La pugna entre fe y relativismo impregna casi todos los conflictos entre Iglesia católica y Estado laico

Cuando Benedicto XVI fue elegido Papa el 19 de abril del pasado año, en un cónclave rapidísimo de apenas 25 horas, los vaticanistas vieron en el voto de los cardenales la imagen de una Iglesia católica inquieta, angustiada ante el avance de la secularización en Occidente, y deseosa de un pastor de hierro que, como había demostrado ser el prefecto para la Doctrina de la Fe, la guiase con mano firme en su difícil diálogo con la modernidad laica. El entonces cardenal Joseph Ratzinger lo había dejado claro en la misa previa al cónclave, en la que arremetió contra "la dictadura del relativismo", y se quejó de que "tener una fe clara, según el credo de la Iglesia, es etiquetado a menudo como fundamentalismo". En lo que lleva de pontificado, Benedicto XVI no ha perdido ocasión - en homilías, ángelus, visitas de obispos y audiencias a jefes de Estado y de Gobierno- de reiterar ese mensaje de alerta a los fieles ante una Europa que se descristianiza y que, a su juicio, viaja así hacia la pérdida de su propia identidad.

La relación entre Iglesia y Estado - separados jurídicamente en Occidente, en etapas progresivas según los países, desde que la Ilustración demostró la conveniencia de que así fuera- sigue presentando momentos de fricción, cuando no de abierta crisis, como se ha visto en España con la aprobación del matrimonio homosexual, y como se vio en el 2002 ante la negativa de la UE a incluir una referencia a "las raíces cristianas de Europa" en el preámbulo de la Constitución europea. "La Iglesia es una sociedad espiritual para realizar la misión de Jesucristo en la tierra, y para ello necesita cierta formalidad - explica el sacerdote vasco Juan Ignacio Arrieta, profesor de Derecho Canónico de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz-. Por eso tiene una estructura jerárquica, no democrática, lo cual implica un problema de relación con la sociedad civil, que sí es democrática y tiene objetivos mudables en el tiempo. Los objetivos de la Iglesia no son mudables".

El catolicismo actual acepta y alaba el Estado laico como garante de la libertad religiosa de los ciudadanos, reivindicando además un saludable principio recogido por el propio

Nuevo Testamento. En el Evangelio según san Mateo, Jesucristo, interpelado sobre si se debían pagar o no los impuestos a las autoridades romanas, replica: "Pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios". La constitución pastoral Gaudium et spes,publicada en 1965 por Pablo VI, aludía a la ubicación del ciudadano y fiel católico en la sociedad contemporánea, y ya antes, en 1958, Pío XII había reivindicado "la sana laicidad del Estado" como un valor de la propia Iglesia católica.

Sin embargo, algunas disposiciones adoptadas por gobiernos de Europa y América, que de un modo u otro afectan a los conceptos católicos de familia y vida - conceptos que la Iglesia juzga propios de la ley natural y no sólo del catolicismo-, han sido causa de profundos desencuentros en los últimos años. La legalización del divorcio y del aborto en casi toda Europa constituyó la primera gran derrota de la Santa Sede. Leyes posteriores sobre eutanasia, fecundación asistida o investigación con embriones, junto a prácticas cada vez más extendidas, como el uso del preservativo o de otros métodos anticonceptivos, sacuden los cimientos eclesiales.

Esta progresiva pérdida de control de los valores morales de la sociedad por parte de la Iglesia católica - que en tiempos más modernos puede fecharse a partir del mayo del 68 francés- preocupa muchísimo a Benedicto XVI. Para el Pontífice y para la Iglesia católica, existen determinados valores inmutables, lo cual choca con el relativismo, que predica la dificultad de poseer valores absolutos, y que apela a una ética laica compartida. La Iglesia ve con espanto cómo ese relativismo avanza en Europa, a caballo de una creciente secularización que está despoblando de fieles las iglesias, y que, según alertaron varios obispos latinoamericanos en el sínodo del 2005, empieza a notarse también en el tradicional baluarte católico de Latinoamérica.

Aunque tanto Iglesia como poder civil prediquen las bondades del Estado laico, el problema se agudiza por una ambigüedad lingüística, portadora de su propia carga ideológica. En francés e italiano se habla de laïcité y de laicità,respectivamente, para expresar ese carácter neutral del Estado ante la religión que creyentes y no creyentes coinciden en desear, pero el vocablo español (laicidad) no figura aún en el diccionario de la Real Academia. Sí figura, en cambio, la palabra laicismo, definida así, en modo similar a sus equivalentes francés (laïcisme)e italiano (laicismo):"Doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa".

En innumerables homilías y discursos, el Papa, los cardenales y los obispos han acusado al laicismo de ser una perversión ideológica de la laicidad, y de intentar elevarla a la categoría de "religión civil" para expulsar así a Dios de la vida pública. Con este razonamiento, la Iglesia católica ha criticado la ley francesa que prohíbe el velo en la escuela pública en tanto que símbolo de una creencia religiosa, pues a juicio eclesial vulnera la libertad religiosa de los musulmanes.

Así las cosas, los católicos reclaman espacio público para su fe. Lo dijo el Papa en la misa de apertura del sínodo de los obispos del 2005, argumentando que "la tolerancia que admite a Dios como opinión privada, pero le niega la esfera pública, la realidad del mundo y de nuestra vida, no es tolerancia, sino hipocresía". Poco después, en diciembre de ese mismo año, la condena fue más allá al ser vinculada al riesgo de vulneración de la libertad religiosa. Comentando la declaración conciliar de 1965 Dignitatis humanae sobre libertad religiosa, el Papa arguyó que el problema no atañe sólo a países donde el catolicismo es minoritario frente a otras religiones, o se halla sometido a regímenes totalitarios. Según Joseph Ratzinger, en otras ocasiones, la libertad religiosa, "aun siendo reconocida sobre el papel, es obstaculizada en los hechos por el poder político o bien, de manera más solapada, por el predominio cultural del agnosticismo y del relativismo", en clarísima alusión a Europa. Esta convicción gana peso entre los católicos.