EL RUNRÚN
El pasado sábado prometí aportar ejemplos para ilustrar mi teoría, nada original por cierto, acerca de que la conflictividad escolar es en gran medida responsabilidad de los padres que optan por hacerse cómplices del mal comportamiento de los hijos, siguiendo con ello la tendencia de la sociedad actual a idolatrar a los hijos y a privilegiar los valores mercantiles en alza por encima de los valores que tradicionalmente transmite la escuela. Como mis ejemplos han sido extraídos de la vida misma, los nombres son falsos, salvo el tercero, que es personaje público:
1) La Trini es la asistenta de una amiga mía. Está orgullosa de criar sola a su hijo y de que a éste "no le falte de nada", como ella misma nos dijo el día que le regaló una muy buena moto. Hace unos días nos contó que la habían llamado del instituto para recomendarle un par de libros de lectura para su hijo, dado que éste necesita reforzar la comprensión lectora. La respuesta de Trini fue sic: "No pienso comprarle ni un solo libro más al niño. En casa ya tiene". La Trini se quejó también del precio, aunque nunca se ha quejado del precio de los móviles (van tres), que lleva comprados a su hijo. Está claro que para ella el móvil posee una singular y rica personalidad propia. El libro, en cambio, es un amasijo de papel que se puede comprar a peso. Que no tienes El Quijote,pues te lees el Manual de Tesorería de la Seguridad Social y andando.
2) Ascendiendo un poco en la escala social, tenemos el caso del Mechas. El Mechas pertenece a lo que podemos llamar clase media, aunque por la cantidad de gadgets que tiene y por la moto que acaba de estrenar más bien parece hijo de millonarios (o de la Trini). Pero no, sus padres regentan un pequeño negocio. El Mechas es un chaval problemático (entiéndase que no hablo de un chico travieso,sino de un chaval conflictivo que hace cuarenta años habría sido expulsado del centro, y hace tres siglos, deportado a Australia). Por esa razón, tras reiteradas faltas, se le castigó a no asistir a la excursión de fin de curso a un conocido parque de atracciones. Respuesta airada de la madre: "¡Pues lo llevo yo!". Y ni corta ni perezosa, se lo llevó al parque de atracciones el mismo día.
3) La modelo. Ascendiendo un poco más, tenemos las suculentas declaraciones de Laetitia Casta cuando, madre reciente, declaró: "Cada día aprendo algo de mi bebé". Observemos que esta frase se ha generalizado tanto que ni siquiera nos parece raro que a un bebé de seis meses se le atribuya tanta sabiduría. Por cada "hay que ver cuánto aprendí de mi padre", oímos a diario una decena de "aprendo muchísimo de mi hijo". Quizá no está de más que recordemos que el hijo viene al mundo a aprender de sus padres, a no ser que vaya camino de convertirse en el próximo Dalai Lama, en cuyo caso aprenderá de sus Maestros.
Hemos perdido el norte con el asunto de la idolatría al hijo. Poco se puede hacer para luchar contra esto desde los centros escolares, aunque muchos docentes se dejen la piel en ello. Cuando a esta tendencia le sumamos una escala de valores donde los gadgets ocupan un lugar preeminente, siendo usados a menudo para compensar la poca presencia (ya no de cuerpo, sino de espíritu) de los padres, estamos ante la fórmula de una combinación explosiva.

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