LAS CLAVES. PRIMER ANIVERSARIO.

Un año después de llegar a la Cancillería, el Gobierno 'rojinegro' de Angela Merkel sólo tiene el apoyo del 19% de los alemanes, pese a la marcha de la economía y al pujante papel del país en los escenarios internacionales. Las pequeñas y 'sangrientas' batallas internas entre democristianos, socialcristianos y socialdemócratas han acabado marcando la percepción de los ciudadanos.

La derrota de la lógica. Así es probable que los futuros alumnos de Ciencias Políticas estudien el primer año de la Gran Coalición con Angela Merkel al timón: la primera mujer y el primer político de la desaparecida Alemania comunista al frente de la Cancillería federal en Berlín.

El mismo día que Angie agarraba las riendas, el 22 de noviembre de 2005, cuatro días después de lograr el acuerdo de Gobierno y dos meses desde la celebración de las elecciones, su índice de popularidad rozaba el 61%, para alzarse 100 días más tarde hasta el 74%. Un porcentaje que ni Helmut Kohl ni Gerhard Schröder, sus antecesores, disfrutaron jamás. Hoy, sin embargo, se ha desplomado hasta el 35%.

Durante este año, democristianos (CDU), socialcristianos (CSU) y socialdemócratas (SPD), unidos en una alianza contra natura, han visto cómo la reedición del milagro alemán era posible, mientras los indicadores económicos les sonreían en medio de un duro programa de reformas ya iniciado por Schröder en su Agenda 2010.

En el terreno internacional, Merkel ha sabido colocar al país en el primer plano y, en el interior, los alemanes han perdido el miedo a sentirse orgullosos de serlo y a demostrarlo, ayudados por el éxito organizativo en el reciente Mundial de fútbol. Y sin embargo, el último sondeo indica que el Ejecutivo apenas goza hoy de la confianza del 19% de los ciudadanos.

Además, hay un dato que asusta. El 51% de los alemanes no se siente satisfecho con el funcionamiento de la democracia (hasta un 68% en los antiguos estados federales de la RDA). Para los estudiosos, toda una consecuencia de la labor de la Gran Coalición.

Dos claros indicadores en la prensa explican este mundo al revés. Por un lado, una caricatura de Klaus Stuttman en The Financial Times Deutschland, en la que se ve a los miembros del Gobierno avanzando en tropel mientras se clavan todos los puñales y tenedores a su alcance. Y Merkel grita: «¡Otro pastel para repartirnos!», en referencia al regalo de 40.000 millones de euros extra logrados en los ingresos fiscales.

Por otro lado, la sin duda sublime doble portada de Der Spiegel del 29 de noviembre. En un escenario cervantino y bajo el título «¿Quién gobierna Alemania?», existía la posibilidad de adquirir la revista con el vicepresidente Franz Müntefering (SPD) mutado en Don Quijote y Merkel cual Sancho Panza, o bien con la canciller convertida en el Caballero de la Triste Figura y su número dos elevado sobre el rucio. «El Gobierno de los débiles», remataba Der Spiegel en páginas interiores, comparando el Ejecutivo CDU-CSU-SPD con un soufflé y apuntando que si sigue adelante es por pura «inercia burocrática».

La Gran Coalición llegó con un programa muy claro, que incluía tres importantes y dolorosas reformas: la sanidad, el impuesto de sociedades y el mercado laboral. Y, si bien los primeros meses fueron aplazadas por el torbellino Merkel, centrada en recolocar a Alemania en los principales debates internacionales, el calendario previsto se ha ido cumpliendo a costa de un desgaste en su imagen debido a pequeñas y sangrientas batallas internas que han marcado la percepción ciudadana.

En política exterior, Merkel barrió en la Cumbre de diciembre de 2005 en Bruselas y logró mediar entre Francia y el Reino Unido para sacar adelante los presupuestos; poco después, recorrió las principales capitales del mundo cual estrella del pop y se atrevió a mediar entre Israel y Palestina; en Francia, fue recibida por el presidente, Jacques Chirac, en un besamanos y ambos acordaron que volverían las buenas relaciones de la locomotora francoalemana, pero sin los días de vino y rosas de la era Schröder; en la negociación con Irán sobre la cuestión nuclear, Alemania se equiparaba con los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU; en Rusia, aclaraba al presidente, Vladimir Putin, que la alianza con Moscú era estratégica para Berlín y Bruselas, pero exigía más democracia; y en EEUU, la líder que dijo «hay alemanes que no estamos en contra de la intervención en Irak», recomponía las relaciones con la Casa Blanca al tiempo que criticaba formalmente la situación en la prisión de Guantánamo. En resumen, fuera de Alemania se trataba de deconstruir la labor exterior de Schröder.

Mientras, la imagen del país se fortalecía con la participación de tropas alemanas en las misiones de paz del Líbano (2.400 soldados), Afganistán (2.700), Bosnia, Sudán y Congo. Amén de su despliegue en el Cuerno de Africa dentro de la operación Duradera de Washington contra el terrorismo tras los atentados del 11-S. En total, más de 10.000 militares.

No obstante, en el último mes, los incidentes con el Ejército israelí en el Líbano, las imágenes de soldados alemanes en Afganistán fotografiándose junto a calaveras, el hecho de que algún vehículo de la Bundeswehr, el Ejército federal, mostrara insignias militares de la era nazi y un oscuro suceso en el que un soldado apuntó a la cabeza de un niño han provocado que cada día más ciudadanos se muestren contrarios a estas misiones.

No obstante, según varios analistas, el desgaste del Ejecutivo de puertas para adentro se debe a que no han sabido transmitir al votante los avances, y sí las explosivas batallas dialécticas entre los titulares de los ministerios y los jefes de los gobiernos de los Länder, los estados federados.

Las previsiones financieras son idílicas. Los famosos Cinco Sabios, el Consejo Asesor de Economistas del Gobierno, y los principales institutos económicos del país coinciden en prever un crecimiento del 2,4% para 2006 y del 1,8% en 2007. La tasa de inflación queda en el 1%, la balanza comercial en el 4,2% y la confianza empresarial ha subido tras cuatro meses de descenso. El paro se reduce mes a mes y ya hay datos que lo colocan a final de este año por debajo de la barrera psicológica del 10% (4,5 millones de desempleados, lejos de los cinco millones que dejó Schröder). La tendencia del paro seguirá en 2007 y el déficit se calcula en el 2,2% del PIB en 2006 y en el 1,5% el próximo año, lo que permitirá ya este año volver a cumplir el Pacto de Estabilidad europeo.

Sin embargo, tanto los Cinco Sabios como los distintos institutos aprovechaban para rejonear al Gobierno acusándole de navegar amparado en la situación coyuntural, de «debilidad», «de llevar un rumbo errático sin fijar sus prioridades» y de «desperdiciar oportunidades a causa de los intereses encontrados». En definitiva, exigían reformas «más ambiciosas».

Entre sus primeros cambios, el Gobierno anunció el proyecto de subir la edad de jubilación de los 65 a los 67 años, un primer golpe para el electorado. Después, llegaría la farragosa reforma sanitaria, quizás el talón de Aquiles en su imagen ante el votante, ya que durante meses sólo se percibieron las acusaciones entre los partidos, los ataques del SPD al liderazgo de Merkel e incluso los de muchos barones de la CDU y la CSU -acusándola de haberse quedado corta en sus exigencias-, que obligaron a la canciller a hacer públicamente un llamamiento a la unidad entre los suyos -principalmente a su principal crítico y oponente, Edmund Stoiber, el líder socialcristiano- y a pedir respeto por la coalición a todas las partes.

El presidente del estado de Hessen, el conservador Christian Wulf -uno de los principales rivales de Merkel, junto a Stoiber, en las filas de la CDU-CSU-, llegaba a decir que Alemania necesitaba «un Jürgen Klinsmann para los asuntos políticos», en referencia al entrenador de la selección que desató una ola de optimismo y confianza entre los ciudadanos durante el Mundial.

Desde el SPD, por su parte, su presidente, Kurt Beck, y el líder del grupo parlamentario, Peter Struck, criticaban la falta de firmeza de Merkel frente a sus díscolos barones. Beck, incluso, llegó a declarar que algunos miembros de la CDU-CSU «simplemente no estan preparados para gobernar».

Finalmente, se firmó un acuerdo de mínimos de difícil materialización que se comenzaría a aplicar en 2009, cuando otro Gobierno se siente ya en la Cancillería. En el corazón de la reforma, la creación de un burocrático fondo común de salud al que contribuirán asegurados, empresas y el Estado, y que repartirá el dinero entre las cajas de salud públicas. Éstas dejarán de decidir el importe a pagar por el usuario. Los seguros privados seguirán sin contribuir al costoso sistema público.

En estos días, el país asiste a las protestas de médicos, cajas, trabajadores y, por supuesto, los usuarios, para los que, en definitiva, supone un aumento de las cotizaciones, que pasan del 14,2% al 15%, con la mitad a cargo del empleador. Por otro lado, la decisión de penalizar económicamente a los enfermos de cáncer que no se hayan sometido a las pruebas preventivas ha desatado las críticas desde diferentes sectores.

Y, después de meses de negociación, la reforma sobre el impuesto de sociedades también ha visto la luz con el objetivo de descargar a las empresas, disuadirlas de trasladarse al extranjero (deslocalización) y hacer Alemania más atractiva a la inversión. Según el acuerdo, se prevé una reducción de la tasa impositiva para las sociedades de capital del 38,7% actual a menos del 30%. El Gobierno pretende compensar la caída de los ingresos eliminando algunas desgravaciones fiscales.

En cuanto al tercer objetivo, el mercado de trabajo, prosiguen las negociaciones con posiciones muy encontradas. CDU-CSU quieren seguir recortando las ayudas al desempleado, liberalizar los despidos y acabar con las subvenciones a parados de larga duración que se permiten rechazar trabajos de baja remuneración. El salario mínimo de ocho euros a la hora que preconiza el SPD de momento ha sido aparcado por Merkel.

Esto, unido al descubrimiento de una nueva clase baja, ocho millones de alemanes, la mayoría en el este, que viven en una situación precaria con escasas perspectivas de mejora, ha revuelto también los humores del votante.

Entre medias, la lucha del Gobierno contra el consorcio aeronáutico EADS para que sus recortes de empleo sean repartidos por igual entre las distintas plantas de fabricación europeas, al tiempo que lucha por mantener la participación alemana en el accionariado frente al vecino francés.

Asimismo, ya antes del verano el Gobierno sacó adelante la reforma federal, que reducía la cantidad de leyes -del 65 al 35%- que requerían la aprobación del Bundesrat, la Cámara federal, y que servía a la oposición para bloquear normas selladas en el Bundestag, la Cámara baja.

Y ni hablar de adelantar las elecciones. Las partes son conscientes de que las encuestas pronostican a ambos una debacle por debajo del 30% en intención de voto. Así que, mejor seguir adelante, en la esperanza de que la Presidencia de la Unión Europea y del G-8, así como tres importantes elecciones regionales, sirvan como maniobra de dispersión.

Y, mientras, en el panorama futuro parece que se despeja la incógnita E.ON -una polémica que ha pasado casi desapercibida entre los alemanes-, tras la eliminación a exigencia de Bruselas de las cláusulas que imponía la Comisión Nacional de la Energía (CNE) española, lo que permitirá al gigante eléctrico germano hacerse con el control de Endesa, también se incluye a partir de enero una subida del IVA del 16 al 19%.

Lo que, si bien tiene el objetivo de ayudar a aplacar las presiones sobre la economía, también apunta a financiar de forma parcial un recorte en los costos laborales no relacionados con los salarios. Un nuevo ataque, uno más, al bolsillo del ciudadano alemán.

Un futuro marcado por la Presidencia de la UE y el G-8

BERLIN.- El miembro del Gobierno más confiado en que las aguas volverán a su cauce en el terreno doméstico es sin duda la canciller Angela Merkel, que no ha dejado en las últimas semanas de augurar «mejores tiempos». «Si seguimos trabajando con un propósito claro y sin hacer falsas promesas, podremos recuperar la confianza perdida», aseguraba hace semanas en una entrevista al diario Bild am Sontag. A corto plazo, el Ejecutivo rojinegro deberá materializar la conflictiva reforma del mercado laboral -que promete nuevas batallas a degüello entre las posiciones muy enfrentadas de conservadores y socialdemócratas-, mientras que los efectos de la subida del IVA del 16% al 19% desde el pasado 1 de enero le pasará de nuevo factura en los próximos sondeos de opinión entre los ciudadanos.

Pero, desde la cabeza de la Cancillería, Merkel y el socialdemócrata Franz Müntefering confían en que varios acontecimientos del futuro próximo desvíen la atención y relajen la tensión. Por una parte, en 2007 se celebrarán tres elecciones regionales importantes, en las que se verán implicados dos de los líderes de la revuelta contra la canciller durante la negociación de la reforma sanitaria. Edmund Stoiber, todopoderoso líder de la CSU y primer ministro de Baviera, así como los también conservadores Christian Wulf y Roland Koch, deberán centrar su atención en mantener sus parcelas de poder en sus respectivos Länder.

Sin embargo, Merkel deposita su máxima confianza a la hora de recuperar el favor de los votantes en la Presidencia semestral de la UE y del G-8 -organismo que reúne los países más industrializados del mundo- a partir de enero. A las riendas de Bruselas, la canciller ya ha anunciado como objetivo prioritario el relanzamiento de la Constitución Europea, hoy en situación límbica tras el rechazo de los referéndum francés y holandés.

Según una especie de hoja de ruta hecha pública por el Gobierno a principios de noviembre, con el significativo lema «Juntos lograremos Europa», la gran coalición se prevé como metas poner más énfasis en áreas como la energía, la lucha contra el cambio climático, la educación, y la lucha contra el terrorismo.

La Presidencia de Alemania en la UE, que tomará el relevo de Finlandia, también se centrará en buscar respuestas unificadas a la inmigración -que ya ha provocado algunos rifirrafes con España-, «pues el drama de los refugiados y la emigración ilegal a Europa nos afecta a todos y merece una respuesta europea». Sobre la adhesión de Turquía, Berlín ha evitado pronunciarse, aunque ha dejado claro que descarta una nueva ampliación, porque «la responsabilidad con la identidad europea lo requiere».

Al frente del G-8, la Cancillería ya ha anunciado que Africa y el medioambiente serán las prioridades, mediante el apoyo a los países comprometidos con el fortalecimiento de las instituciones y el desarrollo económico.

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