El Foro Nueva Economía invitó recientemente a un concurrido grupo de personalidades y empresarios a la «conferencia-almuerzo» celebrada el pasado jueves en Madrid con Álvarez Areces de protagonista.
No consta la presencia de alguna «leyenda urbana», ni se divulgaron muchos datos sobre el menú, ni mucho menos el grosero detalle sobre los gastos de la pitanza que patrocinaba gentil -puede que hasta desinteresadamente- una constructora (¿o es petrolera?), pero tratándose del hotel Ritz, que se publicita como uno de los diez mejores del mundo, seguro que tuvo que comerse muy bien.
Lo que sí llegó hasta nuestra región fue el eco del discurso de Álvarez Areces y, más concretamente, el interés de algunos participantes durante el coloquio por las cuestiones urbanísticas. Ahí surgió con ímpetu el ecologista número uno del Principado para proclamar su esfuerzo por preservar nuestra costa de la presión urbanística. «No vean lo que cuesta aguantar el tipo y todo tipo de presiones y necesidades», contó.
Vaya. Di de qué presumes y te dirán de lo que careces, Areces. Sólo tomando Gijón como referencia, no hace falta ir muy lejos para encontrar alguna muestra de intereses de pura y dura especulación con la costa de por medio. Algo saben -y sufren- Morala, Carnero y demás trabajadores de Naval Gijón sobre un asunto que les afecta directamente al puesto de trabajo.
Mientras el tiempo y la falta de carga en nuestros últimos astilleros acaban por construir más pisos a precio estratosférico en el suelo de Poniente, el paisaje local ya dispone a la vera del Cantábrico de la primera muestra de lo que entiende nuestro paladín ecologista por aguantar el tipo y defender la costa: «El Rinconín». Aunque con el paso de los años la retina de los paseantes se acostumbra al disparate urbanístico y la memoria por enmascarar quien lo perpetró, es muy ilustrativa la estampa del grupo de adosados. Unos chalés que fueron ejecutados con la licencia urbanística otorgada por el entonces alcalde de la ciudad a una promotora de la que formaba parte principal algún viejo camarada, editor y amigo. De tan peculiar guisa, a finales de los ochenta, se desgració para siempre un extraordinario y entrañable lugar de Gijón. De ecologista a ecolojeta, un suspiro.
Otra muestra local de la frenética actividad de este autoproclamado gran defensor del litoral la tenemos esta vez en el mismísimo Cantábrico. ¿Cómo olvidarse de lo que pretendían construir en El Musel? A Areces sí que le convendría que se olvidase. Suyo era el proyecto conocido como «Alternativa 3C», concebido para penetrar varios kilómetros en la bahía arruinando para siempre la playa de San Lorenzo. Sólo la firme decisión de Francisco Álvarez-Cascos como ministro de Fomento evitó que se llevara a efecto semejante monstruosidad, contra la que algunos nos opusimos con alegaciones y dimos la cara frente a la corriente oficial imperante, o sea, la arecista, e incluso frente a algunos propios dedicados a hundir la tarea de sus compañeros .
La penúltima superhazaña «ecolojeta» conocida sobre la ampliación portuaria fue que las constructoras de cuya unión temporal forma parte la del ex presidente del Real Madrid Florentino Pérez, distinguido comensal en el gran salón, pretendían una modificación del proyecto de El Musel con el pretexto de los temporales en el Cantábrico. Cien millones de euros, es decir, 16.500 millones de pesetas, de propina. La propuesta quedó en nada a la espera de que el cambio climático acredite la necesidad de más dinero público. Mucho más.
El currículum ecologista de Areces se cerró, momentáneamente, en el Ritz madrileño, mientras en Gijón, lejos de la alfombra roja y del postín, miles de vecinos de nuestra zona rural afectados por la voracidad de Sogepsa continúan aguardando el veredicto final sobre sus haciendas familiares. Y en San Andrés de los Tacones, ídem. De los trueques urbanísticos a conveniencia de parte en torno a los terrenos ferroviarios liberados en el centro de la ciudad nos vamos enterando por dosis -será para no horripilarnos-, y así dale que te pego.
En fin, que, desde los tiempos gloriosos de Greenpeace, no se había visto cosa igual. Reconozcamos que, por inusual, la de Álvarez Areces en Madrid es una estrategia novedosa: ungirse como líder medioambiental ante la selecta audiencia del hotel Ritz y deleitar a la concurrencia empresarial con tanta dosis de ecologismo de salón (de lujo). Visto lo visto, ¿quién se acuerda ya de El Rinconín y del superdique de El Musel?
Isidro Martínez Oblanca fue senador del PP.

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