Afirma Eugenio de Rioja en su columna (LA NUEVA ESPAÑA 16-11-2006) que el documento elaborado por quienes suscriben «Materiales de reflexión en torno a la reforma del Estatuto de Autonomía del Principado de Asturias» es «marginal» y «deja mucho que desear desde el punto de vista del rigor y la probidad intelectual». Así, sin más. Y se queda tan tranquilo. Cabe pensar que lo de la marginalidad no tendrá que ver con la repercusión mediática del documento ni con el interés renovado de nuestra clase política y la opinión pública sobre los temas estatutarios. En lo que respecta al rigor y honradez intelectual, debiera de saber que, a falta de otros argumentos de mayor entidad, le consideramos una irrelevante autoridad en sociología política (del siglo XXI) y doctrina social de la Iglesia. Aplíquese la máxima del conocido filósofo austriaco Wittgenstein: «De lo que no se sabe, mejor es estar callado».
Sus afirmaciones malintencionadas sobre la ruptura de la comunión eclesial entre los obispos asturianos, como ya lo intentó insidiosamente durante años en el pontificado de Díaz Merchán, y de los autores con sus obispos sólo cabe calificarlas como una infamia de quien, pretendiendo hacer un favor al prelado, divide a la Iglesia. Además, revela un pésimo desconocimiento del funcionamiento interno de la Iglesia asturiana, bastante lejano del de la Falange de sus años mozos. Por lo que nosotros conocemos, las relaciones entre nuestros obispos son cordiales, amistosas y fraternas. Y lo mismo podemos decir de las nuestras respecto a ellos. Pero hay algo más en este asunto de la comunión que usted nunca llegará a comprender ni mucho menos admitir: se trata de la unidad en la diversidad. Una misma fe puede dar lugar a opiniones y compromisos políticos distintos (confiamos en que su asesor clerical, sin violentar su espíritu erasmista, le proporcione la cita completa). Así sucede en infinidad de ámbitos de la vida cotidiana y también en la Iglesia de Asturias, que es bastante más plural de lo que algunos piensan o quisieran. Tratándose de un tema, la reforma del Estatuto, cuyo proceso no se ha iniciado y sobre el que no existe una declaración oficial de la Iglesia al respecto, caben diversas opiniones ya sean de obispos, sacerdotes o fieles. Por lo tanto, la pretendida ruptura de la comunión sólo existe en su calenturienta imaginación y es prejuiciosa e insidiosa. Nuestros compromisos sacerdotales están muy por encima de sus deseos de división.
Acerca de la oportunidad de este documento y de los asuntos a tratar por ese departamento diocesano, decirle solamente que ya empezamos a estar hartos de que ciertos particulares (casi siempre los mismos) o muy maduros tertulianos, jaleados en ocasiones por relevantes sotanas anónimas e irresponsables, pretendan marcarnos la agenda de trabajo. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Debiera saber también que el departamento de sociología no se dedica a elaborar manifiestos, como machaconamente califica al documento. Eso suelen hacerlo los partidos políticos y sus allegados y no existe prueba alguna de nuestra vinculación con unos u otros. Por supuesto, tampoco elabora pronunciamientos, mayormente obra de golpistas y fascistas, como bien sabrá. Como su mismo título indica, son materiales para la reflexión y el debate en libertad en un terreno manifiestamente opinable y de interés para todos los asturianos. Si eso es avilantez (léase, sin pedantería, audacia, descaro u osadía) clerical, aceptamos el calificativo.
Por último, en su desiderátum de preocupaciones, hace alusión en su texto a algunos documentos pontificios sobre los medios de comunicación social. No alcanzamos a ver la relación. Lo atribuimos a episodios pasajeros y crueles de senilidad porque el tiempo no pasa en balde, señor Rioja. Por nuestra parte, damos por zanjado el tema porque el trabajo de cada día apremia y no podemos dedicarle mucho más de nuestro tiempo.
José Ramón Álvarez Álvarez y José Manuel Parrilla Fernández son sacerdotes diocesanos y sociólogos.

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