DOS EN LA CARRETERA
Este intercambio epistolar comienza con los consejos de Él para que el Partido Popular recupere el terreno perdido en Cataluña, a lo que Ella responde con una explicación de por qué ese partido tiene poco espacio en esa comunidad. Él intenta, como siempre, llevarla al terreno del teatro, donde ha visto una soberbia interpretación de Nuria Espert. Pero Ella vuelve a la política, quejándose por la confusión de ideas del candidato de Ciutadans. Finalmente Él le cuenta cuáles son sus compañías favoritas en la Academia y Ella le replica que la vida está en otra parte.
EL SITIO DEL PARTIDO POPULAR EN CATALUÑA
Querida Cayetana...
A veces empleas adjetivos búmeran que son aplicables a tus renovados entusiasmos políticos. Tu optimismo sobre las elecciones catalanas es, en efecto, truculento. Ciertamente no se ha producido la catástrofe del PP pero hay cosas innegables, aunque Piqué sea un hombre discreto y prudente, también inteligente y simpático, si bien sería gravemente calumnioso afirmar que tiene una gran capacidad de comunicación. Mira, Cayetana, el único socio posible del PP en Cataluña, Convergencia y Unión, que ocupa una parte sustancial del centro derecha, se fue a firmar ante notario un escupitajo de antología: en ningún caso aceptaría el apoyo del Partido Popular. Es decir, el grupo concordante en ideología, puso en la frente del PP el sello del apestado, el sambenito del escarnio y el rechazo. El resultado electoral no mejoró la situación. El PP se situó airosamente en un cuarto puesto y sus escaños no sirven, como sí ocurrió en ocasiones anteriores, para dar la mayoría a ningún partido. A eso se le llama quedarse fuera de juego.
No todo está perdido, sin embargo, para el PP. Si a partir de ahora establece una política de soluciones y mira hacia el futuro puede recuperar el terreno perdido, obtener un buen resultado en autonómicas y municipales y presentarse con alguna posibilidad a las generales. Tras la derrota del 14-M, la política pastelera condujo a perder las europeas, al fiasco en Galicia y al mediocre papel en Cataluña. Tal vez, por eso, algunos echamos de menos a Aznar. Si el PP recupera el espíritu aznarí de plantar cara a la situación con firmeza y claridad mirando al futuro y aportando soluciones a los problemas que acechan a los españoles, todavía estamos a tiempo de que se enderecen las cosas. Y sé que tú puedes jugar un papel relevante en esa operación, sobre todo si te mantuvieras, como periodista, en la objetividad y no confundieras, como política, los deseos con la realidad.
Querido Luis María...
Insistes con Cataluña, insistes con tu pesimismo y consigues que me ponga triste. ¿Cuánto tendrá que cambiar Cataluña y cuánto el PP para que nos encontremos en el camino? Durante las últimas décadas de la dictadura, muchos catalanes libraron una larga batalla con dos frentes: la lucha por la democracia y la lucha por el reconocimiento de sus señas de identidad. Fue un combate romántico y desigual, aunque no siempre heroico, a veces retórico, constante, mayoritario y eventualmente casi unánime. En esa batalla se aglutinaron fuerzas dispares, cristalizaron sentimientos, se forjaron recuerdos, nació una estética. Hubo una sensación de vértigo, la certeza moral (una absoluta conciencia de tener razón) combinada con una cierta inseguridad física (un riesgo suficiente para acelerar los días de invierno y las noches de verano), y, por supuesto, el éxtasis y el desconcierto de la victoria final. Hoy es fácil sonreír al recordar aquellos esfuerzos sinceros y aquellos minúsculos triunfos. Pero no hay nada risible en las nubes blancas de Llach, las grietas sutiles de Sarsanedas y las preguntas sin respuesta de Vinyoli.
¿Cómo convencer a todos los que han crecido viviendo o recordando esos momentos, esas referencias, esos sobreentendidos que esa lucha ya terminó? Es una evidencia banal: vivimos en un Estado plenamente democrático y Cataluña tiene la absoluta garantía de que sus símbolos, sus instituciones y sus dos lenguas tienen y tendrán pleno reconocimiento en nuestra Constitución. ¿Quién les explicará que Madrid ya no es Madrid? ¿Que España ya no es España? O mejor: que España por fin es España.
Desde luego, Luis María, el PP todavía no ha conseguido hacerlo. Pero seguiremos intentándolo. También nosotros hemos tenido que aprender, y seguiremos aprendiendo. Y un día, estoy segura, seremos capaces de persuadir a muchos catalanes de que la Cataluña de Miró, Sert y Casals tiene sitio y continuidad en la España de Piqué y Montse Nebrera.
DEL BUEN SENTIDO A LA CONFUSION DE RIVERA
Querida Cayetana...
El casi todo Madrid del teatro, Gallardón incluido, se concentró el miércoles en La Abadía para ver a Nuria Espert y a José Luis Gómez trabajando juntos. El no va más. Nuestra revista El Cultural había anticipado en portada el acontecimiento. Tengo mis reservas sobre la obra, Play Strindberg, de Dürrenmatt, y también sobre la dirección de Georges Lavaudant. Pero la interpretación fue soberbia. Lluís Homar completó eficazmente el esfuerzo gigante de Nuria Espert y José Luis Gómez. El termómetro cultural de una ciudad es el teatro. Y la representación de La Abadía demuestra la calidad de la cultura de la capital de España, a pesar de tanto sectarismo político.
Sobre Nuria Espert, la inmensa actriz catalana, publiqué yo un recuadro en ABC el 17 de mayo de 1959. Tal vez fue lo primero que se escribió sobre ella. Ocurría enton-ces en Cataluña lo que exacta, certeramente, describes en tu carta. Lo que pasa es que, tras unos años magníficos de transición, Cataluña se está crispando y no hay garantía ni de moderación ni de equilibrio ni de bilingüismo. Por el contrario, Carod se propone imponer el catalán como único idioma de Cataluña. No lo conseguirá porque el buen sentido de aquella región, especialmente querida por mí, impedirá la tropelía y ahí tienes a Albert Rivera, con Boadella, Espada y tantos otros, dispuestos a polarizar la revuelta intelectual y política contra el totalitarismo intervencionista que se pretende establecer desde el tripartito, con la complicidad de Zapatero, el de las mercedes. Maragall y Mas nos cojan confesados.
Querido Luis María...
Ha dicho Albert Rivera en Expansión: «Todos somos hijos de Marx y Adam Smith». ¿De verdad? Yo, como mínimo, tataranieta. Como también desciendo de Gentile, de Marcuse, de Heidegger, de Gramsci y, gracias a Dios, de Hayek, Keynes, Voltaire y Pascal. No se trata sólo de describir una herencia, conmovedora y contradictoria como todas; deberíamos tener el coraje de escoger a aquellos antepasados cuyo legado aspiramos a perpetuar.
Hay en la frase de Rivera una terrible equidistancia ante el dilema entre marxismo y liberalismo. Dilema que, más adelante, en sus declaraciones, se desliza y pervierte al oponer socialdemocracia y capitalismo. Ojo con esta falacia: la socialdemocracia moderna, la que defiende la economía de mercado hasta donde es razonable, la que aspira a una justicia social que entorpezca lo menos posible la libertad individual, la que exige igualdad de oportunidades, es una variante (una herejía, para algunos) del pensamiento liberal. No demos la satisfacción intelectual a quienes no lo merecen de aceptar que el Estado del Bienestar es tributario del marxismo. La redistribución de la riqueza mediante un régimen impositivo y un sistema de prestaciones sociales no tiene absolutamente nada que ver con la negación de la propiedad privada. Otra cosa es que la lucha de aquellos que defendieron el marxismo haya ayudado a despertar conciencias, desembocando en un compromiso razonable: histórico y social, pero no intelectual.
Afortunadamente, nuestra alternativa hoy no es otra que la de escoger entre Galbraith y Friedman. Los dos nos han abandonado este año y los dos han muerto sabiendo que no tenían toda la razón. Como sospecha de sí mismo Albert Rivera cuando se declara a favor «del liberalismo clásico, no del liberalismo económico». No hay mejor ejemplo de nuestra resaca intelectual, de la buena fe y la mala conciencia que compartimos con Jaime Gil: «A vosotros pecadores/ como yo, que me avergüenzo/ de los palos que no me han dado,/ señoritos de nacimiento/ por mala conciencia escritores/ de poesía social,/ dedico también un recuerdo,/ y a la afición en general».
¿ESTA LA VIDA EN LA ACADEMIA?
Querida Cayetana...
Me divierte saber que eres tataranieta de Voltaire. Claro, por eso tienes rubia la inteligencia, la palabra yacente y a Acebes impecune de teatros y conciertos. Yo creí que tenías que ver con aquel duque de Alba que saqueó Roma y escribió al Papa: «A ver si Vuestra Santidad empieza a ser padre de su grey en lugar de padrastro». Los vientos del Este, los vientos del Oeste, las tempestades de Génova, te transforman. A mí me interesan más los versos de Gil de Biedma, sobre todo los que no citas, que el cóctel de ideas en el que mezclas, y agitas supongo, a Heidegger y a Gramsci, a Pascal y a Marcuse.
Me ha dejado tu carta tan desolado que me he leído el último libro de Francisco Rico. Es una obra capaz de erizar la inteligencia de José Antonio Pascual. Para un aficionado, casi un profesional, de las artes gráficas, como soy yo, la ecdótica del Siglo de Oro, a través del texto del Quijote y otros libros singulares, me ha parecido apasionante, ya ves lo que son las cosas. No hay un personaje más divertido en la Academia que Paco Rico aunque a mí lo que me gusta es estar con Margarita Salas, escuchar a Emilio Lledó, hablar con Nieva y tomarles el pelo a Víctor García de la Concha y a Pérez Reverte, que andan por la vida en serio, los pobrecillos.
Lo importante, en fin, de Albert Rivera no es lo que piense, que ya se irá enterando de lo que es la política, sino la actitud que ha adoptado ante el totalitarismo intervencionista del tripartito. Él y sus ciudadanos merecen una salva de aplausos. Rivera se dará cuenta algún día de que la política es una larga paciencia, un largo, largo, saber esperar, una corona de espinas que se le clava a Carod Rovira un poco más cada semana.
Querido Luis María...
Andaba yo reclamándome heredera de la Ilustración más irreverente y contemporizando con la socialdemocracia cuando me he dado de bruces con las declaraciones de Ségolène Royal tras su victoria sobre sus jurásicos rivales. Con ese lenguaje vacuo que nos es tan familiar, con esa invulnerable sonrisa y esa lectura amable de un discurso superficial, grandilocuente, casi infantil, la candidata presidencial del Partido Socialista francés me ha despertado de mi letargo: ¿dónde estás, Revel?
Como tú eres un caballero español, deja que sea yo quien me subleve contra la condescendencia y el injustificado entusiasmo con que se ha recibido la noticia de que una mujer opta a la jefatura del Estado. Y también contra el machismo de las innumerables crónicas que comienzan: «madre de cuatro hijos, etcétera». ¿A alguien le importa cuántos hijos tiene Chirac?
Educada, como todos, en Sciences Po y graduada en la promoción Voltaire (aunque no te lo creas) de la ENA, Royal es el último obstáculo de Nicolas Sarkozy para llegar al poder. Quieran Carlomagno, Rolando, San Luis y Juana de Arco que lo supere. De ello depende el futuro de Francia y, quizá, de Europa. Y en cualquier caso de España: el gran ausente en Gerona es el único político francés que ha entendido y compartido el drama de nuestra lucha contra el terrorismo. De origen húngaro, y tan resolutivo como su difunto compatriota Puskas, Sarkozy representa, infinitamente más que Royal, lo que de rompedor, moderno e ilusionante queda en la sociedad francesa.
Aunque de tu relato deduzco que te sientes más cercano a los inmortales y preclaros académicos, que guardan las esencias de una gloria fânée. ¿Será D'Ormesson tan ocurrente como Rico? ¿Se reirá Lévi-Strauss de Lustiger y Orsenna? ¿Se seguirá tomando tan en serio a sí mismo Giscard d'Estaing? En los serenos salones de las academias, la existencia es lenta y la impaciencia violenta. Sin despreciar las travesuras y peripecias que con tanta gracia refieres, la vida, Luis María, está en otra parte. Y, si no, pregúntaselo a Umbral.
© Mundinteractivos, S.A.

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