El pasado martes, 14 de noviembre, con motivo del almuerzo con el que anualmente le obsequia el alcalde de Londres, Tony Blair expuso en un amplio discurso su estrategia (“a whole Middle East strategy”) para ganar la paz en el Oriente Medio, texto que ha tenido un enorme eco en los medios de comunicación británicos. La hondura del discurso, su riqueza conceptual, la determinación que trasluce sobre la necesidad de defender los valores de libertad que han hecho próspero al mundo occidental, la apuesta por cumplir los compromisos adquiridos en política internacional, marcan la enorme arquitectura moral de un líder que, reconociendo los errores cometidos en Iraq, se niega a salir corriendo del teatro de operaciones como quieren precisamente los que diariamente llenan de sangre las calles del país con coches bomba, ante la indiferencia de los prodigiosos Zapateros que pueblan la UE.

Tres días después de que esto ocurriera en Londres, el campeón español de la alianza de civilizaciones, incapaz hasta el momento de teorizar con cierta lozanía intelectual sobre el asunto, se reunía en Gerona con el presidente francés, Jacques Chirac, para, al amor de la escudella ampurdanesa, sorprender al mundo con un plan de paz para Palestina que nadie les había pedido, plan acogido con indiferencia en la UE, con indisimulada sorpresa en Londres y con total rechazo en Israel.

“La bomba que mató a soldados británicos ayer [por el lunes 13] en Iraq fue un cruel recordatorio de que este terrorismo no tiene otro objetivo que impedir que la democracia eche raíces en los países árabes y musulmanes, fomentar la división sectaria, y hacer que desaparezca la posibilidad de una reconciliación entre gentes de distintos credos (...) En contra de los deseos del legítimo gobierno de Iraq y de la ONU, que durante más de 3 años ha apoyado este proceso democrático, el terrorismo incita a la violencia para eliminar la esperanza (...) Gran parte de las respuestas para Iraq no están en el propio Iraq, sino en la totalidad de una región donde opera el mismo terrorismo global y florece el extremismo”. Botones de muestra del discurso de Blair en la alcaldía londinense.

Una visión compleja de un problema endiabladamente complicado. Nuestro genial Zapatero, por el contrario, dispone de una fórmula de éxito infalible para lograr la paz anywhere. Se trata, además, de una fórmula bastante sencilla, que básicamente consiste en dar a los terroristas lo que los terroristas quieren, algo que, si no es la rendición pura y simple, se le parece mucho. En Palestina, por ejemplo, la fórmula Zapatero se asemejaría mucho a la que viene preconizando ese adalid de la democracia que es el iraní Almadineyad.

Zapatero parece haber optado por poner en práctica su solución milagrosa en el País Vasco, con motivo de la negociación con la banda terrorista ETA. A pesar de que el llamado ‘proceso’ está en crisis, y la kale borroka reina en los feudos abertzales como en sus mejores días, nuestro presidente está decidido a seguir adelante “por encima de todo”, camino sin retorno que equivale a decir por encima de la voluntad de al menos la mitad de la población española, que rechaza sentarse con la banda si antes la banda no condena la violencia y depone las armas.

Que está decidido a seguir caiga quien caiga lo demuestra la noticia que Óscar L. Fonseca publicaba el pasado miércoles en este diario y en exclusiva: “PSE, PNV y Batasuna deciden seguir con sus reuniones secretas pese a la kale borroka” (noticia calcada ayer por El País que, con gran alarde tipográfico y muy poca vergüenza, abría su sección de nacional de esta guisa: “PNV y PSE mantienen los contactos con Batasuna pese al bloqueo y la kale borroka”). No hay, pues, marcha atrás para Zapatero, algo que sabe muy bien la banda terrorista.

Y no la hay porque pocos Gobiernos en la democracia como el actual se habrán plantado casi al final del tercer año de legislatura con tan magros resultados, con millones de españoles escandalizados por lo que está ocurriendo en la tómbola de las renovaciones estatutarias, hartos del sectarismo desplegado en la revisión del pasado colectivo reciente, alarmados con el descontrol de la política de inmigración. Para un líder como Zapatero, que ha demostrado de forma reiterada su escaso tirón electoral por las cuatro esquinas del país, la “pazzzz” vasca se ha convertido, más que en una necesidad, en algo parecido a una obsesión, desde luego un salvavidas que desesperadamente necesita para seguir en el Poder.

Por eso quienes, a pesar de todo, a pesar de lo podrida de la situación, piden a Zapatero consenso con la oposición en tres o cuatro cuestiones básicas para evitar males mayores, se equivocan. El presidente ha quemado sus naves con su apuesta por el diálogo con los terroristas al margen de la mitad de los españoles, ha ido ya demasiado lejos, su estrategia no tiene vuelta atrás. Sólo cabe esperar que los violentos, en su infinita y arrogante soberbia, pretendan ganar el partido por tal goleada que el consiguiente escándalo haga encallar el proceso, obligando a Zapatero a disolver para ir a elecciones anticipadas. Y que sean los españoles en su conjunto quienes digan si quieren una paz ganada desde la fuerza del Estado de Derecho, a lo Blair, o una simple rendición negociada, a lo Zapatero.