DEBATE

Pasadas las elecciones, todos alabaron lo que era de alabar: los casi cien millones de electores que votaron, el éxito del cómputo electrónico de los votos, el aspecto festivo del día de las elecciones, la legitimidad de los resultados. El juego de la democracia continúa, lo cual es muy bueno. En él, el elector escoge el papel que cumplirá cada partido y cada líder. A los vencedores les tocará jugar con las piezas blancas del ajedrez, dando inicio a la partida. ¿Cuáles son las propuestas efectivas para gobernar Brasil? Los vencidos tendrán que pronunciarse sobre éstas. Antes de que sean presentadas las propuestas, cualquier escenificación de diálogo será oportunista. El Gobierno no tiene por qué cobrarle a la oposición su disposición incondicional para aceptar acuerdos, convergencias, concertaciones,ni motivo para afirmar que quien critica va contra el país. Los vencidos no tienen la obligación moral, en nombre de la gobernabilidad, de evitar la contraposición al Gobierno. Eso no quiere decir que la oposición deba votar sistemáticamente contra el Gobierno.

Una vez reelegido, el presidente Lula dijo que la reforma política sería uno de los principales puntos de la agenda de su segundo mandato. Muy bien, la reforma política incluso es necesaria. Pero ¿qué reforma? El ministro de Asuntos Institucionales señaló tres de sus puntos: la fidelidad de partido, el voto por listas cerradas y la financiación pública de las campañas electorales. La fidelidad de partido está consensuada y la financiación pública, aunque no esté consensuada, no implica posición de principios. La lista cerrada de candidatos ya tendrá fuerte oposición del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) y de otros sectores, precisamente porque eso puede representar una amenaza aún mayor a la democracia, con el pretexto de fortalecerla.

El sistema actual (proporcional con lista abierta) tiene inconvenientes ya conocidos. Cada partido puede presentar una lista de candidatos que corresponda una vez y media al número de asientos que tenga cada estado en la Cámara de Diputados. En el caso de São Paulo, son 105 candidatos, al disponer el estado de setenta escaños. La cláusula de barrera limitó el número de partidos, posiblemente a diez. Así, teóricamente, habría 1.050 candidatos. El sistema proporcional de lista abierta estimula la competencia entre candidatos del mismo partido y encarece mucho las campañas, pues el terreno en disputa es inmenso (en el caso de São Paulo, todo el estado y sus 28 millones de electores). Aún peor: el sistema dificulta mucho la vinculación entre el representante y los representados: aquél no sabe a quién representa en ese inmenso universo de electores y éstos luego olvidan el nombre del representante escogido entre más de mil nombres.

En esa situación, ¿ante quién se hace responsable el diputado? Ahí es donde entran los agentes intermediarios: alcaldías, sindicatos, empresas, iglesias, clubs, etcétera. Así se forman redes paralelas de lealtades que ayudan al diputado a elegirse y reelegirse, sin que el elector sea en ningún momento el personaje principal. De ahí surge, en parte, la corrupción, así como el consiguiente descrédito de la clase política.

El sistema electoral sugerido por el ministro de Relaciones Institucionales tiene otros inconvenientes, no menos graves. Los candidatos se presentarían en lista cerrada. El elector votaría por la lista, y no por un candidato en particular. El vicio antidemocrático de este sistema salta a la vista. Pierde el elector, a quien se le impide elegir a su candidato, y ganan las direcciones de los partidos. El diputado se separa aún más del elector y se vuelve rehén de la burocracia de los partidos.

De llegarse a proponer la adopción de la lista cerrada, el PSDB deberá contraponer la tesis del voto de distrito. Cada partido presentaría sólo un candidato por distrito. En el caso de São Paulo, por seguir con nuestro ejemplo, un distrito estaría formado por cerca de 400.000 electores (28 millones divididos entre setenta escaños). La disputa estaría entre un número pequeño de candidatos (diez como máximo, o sea, un número diez veces menor que el actual) en un universo electoral reducido (setenta veces menor que el actual). Es fácil percibir por qué el sistema de distritos, además de terminar con las disputas entre candidatos de un mismo partido, fortalecería los vínculos entre electores y elegidos y reduciría el costo de las campañas electorales y, por tanto, una de las fuentes de corrupción.

A partir de propuestas concretas, la oposición podrá dialogar con el Gobierno. Propuestas, y no meras intenciones abstractas. El voto mayoritario le da al Gobierno la legitimidad del mandato, pero no el monopolio del interés nacional y popular. Es preciso que el Gobierno se convenza de ello. El lenguaje y las prácticas adoptadas hasta ahora no han sido los de la democracia, sino los de un populismo con tendencias autoritarias. En ese diálogo, el PSDB no puede participar.