Si tuviera que dar el nombre del pensador que, en mi opinión, más ha influido en la formación de las ideas dominantes en la actualidad no dudaría en mencionar a Jean-Jacques Rousseau.

Quien, con la mentalidad de hoy, se asome a su amplia obra, encontrará, sin duda, muchos planteamientos que le resultarán familiares. En muy diversos sentidos fue el filósofo ginebrino el padre de lo políticamente correcto. Sus ideas sobre la necesidad de que el individuo renuncie a su identidad particular y se someta a la colectividad, la defensa del ecologismo ingenuo y de una visión falsa de la naturaleza, sus ataques a la propiedad privada y su formulación de los principios básicos de lo que hoy denominaríamos la educación “progresista” lo convierten casi en un personaje de nuestros días.

En la segunda parte de su Discurso sobre los orígenes de la desigualdad entre los hombres, Rousseau incluyó su famosa afirmación de que el primer hombre que un día cercó un terreno dijo que le pertenecía, y encontró a personas lo suficientemente simples como para creerlo, fue el auténtico fundador de la sociedad civil. Y lo más curioso es que añadió a continuación que si la gente se hubiera opuesto desde el primer momento a tal propósito y hubiera denunciado la impostura de aquel hombre, el mundo se habría ahorrado innumerables “crímenes, guerras, asesinatos, miserias y horrores”.

Para él, todo el progreso de la humanidad conseguido a partir del reconocimiento del derecho de propiedad era falso y despreciable. La historia ha desmentido, ciertamente, sus teorías; con el tiempo, sería la obsesión por destruir la propiedad privada lo que llevaría a la tiranía, a los crímenes y a los horrores. Pero la idea de Rousseau sigue resultando, de forma sorprendente, muy atractiva en un mundo que ha conseguido niveles nunca imaginados de prosperidad gracias a un conjunto de instituciones basadas en el derecho de propiedad.

Mundo utópico

Nuestro filósofo quería volver a un mundo utópico en el que los hombres vivían felices de forma primitiva, en el que no existían el consumo suntuario, ni la propiedad privada; y en el que los niños no deberían ser educados como los hacen nuestras sociedades degeneradas, sino “conducidos” al descubrimiento de las verdades simples de la vida. Estas ideas pedagógicas de Rousseau constituyen el comienzo del excelente libro de Alicia Delibes La gran estafa.

El secuestro del sentido común en la educación (Grupo Unisón Ediciones, 2006), en el que su autora saca a la luz las raíces del desastre educativo que hoy sufrimos en España. Con gran facilidad, Alicia Delibes nos conduce desde las ideas del pensador ginebrino a las reformas que siguieron al Mayo de 1968, pasando por los numerosos proyectos de escuela progresista desarrollados a lo largo de los siglos XIX y XX. Y coincide con Jean François Revel, quien, hace ya algunos años, afirmó sin ambages que “la decadencia que viene sufriendo la enseñanza desde hace treinta años es consecuencia de una opción deliberada, según la cual, la escuela no debe tener por función transmitir conocimientos”.

Rousseau habría aplaudido, sin duda, esta opción. Y no es casualidad que, en el marco de esta escuela en la que los maestros consideran secundario enseñar a sus alumnos las matemáticas, la lengua, la historia o las ciencias de la naturaleza, se predique el ecologismo ingenuo, se ataque la propiedad privada y se luche por ese hombre nuevo que, en nuestro país, la asignatura de formación del espíritu nacional –con el nombre de educación para la ciudadanía– ayudará a formar.

Confusión mental

Conozco los escritos políticos de Rousseau; y he leído con detenimiento su curiosa autobiografía, que define bastante bien la profunda confusión mental de nuestro filósofo. No he abordado nunca, sin embargo, su principal obra pedagógica, el Emilio, que tanta influencia ha tenido en los procesos de reforma de la educación a lo largo de los dos últimos siglos. Pero el libro de Alicia Delibes me ha hecho reflexionar sobre el tema y me ha permitido encajar las piezas del rompecabezas. La mala opinión que tenía del escritor ginebrino se ha visto reforzada tras leerlo; y creo, además, que ahora entiendo bastante mejor muchas de las ideas del pensamiento dominante hoy en la izquierda europea.

Su origen no está en Marx ni en Lenin. Los principios de lo que en su día se denominó el socialismo científico han fracasado y poca gente los defiende hoy. El mundo de la planificación soviética y de la revolución comunista sólo existe ya en zonas marginales de nuestro planeta. Pero los ataques a la responsabilidad personal, al pensamiento libre alejado de la corrección política y a la economía de mercado siguen constituyendo ideas muy extendidas. Nuestro mundo ya no es marxista, sino heredero directo del aquel pintoresco personaje y prolífico escritor del siglo de las luces que se llamaba Jean-Jacques Rousseau.