, como no hubiera podido ser de otro modo, sin éxito. La realidad es que, como en cualquier otro ámbito empresarial, finalmente, el mercado es el que coloca a cada uno en su sitio. Ifema ha experimentado el mayor y más rápido crecimiento de entre las grandes entidades feriales europeas. Así, considerando sólo el último lustro, entre 2002 y 2006, ha crecido en el número de ferias que acoge un 15%, hasta sumar en el año en curso 81 certámenes; las empresas participantes se han incrementado en un 13% hasta alcanzar en este último ejercicio los 42.000 expositores, y la superficie neta ocupada por la oferta se ha elevado un 28%, lo que significa un espacio anual próximo a los 1,4 millones de metros cuadrados.
Esta intensa actividad ha permitido a Ifema alcanzar una cifra de facturación que en el año 2006 superará los 170 millones de euros, volumen de negocio casi impensable hace unos años para cualquier institución ferial española, con una estimación de unos beneficios netos, una vez pagados todos los impuestos –incluido el de sociedades–, de 31 millones de euros, cantidad que, como siempre, será dedicada en su totalidad a la reinversión en proyectos propios. Desde cualquier análisis objetivo, Ifema lidera el sector ferial con una cuota de mercado que se aproxima al 40%, lo que representa más que la suma de nuestros dos siguientes competidores, Barcelona y Valencia.
Otro ejemplo: de acuerdo al calendario oficial de ferias internacionales, que anualmente publica la Secretaría de Estado de Comercio y Turismo, Madrid tiene cuarenta convocatorias con tal carácter reconocido, mientras que Barcelona sólo cuenta con 14. Por no decir del parámetro más claro en términos empresariales, el volumen de negocio, que este año será un 70% superior al de la entidad que nos sigue en este sector, Barcelona. Luego no hay margen para el error o para la interpretación. Se elija la ratio que se elija, en términos operativos de negocio, Ifema está a la cabeza de este sector.
Entonces, ¿por qué el empeño de otras entidades en reivindicar un pretendido liderazgo? ¿Para qué sirve aspirar a ser la segunda feria más grande de Europa, considerando únicamente la dimensión de sus instalaciones, si luego los espacios permanecen ociosos? ¿Cómo puede afirmarse –como hacía recientemente el director general de Fira de Barcelona– que el 75% de los salones profesionales que se celebran en España se hacen en esa ciudad, cuando es tan fácilmente demostrable la inexactitud de dicha afirmación?
Quizás la respuesta esté en la necesidad de algunos de justificar los cientos de millones –casi mil en el caso de Barcelona, según sus propias declaraciones– que las instituciones públicas están invirtiendo en sus respectivos recintos feriales. Permítanme en este sentido una nueva comparación con la entidad que dirijo. Ifema, históricamente, ha acometido todos sus proyectos de inversión con los recursos generados por su propia actividad. Así, nuestro actual recinto, inaugurado en 1991, con una inversión total de 216 millones de euros, fue financiado en más de un 80% con los excedentes de gestión, por lo que la única aportación que realizaron los entes consorciados ascendió a 39 millones de euros.
Más aún, la primera ampliación de nuestro recinto, finalizada en el año 2001, con un presupuesto de cien millones de euros, y la segunda, actualmente en ejecución con una inversión de 115 millones, no han requerido aportación económica alguna por los propietarios de la entidad, como tampoco ningún otro proyecto llevado a cabo a lo largo de los veintisiete años de existencia de Ifema.
En definitiva, juzguen por ustedes mismos cuál es el mejor modelo de gestión ferial. ¿El nuestro, el de la entidad que lidera el sector; que acumula año tras año unas cifras de negocio y actividad que equivalen a la suma de sus dos inmediatos competidores nacionales, Barcelona y Valencia, y que no ha precisado ningún soporte económico extraordinario, proveniente de fondos públicos, para alcanzar este posicionamiento? ¿O acaso el de alguna entidad o entidades citadas, que representa una inversión pública ingente, sólo “justificable” a través de inflados estudios que hablan de economías inducidas?
Desde Ifema estamos enormemente satisfechos de nuestro modelo de gestión; de nuestra capacidad de autofinanciación de todos los proyectos; de ser la organizadora ferial que más eficacia obtiene de sus recintos feriales en Europa; de nuestra trayectoria y crecimiento sostenido… Estamos orgullosos de ser un emblema de la forma de entender el sector público en Madrid. Ahora bien, quizás ha llegado el momento de analizar si esas fórmulas de sostenimiento público de las que otros gozan no pueden poner a este sector en una deriva de competencia poco clara y contraria al funcionamiento exigible a los mercados europeos.

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