“Sí, en el salón El Greco”, me confirmó Angelín Rosado, el encantador y eficacísimo jovencito que se ocupa de la Prensa en la Fundación Albéniz, y yo le dije que claro, que natural, que dónde ibas a organizar si no una comida con Jordi Savall, que hace veinte años que parece que se acaba de bajar de El entierro del conde de Orgaz.
Muy interesante la comida, muy interesante. Se trataba de dar por abierto el nuevo curso de la Fundación Albéniz: la comilona (pero ya nadie da comilonas, y menos en los hoteles de postín: más vale que vayas alimentado de casa o que escondas un bocadillo en el abrigo) era el pórtico al concierto de esa tarde, en el que el gran Savall habría de dirigir a la Orquesta de la Escuela Superior de Música Reina Sofía.
Paloma O’Shea nos hizo un discurso inevitablemente optimista. La Fundación, una de las más brillantes iniciativas musicales y pedagógicas del continente, va viento en popa. Siete u ocho grandes empresas más han sido admitidas como nuevos mecenas de la institución, porque ya no es como al principio, que andaban buscando quien pusiese dinero: ahora hay guantazos por colocar tu logotipo en los programas de mano de los conciertos y por dar el nombre de tu Compañía a una cátedra de lo que sea, de contrabajo o de trompa o de xilófono, si la tienen.
Como debe ser. En la Fundación Albéniz, como pasa en la Juilliard, se está formando la elite mundial de la música: son los genios de mañana mismo. Dentro de nada se mudan a su nueva sede, un edificio entero en la Plaza de Oriente de Madrid, que se dice pronto; su asombrosa página web didáctica, magistermusicae.com , no puede funcionar mejor, y así se comprende que a compañías del tamaño de Siemens, Unión Fenosa, Asisa, Puertos del Estado o Grenzing les venga Dios a ver cuando se les concede el alto honor de asociar sus nombres a la Fundación Albéniz como patrocinadores y, nunca mejor dicho, paganinis.
El ágape, bien, ya digo. Estaban allí todas las vacas sagradas del periodismo musical español. O sea, parecía aquello el Mar Rojo, todo lleno de escualos. Dos sabios como Arturo Reverter y José Luis Pérez de Arteaga se saludaron a carcajadas:
–¡Hombre, don José Luis Pérez Crisóstomo de Arriaga!
–¡Hombre, don Arturo Pérez Reverte! ¡El de la famosa novia de Reverte!
Y en esto que el gran Reverter me echa la vista encima y me suelta:
–¡Pero qué alegría encontrarte de nuevo, Inclinat… Inflamat… Incendiar…! ¿Cómo era, que no me acuerdo? ¡Ah, sí! ¡ Incentivus! ¡Qué bien te veo, Incentivus!
A mí, claro, me salió por cada oreja un chorro de vapor a presión, como a las locomotoras de antes. Incentivus. Mira que me han llamado cosas raras en esta vida, ¿eh? Pero eso de Incentivus no se le había ocurrido a nadie todavía…
Pérez de Arteaga estaba guerrero y contaba cosas que no debo a repetir aquí sobre cómo funcionan ciertas radios. Reverter tuvo un breve pero intenso rifirrafe con el maestro Savall sobre qué patrocinio es más útil y provechoso para la música, si el privado o el público. Savall, que lleva muchos años beneficiándose del próvido amparo de la Generalitat catalana, defendía el patrocinio privado con… demasiado entusiasmo. Reverter, que ha sido toda la vida un buey suelto que muy bien se lamía, pero que ahora está de asesor en la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales (lo cual quiere decir que esos puestos no sólo se los dan a tontos con casaca; de vez en cuando aciertan), hacía lo propio con el público. Ambos llevaban su parte de razón, claro es. Luis Suñén fingía no recordar, nervioso, aquella memorable frase que le dijo a este “Incentivus” hace casi veinte años, cuando inventó el epitafio que habría de llevar algún día la tumba de la soprano Eva Marton: “Murió virgen de fraseo”. Ahora dice que no se acuerda de aquello y que la Marton canta muy bien. De San Pedro negando a Cristo tampoco se acordará, seguro. Ay, la edad, qué desmemoriados nos vuelve. Porque digo yo que será la edad…
Me tuve que perder, por la tarde, el concierto de Savall con los asombrosos chavales de la orquesta “Reina Sofía”. A la misma hora le daban la medalla de oro del Círculo de Bellas Artes a Antonio Gamoneda, y ante eso no hay ni dudas ni citas previas.
GAMONEDA COMO PRETEXTO
La medalla de oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid es un galardón muy prestigioso, aunque se trate de una institución privada y aunque la medalla no sea en realidad de oro y no se pueda “pignorar”, como se reía Eduardo Haro Tecglen cuando se la dieron a él. También la tienen o tuvieron personajes del tamaño de Jorge Oteiza, Günt€r Gra$$, Paco Umbral, Carmen Martín Gaite, Antonio Saura o Carlos Fuentes. Que se la den al inmenso Antonio Gamoneda, uno de los más grandes poetas en lengua española de este siglo y del pasado, es un acto de estricta justicia, y no sólo porque el autor de Descripción de la mentira, Blues castellano, El libro del frío y sobre todo ese último y tremendo Arden las pérdidas se pase media vida en el Círculo, dando conferencias, presentando libros o participando en todo género de actos.
Por lo común, la entrega de esa medalla suele hacerse en la Sala de Juntas de la institución. Sabia medida. Tú metes a veinticinco personas en esa sala y todo el mundo dirá que no se cabía, porque es verdad. Pero tú metes a cincuenta personas en la Sala de Columnas y da la sensación de que no ha ido nadie. Fue lo que pasó con Gamoneda.
Miren, don Antonio está a estas alturas, como el conde de Orgaz en la parte superior del cuadro de su entierro, por encima del bien y del mal. Hay cosas que ya ni le rozan. Pero a los demás sí que nos rozan, y nos molestan mucho, y nos cabrean. El presidente del Círculo, Juan Miguel Hernández de León, abrió el acto leyendo en voz alta la lista de personas que excusaban su presencia en el acto por compromisos ineludibles. La encabezaba Alicia Moreno y tras ella seguía una reata de celebridades que superaba claramente en número al total de las personas que sí estábamos.
Y éramos peatones todos, ¿eh?, gente del común. Mi padre, Carretero, amigo de Gamoneda desde hace más de sesenta años, viajó desde León expresamente para darle un abrazo al maestro, que puso, al verle, una cara divertidísima. Algún leonés más había. Pero allí no estaban –ni llamaron para explicar su ausencia– ni uno, ni uno solo de los escritores leoneses de renombre, muchos de los cuales viven en Madrid. Ni Luis Mateo, ni Merino, ni Aparicio, ni Llamazares, ni siquiera Carlón: nadie. Ellos sabrán por qué faltaron. Yo prefiero no enterarme.
Gamoneda leyó con su voz de oso viejo, sinceramente conmovido, unas líneas muy breves en las que daba las gracias y decía que, en Madrid, el Círculo era “su casa”. Concluyó con un emocionante “gracias para siempre”. Luego, Hernández de León le puso la medalla. Y entonces empezó el desbarajuste.
Ocho personas –nueve con el premiado– se sentaron en la mesa presidencial. Eso siempre es anuncio de cellisca. Anoto sus nombres: Amelia Gamoneda (hija de Antonio), María Fernanda de Santiago Bolaños, Clara Janés, Miguel Casado, Amalia Iglesias, Vicente Valero, Juan Carlos Mestre y Juan Barja, director del Círculo. Dice la Prensa del día siguiente que “leyeron al público algunos de los poemas más emblemáticos” del autor.
No es verdad. Leyeron poemas o fragmentos de poemas, eso sí, pero, a renglón seguido, todos y cada uno hicieron abundante, farragoso, incontinente, las más de las veces fatuo y todas las veces innecesario uso de la palabra para explicar cuánto les gustaba la obra de Gamoneda, demostrar que se la habían leído, hacer exhibición de su sapiencia y, esto sobre todo, dejar claro que cada uno de ellos era muchísimo más listo, ingenioso y leído que el de al lado. La única que, llegado el caso, podría haber tenido derecho a decir algo hubiese sido Amelia, la hija del poeta. Pero todos los demás, todos los demás, que estaban allí de figurantes o, todo lo más, de lectores de versos ajenos, aprovecharon sus interminables minutos para hablar… básicamente de sí mismos, tomando a Gamoneda, eso sí, como oportuno pretexto para la pirotecnia de sus vanidades. Eso es lo que se llama tomar el nombre de Gamoneda en vano.
Aquello no había quien lo aguantase. Don Antonio, en un gesto muy suyo, apoyaba la cara en la mano derecha abierta, cerraba los ojos –lo hizo cuando intervino Clara Janés, que habla en gregoriano– y se quedaba inmóvil durante mucho rato; es posible que siguiera despierto, pero desde luego no estaba allí. Qué tostón, madre de mi vida. Los peatones presentes estábamos en la Sala de Columnas para escuchar a don Antonio, coño, ¡a don Antonio, las palabras, los versos de don Antonio!, en su propia voz o en la de otros. Eso hubiese sido un hermoso homenaje. Pero lo que se hizo no fue un homenaje: fue, además de un latazo, una injustificable falta de educación y de respeto al poeta. Una provincianada, una competición de grillos que cantan a la luna.
Hubo una señorita, de apellido Cordero, que incluso cantó unos versos de Gamoneda –la acompañaban un muchacho al piano y otro al contrabajo– a los que, según creí entender, ella misma había puesto música, pero de eso no estoy seguro. Por una sola vez en mi vida envidié con todo fervor la dureza de oído que padece don Antonio…
Esperemos que cuando, en diciembre, le den a don Antonio el premio Cervantes (yo estoy convencido de que, después del feo de hace dos años, esta vez no se lo van a negar; su contrincante parece ser Juan Marsé), las cosas se organicen con más dignidad. O al menos con un poco de respeto.
Aquel padecimiento se alargó de tal forma que Carretero y yo nos apeamos en marcha. Mi padre perdía el tren de regreso, así que nos salimos antes del final, qué remedio. Bajábamos al galope las hermosas escaleras del Círculo. Yo bufaba. Él trataba de calmarme: “Qué bonito eso que ha dicho Antonio, ¿eh? Que la poesía existe porque el hombre sabe que se va a morir…”
Pero yo tenía la tarde echada a perder, se me llevaban los demonios:
–Pues así será si él lo dice. Pero yo creo, y díselo de mi parte cuando lo veas, que lo único que existe porque el hombre sabe que se va a morir son las empresas de pompas fúnebres… ¡Ah, y los curas!
Gamoneda y ustedes sabrán perdonar el exabrupto.
Por hoy queda suyo afectísimo, Incentivus.

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