Bernardo de la Redonda Sanmartín, nuestro fiel colaborador de El Comentario TV, pone hoy, en su comentario publicado en Colaboradores, uno por uno, sus dedos, en las múltiples y supurantes llagas de la Asturias preelectoral, que sufre las consecuencias de un sistema político, el nuestro, el asturiano, cuya perversidad intrínseca presenta peculiaridades que nos diferencian, en aspectos muy particulares, de los males que sufre hoy la maltrecha democracia española, profundamente afectada a su vez, por la desvertebración de un Estado que ha ido alumbrando tantos cacicatos, como comunidades autónomas se forjaron al calor de la Transición política.
Suelen decir, los propagandistas del Partido Socialista, apoyados por el órgano teórico que elabora día a día buena parte de su discurso -el diario El País-, que la culpa de la terrible situación que se abre en la actualidad española, en lo que podríamos calificar como crisis abierta de todo un sistema político, por el afloramiento continuado de casos de corrupción urbanística tras el estallido del tapón que retenía un río de excrementos en Marbella, que la culpa del deterioro generalizado de la convivencia, como consecuencia del descubrimiento de las tramas que se están depurando en la Operación Malaya, es cosa del Partido Popular y de la vigente Ley del Suelo, por haber establecido la liberalización generalizada de la condición se suelo edificable.
Hablamos de una mentira de proporciones inauditas, pues no hay peor mentira que achacar a esta ley promovida por Rodrigo Rato en 1998, la actual situación de putrefacción generalizada de la política española, por la sencilla razón de que esta ley nunca entró en vigor de manera operativa, no se trasladó a la legislación particular de ninguna comunidad autónoma, y no afectó a la redacción de ningún plan general, en ningún ayuntamiento español. ¿Puede decirse una mentira tan grande y quedarse el personal tran tranquilo ante una falsa explicación para un fenómeno tan preocupante, como es el que estamos viviendo? Pues claro, porque cuando la gente quiere engañarse, lo hace y sin ningún problema.
Las nuevas mentiras sustituyen a las anteriores, pues ésta la puso de moda José Blanco, con su pintoresca consigna de la Tolerancia Cero, leyendo un editorial del periódico de Polanco, tras años diciendo que en realidad el problema estribaba en la ausencia de mecanismos para financiar a los ayuntamientos, que fueron recibiendo nuevas competencias sin la financiación para poder abordarlas, y los alcaldes, cómo no, con la puerta abierta para entrar en una barra libre de contratación, llenaron las ciudades españolas de parques, viales, polideportivos, equipamientos culturales y mobiliario urbano, financiándolo casi todo con las plusvalías del proceso urbanizador, cuando no aplicaron también esas plusvalías para financiar el crecimiento del gasto corriente.
Pero en realidad, la verdad no es lo uno ni lo otro. La verdad es que la clase política se ha ido blindando contra el poder judicial, con una politización incontrolada de la cúpula de este poder del Estado que ya es, a ojos de todo el mundo, un microparlamento dividido entre socialistas, conservadores y nacionalistas, nombrados por la intervención de sus respectivos partidos (¡qué más da que no militen!), que los apoyan en su carrera, lo que hace casi imposible que ese poder actue de manera solvente, en asuntos en los que está en cuestión la credibilidad de los aparatos que los nombran. La descentralización de la justicia, encima, viene a poner en manos de los cacicatos autonómicos los nombramientos de jueces y fiscales, con lo que todo se complica aún más de lo que ya estaba.
Sólo así se explica que nadie quiera hablar de la terrible realidad que desfila ante los ojos de todo el mundo, sin que nadie quiera verla, porque como casi siempre ocurre, los humanos preferimos que no se nos diagnostiquen las enfermedades, hasta que la evidencia de su desarrollo hace que sea necesaria una intervención que cuanto más tiempo transcurre, debe tener características más agresivas. Y la realidad es que las campañas electorales ya no se ciñen a los períodos legalmente establecidos, que empiezan cada vez primero (es el caso de la actual campaña del PSOE en Oviedo), que la compra de períodicos para apoyar estas campañas resulta perfectamente visible, y que a su vez, esas campañas se declaran sólo en una pequeña parte, y su fiscalización corresponde a un organismo compuesto también por políticos, el Tribunal de Cuentas del Reino, que están ocupando cargos que evidentemente deberían ejercer personas realmente independientes.
¿Cómo se financian estas campañas? La evidencia es la evidencia, y aquí ya nadie se esconde ni se recata en nada. Esta semana hemos contemplado el terrible espectáculo, escamoteado de la crítica por todos los medios de comunicación, que dio el presidente del Principado, con una charla ridícula y aldeana en el Ritz de Madrid, y una audiencia invitada por la constructora a la que él mismo adjudicó la construcción del Hospital Central de Asturias. Hace veinte años, en España se debatía qué tenía que hacer un político cuando recibía en casa un jamón de Jabugo. Ahora, el presidente de la comunidad autónoma, el hombre que tiene el poder de adjudicar El Musel (a otro de los invitados presentes en el acto), el nuevo hospital, la nueva autovía Oviedo-Gijón, los solares de la Zalía o de SOGEPSA, etcétera, puede recibir públicamente prebendas como la que le acaban de financiar en Madrid para el muy aldeano lucimiento de su verborrea, con la garantía de que al día siguiente, su atrabiliario uso de las prebendas de sus adjudicatarios, se transforma en los medios de comunicación que también esperan licencias de televisión digital y campañas de turismo como la del Oso Yogui -en la que va a repatir un millón y medio de euros entre los medios asturianos-, en un "acto institucional del Gobierno en Madrid".
Si todo un presidente de la Comunidad, puede hacerse esta foto, con una fiesta pública pagada por sus contratistas en el hotel más caro de Madrid, qué es lo que no podrá ocurrir en la oscuridad de la trastienda, o dicho de otra manera y sin tapujos, ¿qué es lo que ocurre? Porque no nos engañemos, ya que es sabido que es una ley impepinable que en política -como en casi todo-, lo peor que puede ocurrir es lo que ocurre. Si Areces puede recibir públicamente jamones de esta manera, como los que recibió en el Ritz -ante el aplauso generalizado-, qué es lo que no recibirá esta gente -el gremio de la políca- en esos ámbitos discretos y ocultos en los que se abonan la mayoría de los costes de las campañas electorales, mediante esa enorme cuota de financiación que se escapa a toda fiscalización, sin olvidarse lo que en medio de semejante desbarajuste se puede escapar -y sin duda se escapa- para los bolsillos particulares, dado que nada se opone a este estado de cosas.
¡Cómo si no, se puede entender que el presidente y los periódicos anhelantes del reparto de enormes campañas de propaganda, sean hoy una sóla voz, con los representantes empresariales de la construcción, los promotores y los alcaldes que se prestan a este juego falsario, para contarnos que la costa asturiana es un paraíso ajeno a la crisis inmobiliaria española! El presidente, igual que tuvo la cara de decir que la supuesta pujanza empresarial de esta comunidad, es consecuencia de su política educativa -ya se ve a sí mismo, en su delirio, habiendo educado a las actuales generaciones-, llevó su falta de rubor a la hora de faltar a la verdad, a sabiendas de que la olla asturiana está a punto de estallar -con una manifestación convocada en Oviedo para el próximo dos de diciembre, por varias decenas de asociaciones cívicas unidas en la Agrupación de Colectivos Asturianos-, hasta el punto de atreverse a decir lo que dijo, como si la costa que hoy vemos y conocemos, fuese la misma horrible pantalla de hormigón que va a quedar ahí, para escarnio de las generaciones futuras, cuando de aquí a diez años se ejecuten los planes generales que ahora están en gestación, con esa terrorífica cifra de sesenta mil viviendas previstas, y eso sin tener en cuenta lo que está pasando en las grandes ciudades.
Véase lo que dice en El Comercio a raíz del corrompido espectáculo que dio Areces en Madrid invitado por el constructor del nuevo hospital, el presidente de los constructores de Gijón, Manuel Pastor, presidente de ASPROCON, siempre agraciado algún trozo de la tarta urbanística gijonesa, con su propia promotora, en repartos como el que se hizo en Jove, en la urbanización de Lauredal, en terrenos comprados tras la amenaza expropiatoria de SOGEPSA, que se reparte ni más ni menos con con la promotora Coto de los Ferranes y con el Grupo Progea: la Asociación de Promotores y Constructores de Gijón (Asprocon), a través de su presidente, Manuel Pastor, sostiene que es posible «compatibilizar» la protección de la costa con el desarrollo urbanístico. En su opinión, en Asturias «no hay riesgo de masificación» y, por el contrario, cree que existe aún mucho margen para promover nuevas construcciones. «No se puede condenar a este sector. Es una alternativa a otros nichos económicos que han quedado en desuso», afirma Pastor, que defiende el crecimiento urbanístico sin que suponga una agresión a los principios de conservación. Así, pone como ejemplo Ribadesella: «Allí se edificó muchísimo y la Ribadesella de postal sigue siendo igual».
¿Alguien da más? ¡Ribadesella! allí donde veranea Ovidio Sánchez al olor de la sardina inmobiliaria mejor guardada de la comunidad autónoma y donde se pactan todos los silencios, al lado del combativo Llanes, en unanimidad PP-PSOE, con el valor añadido del árbol al que se suben todos los fotógrafos para inmortalizar las visitas principescas, que han convertido aquel concejo, en el oscuro objeto de deseo de todos los promotores, hasta el punto de triplicar o cuadruplicar el actual parque inmobiliario en las previsiones. ¡Ése es el Paraíso Natural de Areces, los promotores y los partidos políticos! Y lo ponen de ejemplo. ¡Atinadamente desde luego!

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