Por una lengua viva, de Leopoldo Alas en El Mundo de Madrid
Speaker's corner
No era lo que se dice un planazo: la solemnidad de los señores académicos en sus asientos, la larga duración de un acto tan solemne y esos discursos tan solemnemente convencionales sobre nuestra lengua. Por presenciar algo así con relativa educación, con una paciencia infinita e incluso sin mover un músculo de la cara -como la Princesa Letizia cuando discretamente el Príncipe Felipe le dijo algo al oído-, deberían habernos premiado a cada uno de los asistentes con un ejemplar del Diccionario esencial de la lengua española, que se presentó el lunes pasado en la sede o panteón de la RAE. La editorial Espasa Calpe, o sea, Planeta, podía haberse estirado un poco. O por lo menos, que hubieran pasado unas bandejas de canapés para reponer fuerzas. Supongo que no lo hicieron porque pensarán que los del gremio nos alimentamos de palabras pero, si así fuera, razón de más para regalarnos el diccionario.
Nos fuimos sin él y tuvimos que esperar al día siguiente para enterarnos por la prensa que en él se define el matrimonio como «la unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales». No se hace la menor referencia a la reforma legal que ha permitido el matrimonio entre personas del mismo sexo. El presidente de la RAE, Víctor García de la Concha, lo justificó diciendo que es una excepción que sólo ocurre en España y anunciaba tan campante que, «si persiste el uso en esa forma, lo incluiremos». ¿Por qué no había de persistir, cuando de hecho y de derecho se están celebrando matrimonios entre gays y entre lesbianas?
A mí esto me parece una manifiesta insumisión de la RAE a la legalidad vigente que no deberíamos pasar por alto. Ni el lenguaje es inocente ni lo son los académicos. Mi interpretación es que la Academia se ha alineado ideológicamente con la carcundia. Al presidente sólo le faltó decir que la RAE no extenderá el uso del término matrimonio hasta que no se pronuncie el Tribunal Constitucional sobre el recurso que interpusieron los del PP con la mano derecha, mientras con la izquierda casan a sus propios homosexuales.
Si ahora resulta que la RAE es un contraparlamento lingüístico, que lo digan, porque en tal caso nos corresponde a los ciudadanos elegir en las urnas a los académicos. Así, democráticamente, a lo mejor tendríamos una Academia paritaria, con el mismo número de hombres que de mujeres, una Academia menos machista y menos antigua. ¿O es que a las mujeres se les ha comido la lengua el gato?
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