El historiador Jordi Casassas ha dirigido - y escrito él mismo diversos capítulos- a un imponente equipo de 23 estudiosos, que se dice pronto, y todos juntos han dado a la imprenta un libro documentadísimo y de agradable lectura, que contiene toda la historia del Ateneu Barcelonès. El estudio significa una contribución muy notable en el festejo de los cien años en la sede del que se sigue llamando Palau Savassona, a pesar de los consejos de Xavier Bru de Sala, en la calle Canuda. Como la historia es mucha, y sus redactores no se saltan una junta ni apenas una tertulia, el libro, L´Ateneu i Barcelona. 1 segle i ½ d´acció cultural (RBA. La Magrana, con la colaboración de la Diputación de Barcelona), llega casi a las seiscientas páginas.

El Ateneu aparece como el resultado de una dinámica típica del siglo XIX, que nace y se desarrolla con mayor naturalidad en los momentos en que la agitada vida política de entonces permite un respiro y deja pasar el aire de la tolerancia. Sociedades y academias de muy distinto pelaje favorecen la creación de lo que Albert Ghanime denomina espacios de sociabilidad intelectual, o sea, lugares para el intercambio, debate y difusión de ideas y conocimientos, en un siglo especialmente curioso y renovador, y sometido a fuertes tensiones sociales. Yno desdeñan constituirse en centros de recreo, siempre prudentemente dentro de lo permitido por la ley, y en los que la juventud celebraba animados bailes de salón. El asociacionismo lúdico-cultural decoró la vida barcelonesa en el sentido de que sensibilidades e intereses diferenciados estimulaban la fundación de ateneos de mayor o menor empaque. Tal fue su proliferación que Manuel Angelón, famoso autor de folletines, en su Guía satírica de Barcelona (1854), llegó a escribir que "la mitad de esas academias es inútil, y la otra mitad sobra". La fragmentación, sin embargo, acabó impulsando las fusiones, de modo que el Ateneu Barcelonès nacería básicamente de la unión entre el Casino Barcelonès, el Cercle Mercantil Barcelonès y el Ateneu Català, con lo que combinaría debate artístico y social, presencia ciudadana, intereses culturales de largo alcance que se traducen en una fantástica biblioteca, y lugar de encuentro, instrucción y amables pasatiempos.

Este libro enseña perfectamente cómo se llega hasta hoy, y da a entender, como puso de relieve Miquel Roca en el acto de presentación, que el Ateneu se llena de vida cuando la sociedad civil está amordazada, mientras que adquiere tonos menos llamativos cuando las circunstancias políticas permiten expresarse con total libertad. El viejo Ateneu se halla ahora mismo en esta exacta tesitura. Cuando se inauguraron los actos del centenario, su presidente, Oriol Bohigas, invitó a reflexionar sobre el papel de la institución en la actualidad. No me atrevo a participar en el proceso, porque no sabría por dónde empezar, y porque nunca me ha tentado la posibilidad de ingresar en la Docta Casa. Sin embargo, cabe reconocer que algo muy atractivo y oportuno debe tener el proyecto cuando la moderna red de bibliotecas públicas, que dan lustre y esplendor a los distintos distritos de Barcelona, siguen su modelo: prensa a granel, espacios de tertulia, bares bien dotados, salas para conferencias y exposiciones, guardería, videoteca y devedeteca, facilidades para el estudio, y, por si no bastara, todo a muy buen precio. No hay duda, Barcelona es un gran ateneo.