«Todas las radios generalistas están abriendo sus micrófonos a los oyentes en Francia», escribía Benoit Delmas en el último número de octubre del semanario Le nouvel Economist. «Palabras de oyentes: las radios cada vez dan más espacio a la interactividad», abría Le Monde TV & Radio en su segundo número de noviembre.

La situación se repite en España. Ayer mismo me desperté con los oyentes de Radio 1, desde Plasencia, hablando con Forges, Pancracio y el resto del equipo sobre el vicio universal del cotilleo, y con los oyentes de Protagonistas en Punto Radio poniendo a parir o por las nubes todo lo que se mueve en nuestra querida España. La COPE ha hecho de sus preguntas diarias a los oyentes una seña de identidad en su última etapa.

La hora del oyente dedicada por Carlos Herrera en Onda Cero la semana pasada a los obsesivos fue un lujo. Llevaba meses sin reírme tanto. No es normal escuchar a Lorenzo Díaz denunciar en público la egolatría de su jefe o llamarse a sí mismo «plasta radiofónico... que ha vendido 400.000 ejemplares de su última obsesión por el Quijote». Hay obsesiones, por lo que se oye, la mar de rentables. Nunca pensé que hubiera tanto loco por trenes, coches, músicas raras, bichos, anuncios, semanas santas, el tiempo, la salud y cosas peores. En el fondo, todos tenemos nuestro punto negro de fundamentalismo monotemático. Confesó Herrera que la idea del programa le había venido escuchando en la Ser a una señora obsesionada por Miguel Servet en el programa de Gemma Nierga la tarde anterior. O sea: Carlos escucha a Gemma.

¿Estamos en la resbaladiza pendiente de la democracia de opinión, donde todos nos convertimos en expertos y en periodistas, o ante la explotación sin límite de la demagogia participativa? ¿Da o quita oyentes este tipo de radio? ¿Fortalece o debilita nuestros sistemas democráticos? ¿Es realmente una tendencia novedosa o una de las más antiguas del medio? ¿Se parece en algo a lo que, en el tercer mundo, se entiende por radio participativa? En un sesudo análisis académico del asunto presentado en el congreso nacional de las Ciencias de la Información y la Comunicación de Francia hace dos años, Nicholas Becqueret demostraba que dar la palabra al oyente es algo tan viejo como la radio, pero que la forma de hacerlo ha variado con el tiempo y los países. «Mientras en Francia, por ejemplo, ha importado sobre todo el papel didáctico, la formación de ciudadanos, en los EEUU ha primado el espectáculo y el populismo», escribe.

Hay tantas formas de participación como programas. En Francia casi todos los informativos incluyen ya un tiempo para que los oyentes pregunten a los protagonistas invitados a los estudios o para que reaccionen a las noticias del día. Pensando en las presidenciales de abril, RCM propone cada semana un tema a los oyentes y les invita a responder por internet. Una síntesis de las respuestas se puede leer cada viernes en la web de la emisora. «Se trata de trazar el retrato de la Francia de hoy», explica el director Frank Lanoux.

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